Nuestros Conventos
Publicación original: Novedades, 18 de septiembre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: conventos mexicanos, misiones, catolicidad y arquitectura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Signan el paisaje y el alma de Méjico con ese indeleble sello frailuno de la catolicidad de la Estirpe.
No eran –como ha pretendido la versión romántica y sensiblera de nuestro pasado- refugios o escondites de gentes medrosas y pacatas; oquedades en perpetua tiniebla psicológica, habitadas por topos huidores de la luz del sol. Fueron, propiamente, academias de la milicia del espíritu. Por eso mismo, enseñaron, sí, las técnicas ascéticas de signo negativo, esas que adiestran el alma para la retirada estratégica o para la neutralización de las trampas explosivas con las que el oro, el poder y la carne suelen minar la tierra en múltiples episodios de esa lucha constante entre el bien y el mal que es la Historia. Pero ese adiestramiento se subordinaba al aprendizaje varonil, espléndido, de la “blitzkrieg” misionera: esa ofensiva espiritual cuyo empuje lograba arrinconar, incansablemente, al paganismo, a la barbarie, en inescapables madrigueras –“bolsones”, diríamos en la jerga acuñada por la última guerra- con un cerco sin posibilidad de ruptura. Dígalo –para no citar más que una de tantas ilustres- esa implacable “blitzkrieg” de caridad y de civilización desatada por Fray Margil de Jesús, quien, puntualmente de un convento –el de la Cruz, de Querétaro- hizo el centro y cuartel general de increíbles expediciones que, desde Tejas hasta el istmo continental, rayaron el mapa mejicano de rutas misionales.
Los conventos explican en una gran parte, el impulso con que Méjico realizó su personalísimo quehacer dentro de la tarea general del mundo hispánico. Nuestro vigor ecuménico alcanzó a las Californias, a Nuevo Méjico y Tejas, en el norte; a la América Central, en el sur; a la muchedumbre de naciones del otro lado del mar –como reza la profética expresión bíblica-, dispersas en esas islas “esporadas” de Asia que son las Filipinas y el archipiélago malayo. A ese vigor nuestro hay que atribuir las primeras cabezas de playa de espíritu occidental en el Japón y en la China, que las amagaron de semilla de civilización y de Evangelio llevada a las trojes misionales de los conventos mejicanos.
¿No es cierto que, si con ojos limpios de ciertas lecturas arcaizantes contemplamos los conventuales recintos de más carácter e historia –Actopan, Acolman, Tepotzotlán…- advertimos que la pura ascesis cristiana asume una vibradora intensidad, y una original modulación en la macicez de sus piedras nobilísimas? No son las del cenobio sinaítico: fortín de la austeridad monacal, en perpetua actitud de defensa contra el oleaje mundano. Hay en las de los conventos mejicanos un sentido más fuerte que el del mero blocao, levantado para las incidencias de una guerra fronteriza, de escaramuzas defensivas contra las irrupciones bárbaras del mal. Más bien recuerda su arquitectura, por su estilo y proporciones, que tuvieron y aún tienen –como oprimida energía nuclearia, en espera de explosiones liberadoras- un sentido militante y conquistador; una postura de agresión, de iniciativa en contra de las fuerzas obscuras de la Historia. Nos recuerda que fueron, en su ingente dimensión de fortaleza con murallas almenadas, un cuartel general preparado también para las peripecias de un asedio; pero cuya orientación fundamental se proyecta más bien a las empresas expansivas, al ataque más bien que a la defensa…
Por ello es que una fina sensibilidad descubre sin esfuerzo, en las estructuras conventuales de Méjico, algo así como el sancta sanctorum de nuestras esencias: blasonada actitud militar del espíritu; venerable, brillante ejecutoria cultural, enaltecida por el magisterio de las aulas monásticas; abolengo sin paralelo de una catolicidad genuina y sin tacha, apostólica y conquistadora. En suma, la cifra cabal de nuestros pueblos, mitad frailes, mitad soldados; y cada una de esas mitades, informada de una señera iluminación intelectual -porque todo ideal, para serlo de veras, ha de sustentarse en pensamiento-, y aun de una alta, humanísima y divinísima transfiguración poética que así canta en el soldado Garcilaso de la Vega como en el fraile Luis de León.
De ahí que –a pesar de las obscuridades apocalípticas del inmediato porvenir- las piedras de nuestros conventos siguen guardando el secreto de nuestro destino histórico. Hoy, como ayer, “se estremecen de Imperio y Teología…”
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