Molino del Rey

Identificador: SD-056.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 7 de septiembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Caballería inmóvil ante la batalla lejana de Molino del Rey

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

8 de septiembre de 1847.

Don Juan Álvarez, prohombre del Partido Liberal, llena con su heroísmo de Cid el recuerdo del 8 de septiembre de 1847 —cuyo centenario se cumple el día de mañana— en el episodio del Molino del Rey.

En éste se encontraban situados, para la inicial defensa del punto, León, Rangel y Pérez al frente de 4,000 hombres. Santa Anna prepara la combinación del triunfo: desde la víspera instala a Álvarez y su caballería suriana, fuerte también en 4,000 plazas, en la hacienda de los Morales. La consigna es cargar contra el ala izquierda de los 5,000 atacantes del Molino en el instante oportuno.

Se sucede la batalla. Los norteamericanos, que tienen la ventaja de la mejor artillería, son rechazados dos veces. El glorioso Álvarez, impasible, permanece en sus posiciones con el tranquilo deleite con que, de haber vivido hogaño, habría asistido a un cinematográfico número corto de alguna escaramuza bélica ocurrida en ultramar. Tres conductos le llevan la orden terminante de realizar la maniobra prevista sobre el flanco enemigo. Pero insiste en que todo lo que sus ojos ven corresponde nada más que a escenas peliculeras de la guerra en África, contempladas desde su cómoda butaca equina. Cuando ya están a punto de ser vencidos los nuestros se convence de que todo aquello no es ninguna “fata morana” ni reportaje fílmico del combate de El Alamein. Trata, entonces, de llegar al lugar de los hechos, pero no por la adecuada ruta que Santa Anna le ha prefijado, sino por lugares poco accesibles. Llega, al fin, por otro punto cardinal faltando un cuarto para las seis. “A esa hora ya todo ha concluido”, afirma don José Fernando Ramírez. En cambio, es hora todavía apropiada para la merienda.

Mariano Riva Palacio, liberal prominente, atestigua por otra parte que, durante los combates de agosto, Álvarez, rodeado de sus “pintos” caballistas, “estuvo mirando, desde Chalco, a sangre fría, la catástrofe de la capital”. No era tan reciente, pues, su afición a los cortos de guerra.

Y era tan desmedido su amor a los espectáculos, que se convertía en manía proselitista. Una guerrilla de 500 hombres acertó a querer pasar por aquel mismo rumbo, el 22 de agosto, para sumarse a los defensores de la ciudad. Mandábalo un miembro del clero que con prudencia loable no había querido hipotecar bienes eclesiásticos para surtir de dinero al “quintacolumnista” Gómez Farías.

El ingenuo y buenazo del cura de Cuautla, jefe de la guerrilla, creía, por su parte, que el amago a la ciudad era algo menos cinematográfico que el “flash” del desembarco de Eisenhower en Francia. Se le trató vanamente de sacar de las tinieblas —típicamente oscurantistas— de su error. El cura no quería que sus guerrilleros estuviesen nomás “de mirones” de una exhibición condenada, seguramente, por la Legión de la Decencia. Entonces se le dio a entender que los 4,000 espectadores de la caballería de Álvarez podrían ponerse a patear y silbar ante la extraña pretensión de los recién llegados de alterar el orden del programa interviniendo en las acciones de guerra. Además, obstruían la correcta y plácida visión de aquella viva pantalla sonora. Sin admitir réplica se le advirtió a aquel molesto clérigo pueblerino que por ahí no se podía pasar adelante; que si quería hacerlo tomase el rumbo de Toluca…

Es lástima que Álvarez, futuro héroe de Ayutla, no nos dejase un “Manual del Perfecto Espectador”. En él hubiese podido explicar cómo asistir gratis a los espectáculos. Todavía más: cómo lograr, inclusive, que se le pague a uno por su asistencia y mera contemplación. A él, desde luego, le pagaron con armas “de la otra América”, según su propia frase.

Su brillante carrera política hasta antes de Ayutla habría bastado para autorizar el volumen. La resume así el contemporáneo “Diario de Avisos”: “…en 1844 se adhirió a la revolución liberal contra… Santa Anna; en 1845 volteó culatas, adhiriéndose a la revolución conservadora contra… Herrera; en 1846 se adhirió a la revolución liberal contra el gobierno del general Paredes; en 1853 se adhirió a la revolución conservadora contra el gobierno del general Arista”.

Y es que cada gobierno —forzado por necesidad— le pagaba su calidad de espectador neutral con sumas mensuales que oscilaron entre los diez mil y los veinticinco mil pesos. No estaba mal para no ser productor, director, argumentista ni “estrella”. Es de ponderarse lo que habrá ganado cuando —en su senectud— lo decidieron a desempeñar el papel de galán joven de la revolución de Ayutla.

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