México Volcánico
Publicación original: Novedades, 16 de octubre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Joseph L. Schlarman, historiografía, México y crítica bibliográfica.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No obstante los “peros” que pueden oponérsele, el libro del historiador norteamericano Joseph L. Schlarman: “México, Tierra de Volcanes”, que acaba de ver la luz en castellano, es muy digno de leerse. Sobre todo, por el honrado esfuerzo con que se trata de entender las grandes líneas de nuestra Historia; su íntimo, medular significado. No resulta ello frecuente en los escritores de allende el Bravo, a la verdad.
En este libro, en términos generales, no hay premura, ligereza ni ideas preconcebidas al exponer nuestro acaecer histórico, y al inferir interpretaciones y juicios de valor. Sobre tales bases, no puede menos que resultar interesante una cifra histórica de México, elaborada por un hombre de estudio norteamericano. Para nosotros, reviste el interés aleccionador de que un extranjero de buena fe capte una gran dosis de nuestra “verdadera verdad”. Para sus compatriotas, es fortuna que les muestre un cuadro muchísimo más objetivo que el que suelen tener a su alcance, de la singularísima y dramática experiencia colectiva mejicana.
Por otra parte, es innegable que Schlarman tiene el don de insuflar vida a personajes y acontecimientos; afán que debe ser una meta constante de toda literatura historiográfica. Esa circunstancia favorece en este caso la lectura, que viene a ser de una amenidad y fluidez no común, aumentada por la sencillez de la expresión. Esa misma sencillez de lenguaje le hace evitar circunloquios y eufemismos en los juicios y en la adjetivación, cosa que tiene por fuerza que molestar a los apologistas de fuerzas y personajes a los que dichos juicios y adjetivaciones resultan adversos, no por culpa del autor, sino por una consecuencia inmediata e inevitable de la exposición de los hechos establecidos. Esa humanísima tendencia –virtud, en ciertas ocasiones- a llamar a las cosas por sus nombres, suele ser tachada de apasionamiento partidarista. En realidad mientras ello se haga con justicia y pertinencia, nada tiene de censurable.
No siempre la “mesure” es de encomiarse. A veces, merece anatema. En este punto, se le presentan al historiógrafo dos caminos: omitir sus personales reacciones –es el caso, verbi gratia, de los ameritados escritos de Bravo Ugarte-, o manifestarlas, por psicológica espontaneidad –como se ve en las obras de don Mariano Cuevas-. Este segundo camino, mientras no se incurra en chocarrería, en mal gusto, es tan legítimo como el primero. De suyo, no quita ni añade valor a la exposición histórica.
Hace falta al libro de Schlarman la referencia a nuestro pasado precortesiano y aborigen. No vemos de qué manera pueda disculparse semejante omisión cuando se intenta expresar –aunque sólo sea en vista panorámica- la Historia general de Méjico. ¿Cómo podrá entenderse, así, uno de sus preponderantes factores, como es el de nuestro notorio mestizaje psicológico? Ahora que, digámoslo de paso, en rigor, si se es fiel al buen sentido, si se apega uno a la verdad de lo que somos, el relato de nuestra Historia debe comenzar por una doble narración introductoria, previa a la Historia de Méjico propiamente dicha. Una tendría que ser el bosquejo, al menos, de la de España, desde sus orígenes hasta el punto mismo del descubrimiento. La otra narración, es la que suele incluirse, referente a eso tan suigéneris –si se quiere ser justo, diríase que intermedio entre Prehistoria e Historia- que es nuestro pretérito indígena. Por desgracia, la regla absoluta ha sido, hasta el presente, ignorar la primera de esas introducciones, la de la Historia española. De esa suerte, la visión de lo que somos ha quedado de ordinario sin una de las luces que naturalmente la integran, y la ilustración histórica, en nuestras latitudes, imperdonablemente trunca en un capítulo que resulta esencial para el escolar o el lector mejicanos. Lo mismo esta omisión que la otra –en que incurre Schlarman- deben tenerse por inadmisibles, si es que se quiere ser, aunque breve, completo.
Por otra parte, hay que abonar cordialmente al libro que origina este comento, el tratar de no juzgar nuestro pasado según el común equipo mental norteamericano: “No todo lo que sirve en los Estados Unidos sirve en Méjico. Méjico es Méjico”. Ello justifica, entre otros a Iturbide, que quiso resolver el problema político, a raíz de la Independencia, de acuerdo con nuestro ser y tradición. Ello da asimismo la pobre medida de quienes, unos, los menos, por imitación extralógica, y otros, los más, por compromisos con fuerzas obscuras, hicieron entrar a la nación en moldes institucionales extraños a su ser, aunque para eso tuvieran que inferirle bárbaras y estúpidas dislocaciones.
En la imposibilidad de agotar nuestro comentario, hemos de referirnos a una de las importantes objeciones que deben hacerse al flamante estudio de Schlarman. Al aludir la gestión diplomática de Morrow, le atribuye a éste motivos generosos para intervenir en el llamado “arreglo” de la cuestión religiosa mejicana, que culminó en 1929. Para la vida de Méjico, los pésimos resultados de esa intervención son ahora, a veinte años de distancia, sobrado evidentes. Claro que eso constituye el mayor triunfo a la gestión de Morrow. Por ello fue, para nuestro infortunio, porque se realizaba bajo el viejo signo de Poinsett.
Y es que –de manera explícita lo admite Schlarman- no toda la lava de nuestra Historia ha brotado de la entraña de los volcanes de Méjico. Mucha, muchísima, les es ajena.
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