Más fango

Identificador: DM-173.
Publicación original: Novedades, 26 de noviembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad, Prensa y medios.
Ilustración de Más fango

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Están en vías de ser castigados por las autoridades competentes –la sociedad, al menos así lo cree y espera- varios sujetos que realizaban infame a la vez que pingüe negocio con postales pornográficas que se vendían principalmente a los adolescentes de las escuelas secundarias. Parece, pues, que empezamos a sacudir la suicida inercia colectiva ante la, hasta hoy, impune insolencia de uno de los peores aspectos de la inmoralidad ambiente.

Pero es de una insospechada, asfixiante abundancia lo que hay que remediar sólo en este capítulo de la pornografía. Y apremia, ante la gravedad múltiple del mal, extender la contraofensiva a todos los frentes que así lo requieren de manera inmediata.

Señalemos hoy sólo dos de ellos.

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Sea el primero el muy conocido de las revistas que hacen estrepitoso alarde de lo nauseabundo. Hace algunas semanas, la prensa informó habérseles retirado las facilidades de circulación a través de los servicios postales. Oportunamente aplaudimos la medida, y es de esperarse que se esté cumpliendo al pie de la letra.

Sin embargo, es notorio que las demás posibilidades de distribución y venta de estas venenosas publicaciones, en la ciudad de Méjico por lo menos, siguen en pie. De los puestos de periódicos y revistas que diariamente nos es forzoso advertir en nuestro tránsito por muy variados rumbos capitalinos, no llegan quizá ni al 10% aquellos que no tienen en exposición permanente los aludidos papeluchos. En el 90% restante, siguen éstos cumpliendo su criminal función de gangrenadores de los espíritus.

Y hay que ver qué cubiertas ilustradas lucen. Qué situaciones tan increíblemente repugnantes describen en sus dibujos. Qué figuras tan procaces. Qué actitudes y qué gestos tan bestiales… Ya ni siquiera para degenerados, sino más bien para deleite de entes infrahumanos parecen ser hechos la mayor parte de esos grabados que materialmente golpean y estrujan la vista de las personas con decoro, y que ponen en los ojos infantiles reflejos de quién sabe qué inabarcables cataclismos psíquicos.

Si resulta obvio que la sola exhibición de tales grabados constituye un delito, la colmada indignación sobre todo de los padres de familia se pregunta: ¿qué es lo que impide que la policía, de oficio, lo impida, y aprehenda al exhibidor delincuente?; ¿y qué obstáculo hay para proceder por la vía penal contra los que publican, imprimen y en alguna manera contribuyen a la elaboración de algo que está fuera de la ley?

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Siempre en relación con lo pornográfico, hay que subrayar asimismo alguno de los muchos detalles extraordinariamente perniciosos y ofensivos que se dan en materia de cinematógrafo.

En ciertos “cortes” de factura nacional –puede el mal, pues, fácilmente atajarse en su raíz- juntamente con expresiones de un sano humorismo, ingenioso y bien logrado a menudo, se da en la estúpida manía de incluir también gracejadas más o menos atrevidas que a veces lindan con lo canallesco. Igualmente, escenas en que las desnudeces desaforadas, la actitud y hasta los ademanes de los personajes –de una lascivia animalesca- y el comentario del locutor logran un resultado de intolerable pornografía. Habida cuenta de que, por si ello fuera poco, las damas y los niños que asisten a un programa que se anuncia como “propio para niños y adultos”, tienen que soportar, además, las torpes, intencionadas risotadas que la sucia escena provoca en los léperos, los que, para vergüenza nuestra, abundan hoy en Méjico hasta en las mejores salas cinematográficas.

¿Cómo es posible que la censura oficial otorgue su previo “visto bueno” a estos atrevimientos? ¿La Secretaría de Educación, nada tiene qué decir y hacer a este respecto?

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Y no se puede menos que recalcar también ciertas singulares ausencias del sentido común… y de otros elementales sentidos.

En alguno de estos números cortos, por ejemplo, aparece un excelente reportazgo guadalupano, realizado con altura de miras, con gran delicadeza y acierto, y que concluye con la visión de la Santa Imagen que es sobrenatural hechizo de todo Méjico, cifra de nuestras esencias nacionales: queda todavía en el espectador la unción, el religioso arrobo que suscita la contemplación del celeste rostro que pintaron los ángeles en la tilma de Juan Diego, cuando, a renglón seguido, sin transición de ninguna especie, brutalmente surge en la pantalla la impudicia de escandalosas desnudeces, en tal momento doblemente repulsivas.

Detalles como éste, en que a la escueta inmoralidad se acumula la desaprensiva irreverencia, la ofensa a lo que hay de más sagrado para un mejicano, no son cosa menuda e intrascendente. Tan indignas mescolanzas no pueden, no deben quedar inadvertidas y sin sanción al menos social.

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