Méjico y sus misioneros
Publicación original: Novedades, 10 de marzo de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Los dos grandes centros del mundo amarillo, el archipiélago nipón y el subcontinente chino, dan testimonio de cómo la brecha abierta por Felipe de Jesús a costa de su vida en el inmenso imperio espiritual del extremo oriente ha seguido siendo agrandada por la heroica tarea de otros mejicanos ejemplares, singularmente en las últimas décadas. Estos compatriotas han respondido al específico llamado de Cristo y a la voz de nuestra mejor tradición, la que hace de Méjico a la vez que un cruzado, un apóstol de la más alta elaboración cultural de la Historia.
Sus trabajos, su total abnegación de sí mismos, sus sacrificios, luminosos en la órbita del espíritu, suelen quedar en la obscuridad de lo totalmente ignorado, o, si acaso, en esa vaga penumbra que no impide saber que existen misioneros mejicanos en Oriente, pero que vela todo el hazañoso heroísmo de sus hechos, los que, aun desde un punto de vista meramente humano, asumen un valor extraordinario y son timbre de honor para la Patria.
De estos apóstoles y civilizadores de nuestros días –herederos de Tata Vasco, de Fray Margil o del Padre Kino- hay una porción que singularmente merece en esta hora que los ojos y el corazón de Méjico se vuelvan hacia ella para acudir, en la medida posible, al remedio de las terribles tribulaciones que la azotan. Hacerlo así es cosa que toca, realmente, no sólo al espíritu cristiano, sino inclusive al honor nacional.
¿Por qué no es cierto que resulta particularmente doloroso que los misioneros mejicanos en la China roja padezcan acerba persecución por causa de la justicia sin que en su propio país se manifieste un movimiento de opinión que, haciéndose eco del sufrimiento de aquellos distantes y esforzados compatriotas, simultáneamente les haga palpar con hechos, con ayuda positiva, que el pueblo mejicano siente como propias las penalidades que los afligen, y que reconoce la honda mejicanidad que hay en la decisión de partir a una geografía remota por el afán de hacer participar a otros espíritus y a otras latitudes de los dones excelsos de la civilización cristiana?
Sirva, para disipar indiferencias, el ejemplo que revela la correspondencia que da a luz en su número de marzo de este año la revista misional mejicana “NUESTRA VIDA”, que es por cierto una de las múltiples publicaciones que se deben aquí al ejemplar tesón y a la increíble fertilidad periodística del padre José Antonio Romero. Alude esta correspondencia al “juicio popular” y a la consiguiente expulsión de China de don Miguel A. Pardinas misionero mejicano jesuita en Hofei:
Después de las primeras hostilidades en contra de la Misión, los cuatro miembros de la comunidad son echados de la casa de ella, y al jefe, o sea, al padre Pardinas, se le despoja de todas sus pertenencias, dejándolo “sólo con lo puesto”, con el pretexto de pagar un arroz que dizque la Misión debía desde hacía 14 o 15 años. Más tarde se efectúa el juicio popular, dentro del ámbito de la iglesia misional, para hacer más hiriente y profanadora la indigna farsa.
“Durante todo el juicio, que duró dos horas y media –escribe el misionero- estuve de pie ante el pueblo, sin que se me permitiera decir una sola palabra, y recibiendo un viento frío que venía del norte”.
Y aquí el dato revelador de la constante miseria humana: una cuarta parte de los acusadores, eran paganos; las otras tres cuartas partes, eran cristianos, eran los pobres judas de siempre entregando a su maestro. ¿Las acusaciones?… Recuerdan puntualmente las que se hacían en las primeras persecuciones a los cristianos. Según ellas, el padre Pardinas, por una parte, era culpable nada menos que del asesinato de un anciano y de un niño; por otra, de haber atacado al comunismo por afirmar la perennidad de la Iglesia Católica, o sea, la vieja, la conocida imputación de deslealtad al César, de no quemar en el altar de éste el grano de incienso que sólo se debe a la divinidad.
Durante el juicio, la víctima oye resonar la profecía del Señor: “Seréis llevados a los tribunales… seréis tratados como malhechores… mentirán… se os expulsará… seréis mis testigos”. “Pensé mucho en esas dos horas –agrega- en Jesús ante la plebe judaica, pervertida de momento por los perversos. Pensé en la postura en que Jesús estaría ante el pueblo que pedía su crucifixión, y en cómo su Corazón divino a todos los perdonaba y los amaba, y traté, con su gracia, de imitarlo en lo posible. Sentía una paz y una alegría interior jamás experimentadas en mi vida. Pero sentía también tristeza porque se me escapaba la palma del martirio, y pedí con todas mis fuerzas de Pastor por todas aquellas pobrecitas almas”.
“Terminadas las acusaciones, hablaron el jefe de los cismáticos, para hacer un resumen de mis crímenes; el jefe del Gobierno, para insultarme y concluir que ya no era posible hacer otra cosa más que atender las insistentes peticiones del pueblo, por lo que determinaba mi expulsión para el día 6 (de diciembre del año pasado); el pastor protestante, para acusarme, “aconsejarme” y agradecer al Gobierno por su resolución de expulsarme”.
“Refiere el Padre las muchas vicisitudes que le acaecieron en su viaje hasta la frontera inglesa de Hong-Kong, para concluir diciendo: ‘Lo malo es que cuando va saliendo uno, dejando lo que tanto ama en Jesucristo, va con el alma llena de tristeza. Beso la mano amorosísima de Nuestro Padre Dios; pero dejar a mis hermanos y cristianos en medio de una nueva tempestad, cada vez más huracanada, hace que de la mañana a la noche esté uno pidiendo y pensando en ellos’”.
En Hofei quedaron otro sacerdote y un hermano –que suponemos también sean mejicanos-, y un padre chino, “el gran perro extranjero de Pardinas” según el insulto especialmente acuñado para él, y a quien todo parecía pronosticar en esas fechas la palma del martirio.
¿Seremos sordos a ese patético llamado implícito en el relato de este compatriota, que pide acudir con presteza y con cuantos medios espirituales y materiales estén a nuestro alcance para impedir que perezca del todo esa invaluable obra de religión y de civilización de los misioneros mejicanos en China, “donde el clero está dando ejemplos magníficos de heroísmo y nuestros pobrecitos cristianos están amenazados terriblemente en su fe”?

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