Nacionalismo y “Tabús”
Publicación original: Novedades, 20 de junio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: nacionalismo, federalismo, municipio y formas políticas.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En reciente artículo –en esta misma página- un magistrado que fue de la Suprema Corte hace no muchos años acaba de manifestar que el quehacer colectivo más inmediato es el de fortalecer a la Patria. A ningún hombre de bien se le ocurrirá argüir nada en contra, ya que hiere por su evidencia el que Méjico está urgido de una tonificación concienzuda y sagaz. Y esa acción tónica ha de ser, puntualmente, la que logre la afirmación de nuestro perfil nacional, su acentuación inclusive, ya que ambas cosas son necesarias.
Por otra parte, el articulista da en el blanco, y ello nos da singular motivo de complacencia, al expresar de manera implícita que las vías adecuadas, las más eficaces y sobre todo las más directas para fortalecer a la Patria son las políticas, usando la palabra política en su noble sentido originario. Quienes todavía hablan de salvación nacional sin tener en cuenta el problema del Estado, o quienes lo relegan a segundo término, son miopes o insinceros. El camino más corto para restaurar la autenticidad y el vigor de Méjico es obtener que el Estado sea fiel servidor de las esencias nacionales, porque sólo entonces serán posibles las condiciones necesarias para que dichas esencias desarrollen todas sus virtualidades hasta hoy en gran parte nada más latentes, para que se pongan en acto todas sus inmensas capacidades de hazañas históricas.
¿Y qué clase de Estado requerimos? “Un gobierno extraordinariamente fuerte –se nos dice sin ambages-, lleno de inteligencia y audacia, que se enfrente, CON VALENTÍA AGRESIVA, A TODOS LOS PROBLEMAS LATENTES –los del espíritu y los que atañen a nuestra esencia, sobre todo-.” Esto es tan cierto, que viene a ser positivamente la expresión del pensamiento popular desde hace muchos años. La opinión de la calle, el pueblo, anhela que en Méjico se realice deveras la revisión del estado de cosas física y espiritualmente opresivo. No alcanzará, en muchos casos, esa opinión popular, las soluciones concretas, técnicas, de ello; pero sí, en cambio, tiene la certeza arraigada de que esas soluciones solamente podrá ponerlas en obra un régimen fuerte y decidido a barrer con los poderosos intereses creados que lo impiden.
Semejante gobierno “no se arredraría” ante varias importantísimas tareas urgentes: “no se arredraría ante una revisión total de nuestra historia, ante una revisión de nuestra legislación, a la que pretendemos presentar como intocable, ante una revisión de nuestros lemas, de nuestra división política. ¿Qué sentido tienen, verbi gracia, tantos estados y territorios? ¿tantos y tan inútiles y retardatarios gobernadores, legislaturas, tribunales locales? ¡Cuando podríamos tener seis o diez estados, verdaderamente fuertes y con un verdadero sentido económico y político!”
Este lenguaje del antiguo magistrado de la Suprema Corte, es todo un síntoma. Así hay que considerar su sinceridad. Es un síntoma del cansancio que engendra la mentira. La mentira que por muchos años ha querido resguardar contra la crítica, esa ciudadela de la intangibilidad de los grandes “tabús” oficiales que asfixian la autenticidad de Méjico y tornan imposible la buena marcha de la cosa pública. Cuando la consideración honrada se detiene un punto en este problema, viene a caer forzosamente en la cuenta de este dilema: conservación de los “tabús”, o vigor nacional. La coexistencia de ambos resulta incompatible, porque no se puede vivir en fuerza y en salud sobre los presupuestos de la mentira.
Nuestro escritor agrega: “¿Ni qué verdad encierran tantos principios en que todos fingimos creer y en los que nadie cree?” Esta frase repite casi la literalidad de alguna nuestra, nada más que nosotros hemos hablado en tercera persona del plural, porque el que ahora te habla, lector, jamás ha podido decir que cree en lo que no cree. A propósito de estos principios en que todos fingen creer, no podemos menos de hacer la evocación –entre otras cosas- de nuestro federalismo; de nuestros Estados diz que libres y soberanos; de la división tripartita de poderes y su recíproca independencia; del municipio libre o de la efectividad del sufragio.
Nuestro federalismo –aunque el artículo que comentamos no lo diga ni quiera decirlo-, además de sus orígenes turbios, nos es postizo. Cuando se le ha tomado en serio, sólo ha servido para atentar contra la unidad nacional: recuérdese lo de Tejas, y lo de 1847, coyuntura en que más de una entidad federativa negóse a prestar su concurso contra el invasor. Adulteración de nuestros positivos regionalismos –que sí son una realidad sociológica-, y de sus legítimas aspiraciones autárquicas, el federalismo sólo ha subsistido de nombre, ya que las múltiples reformas de la constitución de 17 han dado al traste hasta con la teoría del Estado Federal. Incluso, alguna vez, dichas reformas HAN IDO MÁS ALLÁ DE LO JUSTO Y DESEABLE en materia de centralización política. La división tripartita de poderes tampoco ha podido subsistir según su pureza clásica, y ello es lógico, porque va contra la naturaleza de las cosas: el mero sentido común indica que el poder no es más que uno, a pesar de que pueda convenirle distribuir en varios órganos sus diversas atribuciones. En el ideal del municipio libre sí creemos todos, pero el daño está en que hay quienes fingen creer que se ha realizado en Méjico. En la efectividad del sufragio nadie cree, y la gente sincera y enterada sabe, además, que, aunque fuera efectivo el sufragio individualista de nuestras leyes, tampoco reflejaría con exactitud la voluntad nacional, porque en la Nación, en su vida orgánica y verdadera, además de los individuos existen los grupos sociales infrasoberanos que en ella se integran como realidades componentes que deberían tener voz y voto en el Congreso: Familia; Municipio, Región –no entidad federativa-; Sindicato, Universidad, etcétera.
En tal sentido tomada, sobra razón a la frase del antiguo magistrado cuando nos declara que es preciso “hacer una verdadera tabla rasa” de todas las ficciones, y después, “reconstruir de acuerdo con nuestro íntimo y verdadero ser”. Y le sobra también razón cuando pide “un gobierno nacional y nacionalista”. Cuando afirma que sólo con un instrumento político así, “las nuevas generaciones pueden llegar a tener la fuerza y la fe para reconstruir nuestra patria desde lo más hondo de sus cimientos”; cuando añade que “debemos ser nosotros mismos” y que, sobre todo, “debemos tener la voluntad para serlo”.
Pero, a todo esto, se seguirán oponiendo los obstinados y antiguos “tabús”.
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