Miseria de Hoy
Publicación original: Novedades, 2 de octubre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: miseria, individualismo, desigualdad y responsabilidad social.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Nunca, antes de estos días, se habían visto tan inmensas muchedumbres miserables, cuyo dolor gigante estremece hasta su médula la Historia que hoy se está haciendo. Si es en la Europa, víctima del más formidable aquilón bélico de los siglos, temblando ante la posible inminencia de otro aun más destructor; o en la China y el Indostán, países ambos de endémica miseria, el desamparo, la desnudez y el hambre elevan un clamor apocalíptico del que no hay precedente en los anales humanos. Si es en las naciones que capitanearon el bando victorioso, o en las que pudieron escapar de la contienda, el vocerío inconforme de los de abajo, que repudia la injusticia de la organización social, presagia siniestras contingencias históricas.
He aquí, en las manos de esta generación –manchadas de oro o de rapiña; llagadas de filo de bayoneta; quemadas de radioactividad de átomos de uranio-, el fruto más que amargo, putrefacto, de lo que dimos en llamar –inflándonos de necio orgullo- el mundo moderno.
Las proverbiales depredaciones asirias de la antigüedad, pueden juzgarse misericordiosas ante el estrago, ante la miseria posbélica que nos ha legado esta falsa civilización que tiene por dios a la materia. Los pauperismos que se dieron en el medioevo pueden tenerse por opulencias, ante el desvalimiento de las multitudes en estas sociedades nuestras que tienen por emblema y por santo y seña el dinero.
En otros tiempos, al menos, “el último de los siervos pertenecía a la misma cristiandad que el rey. Hoy… el mundo rico y el mundo pobre viven como dos masas, como dos capas horizontales separadas por un vacío, por un abismo de incomunicación. En el mundo moderno todo el mundo sufre del mal moderno”. Y es que “el mundo moderno envilece”. Envilece al pobre y al rico, ya se trate de individuos o de pueblos. Al pobre con la vileza de la desesperanza absoluta. Al rico, con la vileza, peor aún, del egoísmo frío y feroz. A uno y otro con la vileza suprema del individualismo a ultranza: ese individualismo que convence al pobre de no creer jamás en la posible bondad del que puede dar, y convence por otra parte al rico de que es estúpido desasirse –a favor del hermano- de sus bienes superfluos.
“El dinero, sólo el dinero, es el dueño” de este pobre mundo enfermo. Es su signo y odioso blasón. Es lo que lo distingue de toda la Historia anterior a él. Bien habló Péguy: “El antagonismo no es entre este o aquel mundo y el mundo moderno. El antagonismo es entre todos los otros mundos juntos y el mundo moderno. Todos los otros mundos… tuvieron alguna espiritualidad. Sólo el mundo moderno –siendo el mundo del dinero- es de una total, de una absoluta materialidad”. Y su lógica materialista ha traído por consecuencia el abismo espiritual entre individuos ricos e individuos pobres, entre naciones ricas y naciones pobres. Y cada vez ha hecho menor el número de individuos y naciones ricas; y mayor el de individuos y naciones pobres. Ha venido a ser, pues, un colosal productor en serie de pauperismo.
En la propia carne de nuestro pueblo hinca su mordedura el monstruo de la miseria. En el campo, obliga a la gente a la aventura de la emigración para labrar extranjeras tierras. En la ciudad capital, los barrios pobres hormiguean de hombres, mujeres y niños sucios, casi harapientos, cuya necesidad de comer jamás se llena adecuadamente, siquiera un día al año. La mendicidad asume dimensiones ingentes. Una mendicidad no a lo Rinconete y Cortadillo –negocio organizado y pingüe, de truhanes- sino triste floración de la inclemencia social de la urbe que debiera ser flor y espejo de civilización –que vale tanto como decir: de protección del hombre-, y que no llena su cometido de dar cobijo y sustento a todos y cada uno de sus moradores.
Y es cabalmente en esta tumultuosa aglomeración metropolitana donde se dan contrastes que insultan a la civilización, que afrentan a la justicia y que desdoran nuestra castiza tradición de cristiandad secular. Aquí tienen asiento simultáneo la máxima opulencia y la suma miseria. El palacio, en que el magnate goza de orientales lujos, y la choza pocilga que no alcanza a reparar la fatiga del menestril agotado por la mucha tarea y el poco alimento…
Esa acumulación coincidente de abundancia e indigencia, nos da la medida de cuán disparejo e inequitativo, de cuán funesto y opresor ha llegado a ser lo que la astucia de los malvados y la chabacanería vocinglera de los necios, exaltó como símbolo de felicidad eglógica, de prosperidad paradisíaca, de libertad ideal: el mundo moderno; el mundo que olvidó al espíritu.
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