Nuevos signos en América

Identificador: DM-201.
Publicación original: Novedades, 23 de junio de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de Nuevos signos en América

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Parece que comienzan a cambiar los signos de la política hispanoamericana, como fruto de las viriles inconformidades que conmueven profundamente los espíritus a todo lo largo y lo ancho del mundo de habla ibérica.

En plazo relativamente breve, dos regímenes no sólo ajenos sino antagónicos a las legítimas aspiraciones históricas de sus pueblos han sido objeto de sendas, clamorosas y –sobre todo- eficaces repulsas populares. Nos referimos a los casos de Bolivia y Ecuador, que constituyen aleccionadores ejemplos para el resto del continente que aún sufre el parasitismo de las políticas de monopolio partidarista al servicio de intereses foráneos y radicalmente antinacionales. En estos dos países, durante muchos decenios, los gajes de esa política eran disputados por diversos grupos que en el fondo eran una misma y única facción, y sólo en el horizonte ecuatoriano les hacía contrapeso un partido conservador de tendencias generales sanas, tradicionales, pero que en conjunto –no en algunas de sus sobresalientes personalidades- daba la impresión de carecer del dinamismo que las graves circunstancias exigían, de estar desprovisto de una deseable mayor sensibilidad para los problemas de nuestro tiempo y de una más lúcida visión de las actitudes definidas y enérgicas que la solución del problema político de su país parecía reclamar.

Hoy, el triunfo electoral del doctor Velasco Ibarra en el Ecuador, y la anterior victoria en Bolivia de Paz Estensoro –electoral primero, revolucionaria después en contra de uno de los más cínicos fraudes políticos-, significan sendos compromisos y tonificantes perspectivas de afirmación nacional e hispanoamericana, y, por ello mismo, de valerosa reforma social.

En ambos episodios suscitóse la lógica y análoga conjura reaccionaria de las fuerzas liberales para impedir el triunfo de las corrientes que, por ser renovadoras y operantemente populares, se trató por supuesto de infamar colgándoseles el ambiguo sambenito de lo antidemocrático. Vano empeño: el cuerpo electoral de los dos países dijo con toda claridad por qué género de democracia estaban sus preferencias. Pronunció su fallo antiplutocrático y en pro de las reivindicaciones sociales; se declaró a favor de las libertades objetivas y prácticas, muy distantes de las libertades teóricas y declamatorias del liberalismo; alzó pendones por una positiva independencia espiritual y política respecto de los influjos internacionales que hasta hoy han sido en Iberoamérica el obligado sostén de lo que Bolivia primero y ahora Ecuador han repudiado.

Por otra parte, para las elecciones septembrinas de Chile los más serios vislumbres auguran un triunfo semejante de las actitudes políticas juveniles, que tratan de rescatar el patrimonio material y moral del país de manos igualmente facciosas y atentas al obsequio de intereses forasteros. El pueblo coincide en torno de la figura del senador Carlos Ibáñez, que polariza en su persona la decisión de que la patria chilena también sea, total y próvidamente, de los chilenos. Y los síntomas, repetimos, anuncian que otra vez las inevitables, rutinarias coaliciones de liberalistas y quizá asimismo sovietizantes serán impotentes para vencer la tensa dinamia de una voluntad nacional expresada con arrojo y fervor.

Y por inevitable asociación de ideas viene a los puntos de la pluma la obligada interrogante: en México, dentro de breves días, ¿cuál irá a ser la expresión ciudadana?... No hay muchos barruntos del anterior, sempiterno y justificado abstencionismo electoral, que hoy tal vez podría entrañar –hasta cierta medida, nomás- una abdicación en favor de la politiquería profesional. Pero nos invade francamente el temor a una implícita o expresa falta de fe en las reservas morales del pueblo, a las desconfianzas que se han insinuado respecto de su capacidad de reaccionar con dignidad cívica contra los fraudes “institucionales”. Tal apriorística desconfianza puede herir mortalmente su decisión de triunfar, y por ello puede hacer frustránea –como en pasadas y memorables coyunturas comiciales- la manifestación indudable de su voluntad de renovación política.

En realidad, la incertidumbre más bien debe proyectarse a los días posteriores al 6 de julio. ¿Se rendirá también en México el testimonio –que asumiría, por cierto, excepcionales repercusiones- de nuestra adhesión a los nuevos signos del horizonte americano, o se dará una vez más la nota desesperanzada de un conformismo que vendría a ser tanto más bochornoso cuanto más disonante de la tónica renovadora que comienza a ser el santo y seña de los países hermanos?

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