No bastan las bombas

Identificador: DM-244.
Publicación original: Novedades, 20 de abril de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de No bastan las bombas

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Las informaciones sobre los últimos acontecimientos argentinos distan mucho de darnos una visión clara, así sea panorámica, de lo que está sucediendo en el hermano país del Plata. Lo que en él ocurra –además del fraterno interés que siempre nos suscita– nos afecta singularmente en estos días a todos los iberoamericanos, dado el directo o indirecto influjo continental que relevantemente, a últimas fechas, han asumido ciertos aspectos de su política exterior. Puntualmente, son esos aspectos los que parecen explicar de manera determinante el trasfondo de los sucesos recientes.

En tanto llegan noticias más detalladas y de más limpias fuentes, se puede de todas maneras hacer la obvia inferencia de que tiene fundamentalmente razón el ejecutivo argentino al atribuir a fuerzas foráneas el impulso medular de la agitación antiperonista que ha culminado con el doble estallido de bombas en la Plaza de Mayo, corazón histórico de Buenos Aires, durante el gigantesco mitin popular en apoyo del régimen, el pasado miércoles.

En efecto nada ha sido más evidente desde que el peronismo se perfiló como una enérgica decisión nacional de autonomía política y económica, y de justicia social, que la abierta enemistad que oscuros intereses internacionales le han profesado. No podían perdonar que uno de nuestros pueblos, con tan rica y estratégica geografía escapara al “destino manifiesto”, a la mediatización de su cultura, de su economía y de su política puestas al servicio de amos “camuflados” por el anonimato crematístico, que con frecuencia son los amos más crueles y exigentes según enseña la amarga experiencia del mundo moderno.

Creció ese odio a medida que el orden de cosas advenido con el justicialismo se afirmaba y definía más y más en los espíritus y en el vivir cotidiano. Y aun los que con ánimo honrado objetan la administración peronista tienen cuando menos que convenir en que hay que abonarle excelencias que van desde el haber favorecido la revisión del sentido de la historia nacional argentina en sus grandes figuras y capítulos, hasta la concomitante substitución del engañoso, caduco espíritu de individualismo siglo XIX por la dinámica conciencia solidarista y social que hace posibles las grandes tareas históricas al infundir bríos de mocedad así en el esfuerzo personal como en el colectivo.

No se trataba, pues, de lirismos bienintencionados pero sólo declamatorios, sino de un programa realista de reivindicaciones nacionales con una voluntad operante a su servicio.

Ello resultaba imperdonable. No se hicieron esperar los intentos –que están en la memoria de todos- de intromisión de esos poderes internacionales en los asuntos domésticos de Argentina, con miras a la eliminación del líder renovador. Cada uno de esos intentos fue superado con rasgos tan gallardos que son timbre de honor para el pueblo que supo darles apoyo fervoroso y sin regateos, y para el jefe que les dio expresión rotunda e inequívoca.

Pero lo peor para las fuerzas oscuras ha venido ahora, cuando Perón, en cuanto mandatario de su pueblo, se ha hecho eco, en la parte que le toca, de la crecientemente lúcida exigencia iberoamericana de unidad. Obsequiar este anhelo que hace vivencia contemporánea al indomeñable ideal bolivariano, es, admítase o no, el forzoso corolario exterior de todo régimen de nuestros países que de veras se identifique con el pueblo al que pretende servir. Es ello una mera cuestión de honradez y de visión histórica, a la vez que de capacidad política, aunque la incomprensión o la socarronería de los últimos intérpretes del ideario liberal persista en negarlo con argumentos que quieren teñir de patriotismo a invocaciones de localismos inaceptables, que al mantenernos desunidos siguen haciendo el juego a nuestros comunes enemigos del exterior.

Esa última actitud del gobernante argentino, tampoco lírica sino también operante, ha venido a colmar sin duda la exasperación del viejo imperialismo espiritual, financiero y político que quiere mantenernos en subordinación irredenta. La cosa no ha podido ser más clara. Al regreso de Perón, a raíz de las históricas conversaciones sobre unidad económica chilenoargentina con el presidente Ibáñez, en la estación ferroviaria en Buenos Aires estalla una bomba que quiere cerrar en forma directa el ciclo del peronismo. Otras, indirectamente con igual mira, acaban de estallar en la Plaza de Mayo buscando sembrar el terror en el pueblo y en el jefe argentinos. Si alguna o algunas más lograsen su última meta, a pesar de los defectos o errores que la Historia imparcial pudiese señalar en el futuro al régimen justicialista –obra humana, al fin y al cabo- tendría que registrar también la condenación unánime de semejante epílogo por parte de todo corazón iberoamericano en genuina comunión con los intereses de su estirpe.

Serían, además, impotentes para contener a la postre el invencible propósito unitario de la América lusohispana. Para eso serían necesarias bombas del espíritu que nos hiciesen perder todo vestigio de orgullo histórico, de dignidad y de hombría.

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