Naufragio

Identificador: SD-050.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 29 de junio de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Filosofía y cultura.
Ilustración de Naufragio

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Al primer albor, el náufrago se da cuenta cabal de su situación. Al parecer, queda como único superviviente del desastre. ¿Qué milagrosa providencia libróle de perecer estrellado en el falaz archipiélago de arrecifes que se extiende frente a esta playa que baña el Pacífico mexicano? es ese un misterio que ya no le preocupa, ante un nuevo apremio, presente en la novelesca realidad de un dilema.

Allá, a lo lejos, casi mar adentro, los restos destrozados del cascarón náutico en que tuvo la imprudencia de embarcarse, están a punto de la inmersión total. No hay ya interés alguno en aquel viejo maderamen que, al fin, va a descansar en el seno del padre Océano. Pero mucho más acá, en el centro de una breve extensión libre de rocas, semejante al lago interior de un atolón de los mares del sur, se descubre la causa del ruido sordo, constante, que durante toda la noche fue como el siniestro fondo melódico de la pavorosa y variada orquestación de la borrasca: debe ser potentísima la concéntrica succión de ese remolino –ahora perceptible, a la luz auroral-, cuyo ancho diámetro fragoroso parece querer atraer a su sima, a no sé qué insondables vertederos geológicos, toda el agua del mar.

Al otro lado del banco anillado, ceñidor de la albufera fatídica, viniendo del mar abierto, encrespa sus ondas como de torrentera la corriente que –por único y estrecho paso- arrastra hacia el vórtice casi mitológico de aquel Caribdis costero, restos vegetales y cadáveres de aves marinas que la tempestad arrancó de tierra en nocturnas turbonadas de apocalipsis… Y entre ellos, atropellándose en confusión cada vez más vertiginosa, a medida de la cercanía al torbellino, muchos despojos del desgraciado barquichuelo.

Pero el náufrago no tiene ojos más para esos dos flotantes cofres de maciza madera, fácilmente reconocibles por el lacre rojo que en las junturas puso una precaución que ahora no parece excesiva ni timorata.

A su vista, una tremenda conmoción psíquica borra la abrumadora pesantez de los miembros doloridos, contusos. Destrozándose el calzado y las manos, hasta sangrarse otra vez, el náufrago ha echado a correr. Salta, con agilidad inverosímil, a lo largo de las escolleras. Cabalga sobre su espíritu, espoleándole con fiereza los músculos una sola angustia: ¡Llegar a los cofres, antes del punto en que la corriente en que navegan se torna invencible aun para un supremo esfuerzo natatorio! ¡Pero ambos son de idéntica dimensión y apariencia! ¡Sólo los distingue la eficacia de cada una de las dos llaves que penden, al cuello, de una cadenilla!... ¿Cómo adivinar, en el momento final, cuál sea el digno de que se le arriesguen los veinticinco floridos años de una existencia? Y a medida que el hombre avanza y laceran sus carnes las aristas rocosas, una dramática perplejidad corta, como una espada, los tendones de la decisión.

¿Qué arquilla es la que contiene el acervo de insubstituibles partidas del registro civil –fechadas hace ochenta y noventa años y que fundan su claro derecho en el juicio intestamentario que motivó tal mal ideado y peor acabado viaje marítimo? Esos papeles aseguran la riqueza, hoy en trance de perderse sin remedio: la herencia del próspero negocio industrial, los millones con qué restaurar el añorado esplendor de su casa… El otro cofre, tan sólo encierra viejos, amados pero imprácticos recuerdos de familia: el largo y negruzco pistolón del bisabuelo, cuyo oportuno disparo logró salvar, para otro lustro de luchas por la Patria, hasta el trágico ascenso al Cerro de las Campanas, la vida preciosa de Miramón el Macabeo; también, el medallón fin de siglo cuyas tapas encaran, uno al otro, como en la blanca y remota mañana de bodas, los rostros –ennoblecidos de cariño- de los padres; y, sobre todo, aquel “lignum crucis” enmarcado en oro y pedrería, que santas envidias suscitó siempre en las cristianas familias de una ciudad abajeña…

… … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … … …

Cuando el náufrago se arrojó al mar, en la pugna del rescate, no hubo ya indecisión en sus brazadas. Derechamente se fue a uno de los cofres gemelos; apretóle con el brazo izquierdo contra el cuerpo, y nadó sin desmayo, venciendo el arrastre del atolón mortal. Por fin, alcanzó su diestra la escarpadura salvadora. Volvió el rostro al vórtice: desaparecía, la otra arca, en el insaciable esófago submarino. Encogiéndose de hombros, tomó la que acababa de salvar; rompió el lacre de las junturas, hizo funcionar una de las llaves de la cadenilla, escogida sin vacilación, y alzó la tapa.

El sol mañanero se hizo destellos en las gemas de un relicario. Unas manos ensangrentadas lo llevaron a unos labios temblorosos y salobres. Y el náufrago supo entonces cuál había sido el secreto de su certero instinto, y en dónde, verdaderamente, estaba puesto su corazón.

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