Palabras finales

Identificador: DM-180.
Publicación original: Novedades, 21 de enero de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad, Fe y vida religiosa.
Ilustración de Palabras finales

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Con referencia a las naciones hispanoamericanas que estaban en vías de consumar su independencia, o que acababan de consumarla y hacían frente al problema de su estabilidad política interior lo mismo que a los conatos reconquistadores de España –cada vez más ineficaces-, la Santa Sede asumió primeramente una actitud favorable desde el punto de vista político a la visión que del debate sobre la emancipación americana se tenía en nuestra antigua metrópoli. Pueden tenerse por momentos muy manifiestos y característicos de tal actitud la expedición del Breve-Encíclica de Pío VII: “Etsi longissimo”, en 1816, y la de la Encíclica de León XII: “Etsi iam diu”, en 1824, menos enfática, pero que mantenía substancialmente el mismo enfoque de la cuestión.

Mitigada, en el corto pontificado de Pío VIII preponderó aún la misma tendencia, que habría de variar radicalmente con Gregorio XVI, quien, desde sus años de Cardenal y Prefecto de Propaganda sostenía un criterio justo a la vez que más comprensivo y realista en orden a los problemas religiosos y políticos suscitados por la independencia hispanoamericana.

No cabe duda de que si la “Etsi longissimo” es un hecho explicable por la indefinición de circunstancias y la falta de madurez del proceso histórico independizador, la “Etsi iam diu” aparece como un error indiscutible de la política romana. El documento –digámoslo de paso- aunque sufrió una interpolación tendenciosa por parte de Madrid, es, hecho un balance de las circunstancias, auténtico, a pesar de respetables opiniones en contrario. Y no obstante que León XII, para suscribirlo, cedió a fortísimas presiones, y a pesar de que hubo de arrepentirse de haberlo suscrito, y así lo manifestó implícitamente, por ejemplo, cuando contestó en junio de 1825 –en forma que tácita o indirectamente rectifica el tenor de la encíclica- la carta de don Guadalupe Victoria en que éste le comunicaba su exaltación a la presidencia de Méjico, protestando su adhesión a la Santa Sede y pintaba con paleta demasiado optimista la situación política y religiosa de nuestra Patria; no obstante todo ello, repetimos, desde el punto de vista político seguía preponderando en Roma la corriente favorable a las tesis legitimistas españolas apoyadas por el peso entonces formidable de las potencias de la Santa Alianza.

Puntualizados a grandes rasgos los hechos anteriores, recordemos que la controversia que hemos venido sosteniendo con apreciable colega se motivó por su pretensión de erigir las intrigas de Fernando VII, y la “rendida consideración” a este monarca por parte del Vaticano, en verdadera causa y origen de nuestra anarquía política en el siglo XIX. Para remachar este clavo, últimamente ha subrayado que la “Etsi iam diu” explica la mudanza en la forma como se planteó la cuestión del patronato eclesiástico, al advenimiento de la República, en relación a como se había hecho en tiempos del Imperio de Iturbide.

Hay que precisar que si la “Etsi iam diu” ofreció un excelente pretexto a las fuerzas antinacionales y antirreligiosas que controlaban al Estado para descarar más su aversión al Papado y a los valores religiosos patrios, ésta aversión era anterior al pretexto, y muy independiente de él.

Pero, además, hagamos notar lo siguiente: la “Etsi iam diu” está fechada el 24 de septiembre de 1824 y no tuvo publicación inmediata a esta fecha, que es escasamente anterior en diez días a la Constitución federal de 1824, que corresponde al 4 de octubre del mismo año. A mayor abundamiento, dada la lentitud de comunicaciones y noticias en aquel tiempo, ese lapso de diez días era insuficiente para que el Congreso mejicano pudiera tener conocimiento del documento pontificio y lo tomara en cuenta para incluir –a guisa de indignada reacción- la fracción XII del artículo 50 constitucional, en la que implícitamente se atribuía al Estado, de manera arbitraria y gratuita, el derecho del Patronato. Ya se ve, pues, que es el colega y no nosotros, quien comete anacronismos.

No pudo, en consecuencia, la Encíclica citada, influir en este malicioso planteamiento del problema, que, por otra parte, respondía cabalmente a la no por disimulada menos positiva intención persecutoria de nuestro sector político entonces en el candelero; intención que, por si dudas quedasen de ella, se manifestó sin gran embozo en 1833, cuando Gómez Farías se dedicó desenfadadamente a ejercer el Patronato, ni más ni menos que con apoyo en el texto constitucional nombrado.

Subrayemos, finalmente, otra vez, que desde febrero de 1824, al padre Marchena, agente oficioso del gobierno mejicano, se había en Roma expresado que León XII estaba dispuesto a tratar con algún enviado de Méjico los temas específicamente espirituales que de veras preocupaban a nuestra gente de bien, pero no así, todavía, el tema político del reconocimiento de nuestra independencia, que, según su práctica, la Santa Sede pospondría hasta que aquélla fuese reconocida por los demás gobiernos.

Pero la pertinacia liberal –cuya heterodoxia suscitó la enérgica oposición nacional- hizo que, durante un lustro, prácticamente se desaprovecharan la firmeza, rectitud y habilidad de nuestro representante en el Vaticano, por carecer de instrucciones adecuadas y oportunas. Estas cualidades del padre Vázquez, a pesar de la interferencia de Fernando VII, hubieran logrado probablemente una solución provisionalmente satisfactoria –más no se podía entonces- de lo para nosotros más urgente en el orden espiritual, como era el problema de las vacantes eclesiásticas, sin menoscabo de las conveniencias y decoro exigido por la afirmación de nuestra autonomía política.

Sólo que se trataba de otra cosa, en realidad muy diferente de la resolución del problema espiritual de Méjico. El verdadero intento era obtener la paulatina descristianización de éste debilitando sus vínculos con el Vicario de Cristo, y su introducción en la esfera de influencia, aun religiosa, de los Estados Unidos. Este empeño, bueno es advertirlo, con disfraces diversos subsiste hasta nuestros días poniendo trágicas sombras en el alma y en el horizonte de la Patria. Y es el verdadero “leit motiv” que explica substancialmente el drama de nuestra Historia independiente, que es el drama de un pueblo víctima no de la supuesta y temperamental anarquía criolla –pueril explicación de algunos-, ni mayormente de las intrigas de Fernando VII –hace más de un siglo bien muerto y sepultado-, sino de ese factor constante, anterior y posterior a la vez que coetáneo del transitorio factor fernandino, y que con extraños apoyos ha querido desfigurar el perfil de Méjico, imponiéndole a éste, totalitariamente, una trayectoria opuesta a ese destino suyo, excelso, que, como reza el Himno nacional, por el dedo de Dios ha sido escrito y que a pesar de todos nuestros reveses históricos ha de cumplirse.

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