Mayo capitalino
Publicación original: Novedades, 18 de mayo de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
El mayo capitalino ha alcanzado justa fama como el mes de la holganza. Su llegada suele ser uno de los sueños dorados del burócrata. Su signo es, el descanso, que inicia con la paradójica celebración del día del trabajo y que prosigue en la larga hilada de los demás días conmemorativos que en él rompen el ritmo de las tareas y los negocios. Por eso, apenas transcurren tres días después del primero, hénos recordando, el quinto, la batalla de Puebla contra los franceses, con descanso forzoso. Pasan otros cuatro más y el calendario nos marca el número diez, con la obligación de cantar las glorias de la maternidad. Después de esto, otras cuatro jornadas de quehacer oficinesco, de taller o de escuela y es casi seguro que al cabo de ellas, el día quince, habrá que holgar de nueva cuenta para dar al magisterio el tributo del cariño y del aplauso de la sociedad, para compensar lo que no se le da en numerario.
Entretanto, se ha disfrutado de los asuetos ordinarios dominicales, amén de los socorridos “puentes” que se tienden entre dos o más días feriados. Y para rematar, las llamadas vacaciones de primavera vienen a elevar a la suma beatitud el gozo de los holgazanes de que la metrópoli es tan pródiga, con sus privilegiados quince días de evasión viajera a las playas y a los sitios de imán turístico. De esta suerte, si nuestros cálculos no yerran, en todo el bello y caluroso mes, no alcanzan a ser siete u ocho los días de verdadero trabajo para muchos capitalinos. Donde se ve cuán bien se cumple en nosotros el refranero en aquello de que “las mañanitas de abril son muy dulces de dormir y las de mayo no tienen fin ni cabo”.
Por otra parte, mayo sigue disfrutando de sus perennes prestigios primaverales. En él quizá, como en ningún otro mes, sea para nosotros la naturaleza más dadivosa y munífica. La cabal pujanza de ese renacer cósmico que es la primavera, asume entonces su plenitud. El hombre, al par de la tierra, suele experimentar esa ebullición de vida, de grata bienandanza, que acompaña a la estación. Como que entre ambos se anuda no sé qué vínculo telúrico, elemental; y se establece una suerte de mutua comunicación de energías. El hombre, así, experimenta muchas veces la sensación de que le han brotado misteriosas e invisibles raíces anímicas que se hunden en la tierra y le hacen partícipe de los jugos y savias de su magnífica resurrección.
De esta manera, el valle de Méjico se reviste en esta temporada de su más hermoso aspecto. Se pigmenta de un verdor intenso en follajes y prados; y también, con las motas infinitas de la gaya policromía de las flores que, en miriadas, combinan y contrastan donosamente las más diversas tonalidades. Y si las lluvias son tempraneras, la gloria de los chubascos breves y torrenciales nos deja la atmósfera lavada de tal guisa, que el aderezo de la región se colma con el lujo de un firmamento cerúleo, de ese matiz que los chinos –según nuestras noticias- llaman “color de cielo después de la lluvia”, o que algún escritor revolucionario definiría como “un cielo de estampa católica”.
En ese marco luciente y de no común belleza, que de muy antiguo han celebrado ilustres visitantes del valle, la vida de sus pobladores –a menos que, con desvío, emigren a los centros de turismo- se desenvuelve durante el mes sin bochornos tropicales y sin pluviosidades excesivas, siempre que las condiciones climáticas no se alteren por obra de las nefandas desforestaciones. En verdad, poco habrá tan amable como el ensalmo primaveral de mayo en esta comarca visceral de la geografía mexicana. No en balde, a tono con el paisaje, hasta el “mujerío” que cantó López Velarde gana –en el curso de sus treinta y un días- en donosura y garbo, en gracia y en guapeza castizas. Y es que tanto por lo que hace a la tierra como por lo que toca a las moradoras, durante esta etapa del año dijérase que afloran en la periferia de una y otras las mejores y más dulces reservas vitales expresadas en colorido y en donaire.
Y hay, finalmente, un toque tradicional del espíritu en esas tardes de mayo que engalana el blanco desfile de la infancia que acude a los tiernos festejos del “Mes de María”. Todos los templos de la ciudad y los de cada uno de los pueblecitos aledaños, se llenan con la candorosa efusión de fe y de amor de lo más valioso de cada contorno: la aromada inocencia de la plegaria de los niños de México.

Comentarios
Publicar un comentario