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Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 19 de agosto de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Hemos llegado al término de esta guerra, a la que es ya un lugar común calificar como la más desoladora y espantosa. En la sucesión de sus capítulos nos ha ofrecido las incidencias de más terrible dramaticidad, de más estrujantes perfiles trágicos. En sus varias etapas desfilaron, hasta el fin, los más bajos episodios de abyección y las más extraordinarias hazañas del heroísmo. Pero lo que ha puesto en ella lo que le es más característico, ese sello que presagia y anticipa tiempos de apocalipsis, ha sido el uso de abominables elementos de destrucción. Hoy, como nunca, se puso el máximo empeño en dar la razón a aquel célebre doctrinario defensor del despotismo que afirmó que el hombre es el lobo del hombre.
Esta sentencia, de ser verdadera, quitaría todo su noble sentido a la Historia. Haría plausible la conclusión a que llegó ese amargado pontífice del pesimismo que se llamó Hartmann, cuando gritaba que si algún día el hombre llegase a disponer de la energía del cosmos debía emplearla, sin tardanza, en hacer saltar en pedazos el universo. Preconizaba, sin ambages, el más absurdo y colosal de los crímenes: el suicidio cósmico.
La aparición de la bomba atómica, en el epílogo de la guerra, con sus inconmensurables aplicaciones destructivas, nos hace pedir al Cielo que ningún azar la haga llegar a manos de un desequilibrado de este linaje.
Ahora bien, este uso y abuso sin precedentes de toda clase de armas, nos hace volver invenciblemente el recuerdo a una figura que no por novelesca deja de tener un valor de realidad y que es en sí misma un tajante mentís al aforismo del hombre-lobo: nuestro señor Don Quijote.
¿Qué diría el humanísimo e intrépido personaje cervantino de la despiadada destrucción de Hiroshima y Nagasaki?... Si daba a la maldición el invento y el uso de la pólvora, que da causa “que un infame y cobarde brazo quite la vida a un valeroso caballero”, ¿con qué ahínco no fulminaría hoy su anatema sobre el novísimo descubrimiento y repetiría que a su inventor “tengo para mí que en el infierno se le (ha de dar) el premio de su diabólica invención”? Persuadidos estamos que rubricaría estos versos que, escritos hace pocos años, ahora palidecen ante las últimas realidades:
“Hasta la guerra ya perdió su encanto
con sus brutales ametralladoras.
Hoy un hombre asesina a cuatrocientos…
y un dirigible puede con sus bombas
Incendiar un poblado, hundir ciudades,
y derrumbar murallas portentosas.
La lucha a espada, dándose los pechos,
lucha de corazón, caballerosa,
no existe ya, porque usurpó su puesto
la innoble ciencia de matar sin gloria”.
En verdad que, por una increíble paradoja, la espada viene a constituirse hogaño, en símbolo del Espíritu, cuyas fuerzas pueden –si obran sagazmente- domeñar, vencer la desatada energía al fin y al cabo meramente material de las bombas atómicas:
“Porque la espada tiene un filo de luz
Y tiene una empuñadura para apretar la decisión
de la aventura
En la empuñadura de la cruz”…
Ni filo de luz de espíritu, ni cruz de redención tienen las bombas atómicas. Por eso, más que ayer, ese valor espiritual que es la Justicia y que el Antiguo supo representar empuñando una espada, debe “apretar la decisión de la aventura –la más espantable y temerosa corrida hasta hoy por caballero andante alguno- EN LA EMPUÑADURA DE LA CRUZ”.
Por eso tuvo razón Quijano el bueno cuando, al hacer la loa del ejercicio de las armas y encumbrarlo muy más arriba que el de las letras, asienta que “es el verdadero fin de la guerra, que lo mismo es decir armas que guerra”: la paz. La paz de Cristo La paz de su Cruz bendita. La que El trajo a los hombres de buena voluntad.
Ojalá que en esto convengan con el hidalgo manchego los flamantes vencedores, particularmente los que la Providencia ha permitido lleguen a poseer el secreto de la aplicación de las fuerzas intraatómicas. De otra suerte, creeremos que el ciclo vital de la especie está por cerrarse.

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