Memoria y olvido
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 8 de agosto de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En la maravillosa arquitectura vital de la psicología humana, no está por cierto entre los elementos menos admirables la facultad de hacer presente lo que se halla remoto en el espacio o en el tiempo. Tan habitual y espontáneo es el ejercicio de la memoria –como que es una de las condiciones mismas de nuestra existencia-, que muy rara vez ocupa nuestra reflexión. Pero cuando ello acaece, cuando en alguna ocasión detenemos el pensamiento en esa facultad del espíritu y en los extraordinarios resortes que la mueven, los asombros se suceden a los asombros.
¿En qué recóndito almacén de la psiquis se depositan las experiencias vitales, conceptos, imágenes, sentimientos y sensaciones, y aun estados anímicos complejos que tienen su lugar como ese archivero, perfectamente clasificados a veces, desordenados otras y sin concierto?... Nadie podría decirlo, pero todos hacen uso constante del “stock” de ese almacén siempre abarrotado de existencias.
Suele la memoria requerir la llave del esfuerzo, del propósito expreso y consciente, para abrirnos sus puertas. Pero es frecuente que éstas se abran por sí solas, o al menos sin que nosotros demos vuelta al pestillo, al modo de esas modernas puertas de “fotocelda” que giran en sus goznes cuando un cuerpo extraño corta el haz eléctrico que las mantiene cerradas. Sale entonces a la conciencia todo el enjambre de evocaciones y reminiscencias a las que no hemos llamado, y que, inesperadamente, se sitúan frente a nuestra atención, ya esfuminadas y nebulosas, ya vívidas y netas.
La memoria, pues, puede en parte gobernarse y someterse a cierto régimen y control para evocar precisamente los elementos deseados, y para rechazar los que por el momento nos estorban o, tal vez, nos dañan. De ello se ocupa el utilísimo arte de la nemotecnia, con sus reglas más o menos eficaces. Sin embargo, las memorias más felices –en sus ejemplos más extraordinarios- son más bien don de natura. Así en Menéndez y Pelayo, de quien se afirma que después de leído un libro cualquiera –de los millares que alcanzó a leer- podía referirse con exactitud si no a las palabras literales sí a la página y al lugar de ella en que cualquier idea importante de la obra se hallaba expresada. Es el caso de todos los monstruos de la memoria. No hay nemotecnia que pueda igualarlos.
Sea lo que fuere, lo cierto es que el recordar suele ser deleite y tormento, vida o pasión del alma. El adusto Nietzsche dijo alguna vez: “No es posible vivir, sin olvidar. Gran verdad. El que nada olvidase, tendría sus vivencias todas exclusivamente en lo que fue: no le sería dable vivir en lo que es “hic et nunc”, aquí y ahora. Pero es lo cierto también que es constante necesidad el recordar algo de lo pretérito para poder vivir el presente, que –en cierta medida- en aquél se apoya y de él se sustenta. Y ello vale lo mismo para los pueblos que para los individuos. Memorias hay de hechos, personas, situaciones, triunfos o derrotas, afectos u odios que jamás nos abandonan o que, al menos, nunca debieran abandonarnos porque eso valdría tanto como negarnos a nosotros mismos. Quien a sus padres echa al olvido; quien sufre amnesia culpable de los beneficios recibidos o de todo cuanto en alguna forma ha infundido a su personal existir un aliento de valor y de nobleza, es hombre inferior. Pueblos sin tradición –que es, puntualmente, la memoria social., son en la medida en que carecen de ella pueblos sin dinamismo y sin capacidad de progreso auténtico.
Así los pueblos como las personas requieren, sin remedio, un mínimo recuerdo, de memoria de lo que se ha sido, para tener siquiera la conciencia de la propia identidad, de la continuidad y persistencia del yo en el tiempo y la historia.
Y si el olvido de viejas páginas, negras o excesivamente dolorosas, viene a ser en ocasiones una exigencia del espíritu atormentado; en otras se torna el recuerdo una necesidad por sus frutos aleccionadores o por sus saudades vivificantes. Y siempre, las páginas blancas, áureas, luminosas de bien, de poesía, de verdad, de grandes realizaciones, de excelsas presencias que por una u otra vía influyeron bienhechoramente en nuestro destino, nos marcan el deber de abrigarlas vivas, presentes, avasalladoramente actuantes en nuestra vida de hoy, al través del don milagroso, del bendito artificio de la memoria.

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