Minas
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 27 de junio de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
México y sus minas se asocian en la mente del mundo y en la realidad de nuestra propia Historia. Bartolomé de Medina, Elhúyar, Andrés del Río, rubrican en ella páginas decisivas. Joaquín Velásquez de León deja perenne memoria de su sagacidad en las Ordenanzas mineras de 1783. El nombre preclaro de Alamán —acorde con su nativo impulso guanajuatense— se vincula al esfuerzo de la época independiente para hacer reflorecer lo que siempre ha sido base de nuestra economía. Y antes que todos ellos, como en el principio de casi todo lo bueno que tenemos Hernán Cortés, que es el primer minero mexicano.
“Tus minas, el palacio del rey de oros”, dijo López Velarde a la Suave Patria en un verso saturado de la minera tradición zacatecana. Verdad es ello, aunque en rigor los tesoros de este rey de la baraja, en México, hayan sido más argentíferos que auríferos. Los reales de minas, así fueron el eje económico de la vida del país. Aun el auge agrícola y ganadero fue, durante el Virreinato, en gran parte resultado y resonancia de la productividad de aquéllos. De esta suerte, la Corona colmó de protección y estímulo a la industria: rango nobiliario solían tener los mineros; tenían acceso fácil a cargos civiles y eclesiásticos; la obtención de las materias primas necesarias para el beneficio de los metales —particularmente el azogue, para el de la plata— se liberó de trámites e impuestos. De este modo, ríos ingentes de mercurio alemán y peruano afluyeron a México.
Ha sido en consecuencia, la minería, alma de nuestras bonanzas y casa de empeños de nuestras pobrezas. Pero, por desventura, ha presidido siempre a nuestra producción metalúrgica un signo de evasión.
Desde las entrañas generosas de la Valenciana, de Tasco, de Zacatecas, las vetas mexicanas inundaron de plata la tierra, y siempre fue la cantidad menor la que permaneció entre nosotros bajo diversos cuños monetarios o en los primeros legendarios de nuestra orfebrería. De igual modo sigue siendo, hogaño. Nuestro acervo metalero; cobre, plomo, estaño, zinc, etcétera, además del oro y la plata, cubre —se dice— las tres cuartas partes de nuestras exportaciones.
El intento debe ser ahora revertir el proceso; evitar tan cuantiosa fuga y desbordamiento más allá de las fronteras. Hacer que en lo posible esos tesoros queden en casa, para ser tratados aquí y aplicados domésticamente, para el propósito de una inteligente industrialización lo más autónoma que las circunstancias permitan, hecho con propias fuerzas y recursos, desligada, cada vez que ello se pueda, de las muletas de la ayuda extranjera.
A esta trascendente mira de efectiva nacionalización de nuestra minería, hay que agregar un hondo aspecto humano que a ello se liga: el de los trabajadores de las minas nuestros “barreteros”, que en túneles y socavones dejan pedazos de vida, y aun —en muchos casos— toda ella, sirviendo al afán de arrancar a viva fuerza sus riquezas al aludido rey de oros, que de suyo es tacaño y avariento.
Porque si venturosamente desapareció ya la plaga atroz de los azogados, que otrora llenó nuestro ambiente de horrendas visiones convulsivas, hoy no es demasiado raro —por ejemplo— que se oiga hablar del saturnismo como de un azote no extirpado. Y si hemos de remover obstáculos a la prosperidad de la metalería, es de primera urgencia la máxima humanización de las labores conexas a ella y la más exquisita higiene preventiva al respecto. Los intereses metalúrgicos, con fina intuición corporativa, deberían instituir cuantiosos premios para quienes, en cada faceta del laborío y del beneficio, lograsen hallazgos eficaces para la salvaguardia de la salud y la vida del trabajador.
El Minotauro voraz de la fábula vive todavía para nosotros en el Laboratorio subterráneo de las minas. Como Atenas con Teseo, México se sentirá entrañablemente endeudado con los que le ayuden a librarse de este negro tributo de vidas fuertes, todavía condenadas a terminar como bagazo humano entre horrendas fauces mitológicas.

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