Mamerto o la democracia
Publicación original: Novedades, 23 de julio de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad, Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
No hace mucho, de viaje por Sudamérica, un mayor del ejército de Bolivia –desterrado, por aquel entonces- nos hizo asomarnos a través de su conversación a la realidad de su patria, y nos dio al mismo tiempo una clara idea de la calidad sobresaliente de los hombres que allá militan en el MNR (Movimiento Nacional Revolucionario) con denuedo ejemplar y por una causa que, al par que de Bolivia, es de Iberoamérica.
Evocamos su afable, íntegro y sencillo decoro castrense, ennoblecido por el infortunio del no merecido destierro. El expresivo cariño de su recuerdo de Méjico, en cuya Escuela Superior de Guerra había sido alumno. Evocamos, al par, la afirmación que entonces nos hizo de que el MNR tenía consigo el corazón y la voluntad de las mayorías bolivianas, desvaneciendo nuestra creencia de que se trataba de un grupo, aunque numeroso, minoritario; circunstancia que, por cierto, lamentábamos.
Esa creencia nos había explicado hasta entonces, cuando menos parcialmente, el éxito del sanguinolento festín democrático liberal que en La Paz había culminado, tiempo atrás, en el asesinato del presidente Gualberto Villarroel: uno de los crímenes políticos más sañudos e infames del siglo y de perfiles no casualmente análogos al perpetrado en Mussolini.
Las informaciones del digno militar boliviano –confirmadas por otras personas veraces, en países vecinos al suyo- fueron una de las variadas sorpresas que en aquel viaje cosechamos, y que nos revelaron hasta qué grado los hispanoamericanos estamos ayunos de noticias fidedignas sobre ciertas realidades de nuestros respectivos pueblos. No fue la menor –digámoslo de paso- el comprobar que, sin excepción, en cuantos puntos visitamos se tenía a Méjico por modelo de práctica y legalidad democrática. Era aquello como para irse de espaldas.
Pues bien, si alguna duda nos hubiese quedado del valor mayoritario del MNR, no podríamos seguirla abrigando ante su triunfo arrollador en las recientes elecciones bolivianas, elecciones que no pudo excusar el régimen que en aquellas latitudes, desde la muerte de Villarroel, detenta poder público.
Hay que destacar que éstas no han sido unas elecciones cualesquiera. Entre los millares de actos electorales democráticos que se hayan celebrado en todo el mundo, incluyendo las mascaradas mejicanas, esta última elección boliviana pasará a la Historia –por derecho propio e incontestable- con el valor definitivo de un símbolo. De símbolo impecable de la democracia liberal.
El caso llega, en verdad, a lo inefable:
Mamerto Urriolagoitía, cabeza del régimen innegablemente al servicio de una de las fuerzas externas que, otrora, llevaron a Bolivia y Paraguay a cruenta guerra artificialmente provocada, ha puesto los puntos, ahora sí, sobre las íes, con ingenuidad encomiable. La fuerza política y económica del Estado, amén de su electorado burocrático, puesto todo en el platillo de la balanza electoral, y habida cuenta de un demagógico aumento de un 30% de los salarios la víspera de las elecciones, no fueron bastante para evitar que el pueblo boliviano dijera su voluntad auténtica en favor del proscrito MNR.
El clima político de Sudamérica, al revés que en Méjico, no se presta fácilmente a tapar el sol con un dedo, y la victoria del MNR fue, eso sí, reconocida… Pero, por supuesto, no acatada la voluntad popular.
El presidente Mamerto, puntual y fidelísimo republicano y demócrata, ante la decisión adversa a la planilla y plataforma por él apoyada con todos los recursos y presiones del poder en contra de un grupo que tiene sus líderes en el destierro –incluyendo al jefe, Paz Estensoro-, sin periódicos, perseguidos sus afiliados, sin recursos económicos y sin auxilios de fuera; el presidente Mamerto, repetimos, renuncia a su cargo, pero no entrega el mando a los legítimos ganadores, sino a una junta de militares. Lanza al mismo tiempo una proclama, dirigida nada menos que al pueblo al que con tales medidas burlaba, y le exhorta a unirse “en torno a las fuerzas armadas para preservar la democracia y el porvenir de las instituciones republicanas”, porque “la patria se halla en un dilema: salvar la democracia o entregar el poder a quienes combatieron para destruirla”.
Semejante rasgo, que podría parecer pintoresco, viene a ser, simplemente, sincero. No había otra salida ante la ineficacia de la democracia liberal capitalista para engañar a un pueblo.
Esta democracia no ha sido, no es, como aún pregona, “el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo”.
La democracia es… Mamerto. Mamerto y su honrada franqueza.

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