Moral y llamaradas de petate
Publicación original: Novedades, 18 de septiembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad, Fe y vida religiosa, Prensa y medios.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Semanas han transcurrido ya desde que se hizo público y apremiante llamamiento para combatir, a fondo y eficazmente, por medios sociales y legales, así autoridades como particulares, la impunidad en que durante tantos años han medrado los factores de desintegración moral en Méjico.
Parece que el llamamiento no ha caído esta vez en oídos sordos. Las voces que lo aplauden aumentan no sólo en número sino en significación y en nombradía. Pero la reacción práctica, de medidas concretas y efectivas, ¿cómo anda y qué señales da de vida?
Nos hemos enterado de que se acaban de retirar franquicias postales a poco más de una docena de publicaciones que el criterio oficial ha juzgado socialmente indeseables por ofender postulados elementales de moral colectiva. Bueno, magnífico si con ello se trata de poner obstáculo menor y meramente provisorio a la distribución de ponzoña espiritual en letras de molde y en gráficas, en tanto que otras medidas, de definitivos caracteres penales se aplican como resultado próximo de una acción judicial que deberíamos suponer ya iniciada y con ganas de sostenerse sin fatiga hasta el final.
Y aquí comienza la duda, o, al menos, la carencia de noticias. ¿Se ha iniciado ya de veras el impulso para echar a andar el de ordinario parsimonioso movimiento de la acción jurisdiccional, o el de suyo un poco menos lento y más simple de las represiones administrativas que afecten la médula de todo aquello que se trata de suprimir? ¿Qué medidas legales de ambos órdenes, judicial y administrativo, han empezado a promover los particulares en casos bien individualizados y concretos?...
Confesamos que nos embarga un poco –o un mucho- la desconfianza. Y el recuerdo de nuestro exuberante verbalismo retórico y el del raquitismo de nuestras decisiones prácticas, las que, si alguna vez transmigran -¡oh maravilla!- del mundo de las ideas al mundo de la acción, suelen naufragar al primer oleaje por falta de perseverancia. En pocas palabras, nos ensombrece el recuerdo de las mejicanísimas llamaradas de petate, a un tiempo ostentosas y efímeras.
Sugerimos a la organización católica que ha rubricado el llamamiento pro moralidad, la edición de algún tipo de boletín en el que -¿semanal, quincenal, mensualmente?- se tenga al público al tanto de las principales acciones concretas que en lo social, y sobre todo en lo legal, se estén promoviendo y manteniendo para combatir a los variadísimos y numerosos agentes de corrupción de las costumbres en nuestro ambiente.
Creemos que tal empresa no resulta difícil para una agrupación que cuenta con los recursos materiales y humanos que supone el agremiar a centenares de miles de socios. El boletín lo mismo puede asumir la forma de hoja volante, para aquello que en jerga publicitaria se denomina “publicidad directa”, que la más visible y multitudinaria de la propaganda mural, o la de la inserción o información periodística. Esa nómina de noticias singularizadas, al propio tiempo que su eficacia informativa, tendría la función de acicate para la previsible morosidad de los órganos estatales en la aplicación de las sanciones que de la ley puedan en cada caso derivarse.
El boletín podría perseguir asimismo otras metas de índole muy positiva. Por ejemplo, coordinar y encauzar la sanción social contra quien o lo que fomente la inmoralidad. Señalando “objetivos” precisos, verbi gratia, al boicot que acertadamente se ha sugerido en contra de aquellos intereses económicos que de alguna manera auspician –directa o indirectamente- la corrupción de las costumbres.
Informador, canalizador y orientador, creemos que ese boletín –si se le da firme permanencia y regularidad- difícilmente podría ser superado como punto de referencia, como fuerza centrípeta que daría eje y organización, y multiplicaría la resonancia social de los esfuerzos de cuantos, al responder a un noble llamado de honda entraña patriótica, no sufrirían la sensación opresiva del aislamiento, de la falta de eco a su propia inquietud ante el acelerado proceso de desvitalización espiritual de Méjico.
Lo que aquí hemos sugerido –inaccesible para una persona o para un grupito de buena voluntad- puede ser lo primero que nos evite ahora una más de nuestras usuales tragicomedias en un solo acto y un solo cuadro, en las que la acción también es mínima: gestos y ademanes teatralmente irreprochables, y encendidas palabras declamatorias que llegan a inflamar, un instante, con grandes y fragorosas llamas, un miserable hacinamiento de petates; después de lo cual cae el telón y cada quien –para matar el esplín o disimular la abulia- se va a hacer comentarios de café a su tertulia favorita.

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