Minas
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 18 de marzo de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
México y sus minas se asocian en la mente del mundo y en la realidad de la propia Historia de la Nación. Bartolomé de Medina, Elhúcar, Andrés del Río, rubrican páginas decisivas de esta antiquísima industria extractiva. Joaquín Velásquez de León, deja perenne memoria de su sagacidad en las Ordenanzas mineras de 1783. El nombre preclaro de Alamán –acorde con su nativo impulso guanajuatense- se vincula al esfuerzo de la época independiente para hacer reflorecer lo que siempre ha sido base de nuestra economía. Y antes de que todos ellos, como en el principio de casi todo lo bueno que tenemos, Hernán Cortés, que es el primer minero mexicano.
“Tus minas, el palacio del rey de oros”, dice López Velarde a la Suave Patria en un verso saturado de ancestralismo zacatecano.
Verdad es ello, sólo de aquí el rey de oros como que ha incluido en sus pragmáticas una suerte de ley de Gressham minera por la que ha dado al mundo más plata que oro. Lo cual motiva a los pocos años de la ocupación de la tierra, que la ambición del conquistador gambusino tome rumbos definidamente más argentíferos que auríferos.
Desde entonces, fueron los reales de minas el eje económico de la vida del país. Aun en gran parte, el auge agrícola y ganadero en gran parte resultado fue y resonancia de la productividad de aquéllos. Y así, la Corona colmó de protección y estímulo la industria: rango nobiliario alcanzaban los mineros; tenían acceso fácil a cargos civiles y eclesiásticos;
la obtención de las materias primas requeridas para el beneficio de los metales, particularmente el azogue, para el de la plata, se liberó de trámites e impuestos: de este modo, ríos ingentes de mercurio alemán y peruano afluyeron a México.
Ha sido, pues, la minería, alma de nuestras bonanzas y casa de empeños de nuestras pobrezas. Pero, desventuradamente, ha presidido siempre nuestra producción metalúrgica un signo de evasión.
Desde las entrañas ubérrimas de la Valenciana, de Tasco, de Zacatecas, las vetas mexicanas inundaron de plata la tierra, y siempre fue la cantidad menor la que permaneció entre nosotros bajo diversos cuños monetarios o en los primores legendarios de nuestra orfebrería. Así sigue siendo hasta la fecha. Nuestro acervo metalero: cobre, plomo, estaño, zinc, etcétera, además del oro y la plata cubre –se dice- las tres cuartas partes de nuestras exportaciones.
El intento ahora, debe ser, en consecuencia, revertir el proceso, evitar tan cuantiosa fuga y desbordamiento más allá de las fronteras. Hacer que esos tesoros queden en casa, para ser tratados aquí y aplicados domésticamente al propósito de una inteligente industrialización autónoma, hecha con propias fuerzas y recursos, desligada de las innecesarias muletas de la ayuda extranjera.
Y a esta trascendente mira de efectiva nacionalización, hay que sumar un aspecto hondamente humano que a ella se liga con no floja atadura: el de los trabajadores de las minas, nuestros “barreteros” que en túneles y socavones dejan jirones de vida y aun ella toda entera, en casos múltiples, sirviendo el afán de arrancar a viva fuerza sus riquezas al aludido rey de oros, de suyo tacaño y avariento.
Si venturosamente desapareció la plaga atroz de los azogados, que llenó otrora nuestro ambiente de fantasmales visiones convulsivas; hoy no es demasiado raro, por ejemplo, que se oiga hablar del saturnismo como un azote no extirpado. Y si hemos de remover obstáculos a la prosperidad de la metalería, aparece como algo de primera urgencia la máxima humanización de las labores conexas y la exquisita higiene preventiva sobre todo, a este respecto. Los intereses metalúrgicos, con fina intuición corporativa, deberían instituir cuantiosos premios a quienes en cada faceta del laborío y beneficio lograsen hallazgos eficaces en orden a la salvaguarda de la salud y vida del trabajador.
El Minotauro voraz de la fábula vive todavía para nosotros en el Laberinto subterráneo de las minas. México, como Atenas con Teseo, se sentirá dulcemente endeudado con aquellos que le ayuden a librarse de este negro tributo de vidas fuertes, aun condenadas a terminar en bagazo humano entre horrendas fauces mitológicas.

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