Otoño

Identificador: SD-023.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 23 de septiembre de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Cosecha de otoño junto a un camino de álamos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Este domingo es equinoccial. La luz y la sombra, en exactas mitades, se lo reparten. Se marca así la iniciación de la ofensiva estacional de las tinieblas, cuyo máximo señorío realízase en el solsticio de invierno, en el que la noche es la más larga de todas las del año.

Como las otras estaciones, el otoño, que hoy comienza, tiene prestigios y tradiciones autónomos. Clásicamente, se consagra como la temporada de las cosechas, de los pastos abundantes, de la recolección de las frutas. Su símbolo es la caída de las hojas y la festejosa vendimia, al par.

Desde su mayor antigüedad, nuestra civilización mediterránea se ha abismado en las hondas emociones emblemáticas de este doble signo otoñal. Y a partir del cristianismo, ha predominado en ella la vibración optimista de trascendentes resonancias ultraterrenas. El alfombrarse campos y calzadas de hojas secas nos entristece con la evocación de la caducidad de lo temporal, cifrada en la suma fragilidad de esas leves escamas vegetales que hoy son juguete de todos los vientos. Pero más pesa en nuestro ánimo la alegría de que el otoño “está comprometido con las uvas de octubre”: el fruto de la vid nos significa y entrega la ventura del ciclo cerrado, de la noble tarea cumplida que ha de pagar, con afectuosa equidad, el Dueño de la viña con tesoros que no roe la polilla ni pueden hurtar los ladrones como advierte el Evangelio: aun ese mismo Señor de la viña nos ha dado promesa de participarnos —después de la pisa y el fermento— el vino generoso de la bienaventuranza.

Ya puede venir, después, el rigor del invierno. El recuerdo de la otoñada y la persistencia de sus dones nos fortifican para la expectación de la primavera: abrigan el espíritu y hacen cálida en las venas la torrentera sanguínea.

Por eso también el otoño matiza nuestros amores y los unge de un no sé qué trascendente y solemne. Si la cósmica resurrección primaveral nos los proyecta a flor de piel, con travaseo bullicioso, teñidos con los vivos tonos de las flores abrileñas, buscando el espacio abierto de los prados verdegueantes; los aires otoñales, en cambio, como que nos vuelven el cariño de las personas y las cosas a los santuarios interiores, nos lo saturan de un exquisito olor a recato, a intimidad que recuerda la fragancia simbólica de los frutos semiescondidos en el follaje de los árboles: gustamos de pasear nuestros afectos bajo la majestad de las bóvedas boscosas de esas avenidas de álamos que tanto amó Bécquer, y los hacemos asomarse aquí y allá por entre las hojas que fueron “verdes y plateadas” y hoy visten la breve austeridad carmelitana de un hábito parduzco, a un firmamento en que flotan infinitos átomos de áureas reverberaciones que nos anuncian, más que el ocaso del día, el del año…

El equinoccio de hoy nos hace vivir también el otoño de un aciago ciclo del sol histórico. No sabemos si, en estricta verdad, “la paz viene pisando los talones alados de la guerra”. Los hombres nos hemos convertido en vendimiadores que no han cosechado sino uvas en agraz, con todo el áspero amargo del odio. No nos invade la esperanzada dulzura de los otoños idílicos de los tiempos buenos. No son sólo las marchitas hojas cíclicas las que tapizan nuestro mundo… Son los árboles mismos de nuestra cultura venerable y secular los que yacen por los suelos, calcinados por el estío ardoroso de la metralla guerrera. No nos darán más su sombra amparadora ni sus frutos en sazón de cristiandad… Duro se adivina el invierno de la posguerra. Muy prolongado, quizá. Pero de esos grandes árboles yacentes cabe los cráteres de los obuses, de la dolorida tragedia de sus frutos que al par de ellos se pudren sin haber nunca alcanzado a calmar hambre alguna, queda, eso sí, la invencible fecundidad de muchas semillas cuya misma humildad y pequeñez las ha librado —en el refugio mínimo, elemental, de una grieta cualquiera— del rayo agostador de nuestros odios.

De esas semillas, en cuya levedad se encierra virtualmente el grandor del más gigantesco de los árboles, germinarán en la inevitable primavera de la Historia nuevas plantas de todas especies que otorgarán flores y frutos delicadísimos de la misma vieja, victoriosa, estirpe cristiana.

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