Nuestra Deshumanización
Publicación original: Novedades, 12 de marzo de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: deshumanización, moral social, autoridad, dignidad y educación.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Desde hace lustros, el pueblo de Méjico ha tenido que padecer una intensa y creciente ofensiva de alarmadora deshumanización.
Este alud se ha abatido sobre una sociedad en la que ha encontrado inverosímiles capacidades de resistencia al mal, pero, también, a qué dudarlo, un substrato favorable al fermento y a la proliferación de éste. Nuestra levadura colectiva, por una razón u otra, ha demostrado poseer, con vigor desusado, las mejores, y, asimismo, casi las peores posibilidades.
¿Cómo negarlo, ante la cantidad y calidad de hechos y circunstancias que tornan enrarecida, y, a veces, positivamente nauseabunda nuestra atmósfera social?
Al cuadro desolador de nuestra material pobreza, de nuestra desnutrición, de los andrajos del pueblo, de nuestro desaseo crónico, ha venido a mezclarse hasta hacer con él una sola cosa, nuestro empobrecimiento moral, más desolador aún.
Ello tenía que llegar a suceder. Previóse, con angustia, por los patriotas. Con anticipada complacencia, por los que, dentro o fuera de casa, lo deseaban por la cuenta que les tenía. Unos y otros, con impecable lógica, vieron que tendría que ser.
Los años, los lustros, los decenios de ofensiva deshumanizadora no podían transcurrir en balde. El resultado general puede resumirse en el dato, a cada paso comprobable, del rebajamiento de los caracteres.
Los grandes despotismos políticos nacionales, el de los caciques, el burocrático o sindical, aunados a la desesperanza cívica y a la ineficacia o injusticia judiciales, prohijaron el conformismo y la servil sumisión en los espíritus. Matóse, así, en muchos, el sentido de la propia dignidad, raíz primera de todo aliento fecundo y ennoblecedor para la existencia. El ejemplo de tantos enriquecidos, por misteriosas vías, de la noche a la mañana suscitó un enjambre de émulos febriles de todas actividades, categorías y alcances, expertos en venalidades y en fraudes, anhelosos del poder y de los placeres fáciles y ostentosos que el oro consigue.
La irrestricta propaganda subversora y marxista –aparte de sus consecuencias en otros órdenes- minó aceleradamente el otrora arraigado sentido de las jerarquías fincadas en virtud, en saber o en nobleza de la función social desempeñada por cada uno. Nos ha dado, en cambio, un igualitarismo anonimizador, que no ha subido de nivel a los de abajo, sino que ha hecho descender a los de arriba. Perdióse con ello el sentido de autoridad, y hoy sólo concedemos primacía –estremecidos de envidia o miedo, según los casos- al magnate de los negocios o de la política.
La irreligiosidad y aun la perversión sistematizada de la enseñanza; la obstrucción legal y física del influjo religioso; la propiciación escénica –en teatro y cine-, periodística, publicitaria –gráficas y textos- de lo sexual, hasta exacerbarlo, nos han connaturalizado con lo que siempre había sido más ofensivo y repelente.
Esto último, aunado a la nota roja de los diarios, destacada en su inserción, crudamente ilustrada y detallista, ha minado el decoro y la macicez tradicional de los hogares; ha envenenado la sangre y mutilado los horizontes vitales de mucha juventud. Y ha desatado turbonadas fangosas y sanguinolentas de una criminalidad de pesadilla en que el sexo y el desprecio de la vida humana –con frecuencia, en protervo maridaje- son factores principales.
La glorificación del “calembour”, de la expresión vulgar y de las bajas maneras, ha trascendido de los medios infames, y ha vuelto el trato social áspero; ríspidos y groseros, la palabra y el metal de la voz; los modales, aplebeyados. Y aun de todo ello se hace alarde, sin respeto alguno para el niño y la dama. Nuestra vieja cortesía, flor de mejicanidad, signo de civilidad y de humanas calidades, dijérase agostada y a punto de extinción.
Pero, -dirán muchos-, como dato compensador, ¿no se hace cuenta de la religión, la gran regeneradora de sociedades y suavizadora de costumbres? ¿Qué hay de nuestra catolicidad proverbial y entrañable?
Cierto: es casi lo único positivo que nos queda, y en ella hay que fincar, sobre toda otra cosa, la esperanza de una restauración colectiva. Lo malo es que hay que convenir en la verdad de las palabras atribuidas a un conspicuo prelado: el pueblo mejicano no ha perdido la fe, pero está perdiendo a grandes pasos la vergüenza.
Y ya es sabido que la pérdida de la moral es un excelente camino para la pérdida de la fe. Nos empiezan por incomodar los mandamientos y acaba por incomodarnos y sernos estorboso el credo que les da base.
En suma: la increíble capacidad de resistencia al mal que Méjico ha demostrado poseer, tiene –como todo lo humano- un límite. Es obvio que hemos llegado a ese límite. ¿Seremos capaces, todavía a tiempo, aunque sea “al cuarto para las doce”, de una reacción conjunta y salvadora que nos devuelva lo que hemos perdido en decoro, en salud espiritual, en humanidad y señorío?
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