¿Objeto o sujeto de la Historia?

Identificador: DM-148.
Publicación original: Novedades, 18 de junio de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Representantes iberoamericanos deliberan en una mesa común

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Nuestros últimos artículos han bordado sobre el hecho Hispanoamérica y las posibilidades que entraña en orden a nuestros legítimos intereses y al provecho general del hombre. A las consideraciones que hemos ofrecido al lector, hay que articular ese otro dato que cualquier persona medianamente enterada y alerta no ignora: una poderosa corriente —que sólo un Superestado de signo capitalista o comunista podría frustrar— lleva en nuestros días a agruparse en entidades políticas superiores, a los pueblos ligados por una unidad fincada en comunes orígenes, intereses y destino histórico.

Hay que recordar que la sagacidad inglesa se adelantó a esta etapa, y que la “commonwealth” británica, en la que sabiamente se fueron armonizando la autonomía de los miembros y la unidad del conjunto, hubo de integrar el bloque anglosajón merced a la posterior coincidencia, en las grandes miras internacionales, con los Estados Unidos.

Hoy, esas realidades profundas —antes sólo subyacentes en el espíritu colectivo— salen enérgicamente a la superficie de los hechos, y, aunque todavía no delineados en ciertos casos con rigurosa nitidez, el mundo está lleno de su clamor.

Así, el pangermanismo pudo haber sido el núcleo de la confederación europea que, de todas maneras, ahora empieza a atisbarse. El subcontinente indostánico ha entrado de lleno a vida independiente. El mundo musulmán se agita en anhelos de unidad y ha dado las primeras manifestaciones de cierta acción conjunta. Los pueblos malayos, pese al obstáculo físico de ser predominantemente insulares, buscan lo mismo, y la flamante federación indonesia puede ser su fuerza centrípeta. En el substrato del mundo amarillo palpita idéntico impulso, a pesar de las subsistentes rivalidades entre sus principales representativos. Y que el anhelo paneslavista significa algo lo demuestra la circunstancia de que, cuando el caso lo requiere, es astutamente aprovechado para sus propios fines por el Kremlin.

Si Iberoamérica quiere, pues, marchar al paso de la Historia, forzoso le es buscar modos de expresión trascendente —en lo político, económico y espiritual— a la unidad superior de sus pueblos. Esto ya no puede siquiera ponerse en tela de juicio. Si es que no nos resignamos a quedar en peones pasivos del ajedrez internacional. Si queremos ser “sujeto” y no mero “objeto” de la Historia.

Además, hay que insistir en que le es fuerza, si ha de estar a la altura y medida de su obvio destino, ser no sólo sujeto de la Historia, sino sujeto sobresaliente, factor de decisiones supremas en el porvenir de la especie.

Porque hablar de una vocación, de un llamado para cumplir un papel determinado en los acontecimientos, no es un pretexto para llenar cuartillas o discursos con fáciles lirismos declamatorios, sino que significa la admisión lisa y llana de responsabilidades positivas y concretas. Ante la quiebra espiritual de Occidente, cuya anemia moral —aunque lo nieguen pueriles optimismos— lo ha llevado a punto de naufragio ante el presente amago comunista; y ante la extrema falsedad que éste último supone como solución a los problemas del hombre, Hispanoamérica —hemos dicho ya y ahora subrayamos— viene a ser expectativa esperanzadora.

Tal expectativa se finca en el hecho de 153 millones de almas de un grupo de pueblos afines por origen, lengua, religión, costumbres y “cosmovisión”, y que conservan relativamente intacto el depósito de los valores esenciales de Occidente.

Es la expectativa de un rejuvenecimiento de la Historia, por obra de quienes aún no sienten irremediablemente contaminada su médula colectiva por el virus de decadencia que enferma la mayor parte del resto del mundo occidental. De quienes, incluso, ante ese otro hecho magno de nuestros días que es el despertar de Asia —parcialmente mediatizado por el comunismo, hoy, pero diverso de él—, ofrecen el interesantísimo aspecto de ser —en su conjunto— una realidad humana mestiza en que Oriente y Occidente confluyen, y que marca el camino para una síntesis de valores y vivencias de uno y otro. Síntesis con la que se puede elaborar un tipo de civilización en que todos los aportes del hombre de cualquier latitud se acuerden armoniosamente y den, a su vez, por fruto, un hombre y una Historia nuevos, más justos, más limpios, más cerca del desiderátum de la Providencia.

Nuestra tarea está en hacer de la mera expectación, una realidad viva. Si nos queda un átomo del sentido de grandeza que informó en otros siglos a nuestros hazañosos abuelos; si aún queda algo en nosotros de instinto de conservación junto a un mínimo de sentimiento del honor, hay que responder al llamado de nuestro destino con obras que, desde ahora, preparen las grandes realidades del porvenir.

¿Cuál sería el primer paso para poner en movimiento comunitario a Iberoamérica? Unificar el pensamiento y llamar a la acción conjunta a las minorías que, dispersas por hoy en cada ámbito nacional, persisten en la fidelidad a las constantes esencias de lo hispanoamericano.

El tiempo no espera, y hay una aceleración de los procesos históricos que nos apremia contestar desde luego la interrogación del rubro, y decidir qué queremos ser, en definitiva: ¿Objeto o sujeto de la Historia?

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