Maestra de América

Identificador: DM-178.
Publicación original: Novedades, 31 de diciembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Fe y vida religiosa.
Ilustración de Maestra de América

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En septiembre de 1928, el prelado de la diócesis argentina de Corrientes decía: “Da pena, por cierto, contemplar la indiferencia glacial de casi todas las naciones ante el despotismo espantoso que agobia el alma de la… católica República Mejicana. Pero Dios y…la Santísima Virgen de Guadalupe, salvarán en breve a ese pueblo que ha sabido contestar a la tiranía con la sangre generosa de sus mártires. ¡Nación feliz, la República Mejicana, que alegra los cielos con sus santos y es maestra del mundo de Colón por sus ejemplos nobilísimos de valor!”

Profunda verdad la expresada en esa ocasión por el obispo correntino. No podemos menos de recordarla hoy, día en que se cierra este año en que se cumplieron veinticinco de haber comenzado la resistencia del pueblo mejicano a la más cruenta de las opresiones que registra nuestra Historia. Realmente, esa voz prelaticia es uno de los homenajes que más medularmente exaltan la extraordinaria calidad, la potencialidad histórica de nuestra alma colectiva que fue capaz, en aquellos años aciagos, de un rasgo de tanta gallardía, de una tan resuelta y desinteresada defensa de los valores de la Cristiandad. Es, al propio tiempo, de manera implícita, rendido elogio a los que en una u otra forma encarnaron más directamente aquella santa rebeldía nacional contra la agresión de las fuerzas obscuras.

Es debido subrayar esa ejemplaridad que asume la gesta cristera de 1926. Sus perfiles de epopeya y sus luces sobrenaturales de martirologio. Necesario es, sobre todo, el presentarla a las nuevas generaciones como espejo de virilidad cristiana y nacional. De lo que un pueblo puede realizar cuando no se pone a medir tanto los riesgos físicos de una coyuntura, cuanto a ponderar todo lo que se puede perder en valores del espíritu de no acudir con presteza y valentía a las citas de la Historia.

No se alcanzó el derrocamiento del negro despotismo erizado de bayonetas y apoyado exteriormente por el más formidable de los poderes de la tierra. No se alcanzó porque suelen ser inescrutables los designios o las permisiones de la Providencia en el acaecer histórico. Y es muy probable que aquí habría repetido el Señor lo que, en otras circunstancias, tiempo atrás, dijera a una de esas almas de suprema selección que su amor elige para confidentes: “Yo, lo quise; pero los hombres no lo han querido”.

Sin embargo, de ser así, ese reproche no habría por cierto alcanzado a nuestro pueblo. Y los sacrificios de éste, y su nobilísima ofrenda de sangre en aquel entonces podemos creer con firmeza que fueron gratos y aceptos a los ojos divinos; que no se perdieron en una esterilidad que sería ofensiva a la Misericordia de Dios. Ya una voz autorizada expresaba en esos días algo que puede considerarse en plena vigencia:

“…Puede asegurarse con toda seguridad que si no hubiera habido esta resistencia armada, los actuales gobernantes jamás se hubieran preocupado de la cuestión religiosa ni de la libertad de conciencia del pueblo mejicano; que hubieran visto con el más alto desprecio los estériles lamentos de los católicos y se hubieran burlado de ellos como lo hacían antes de este movimiento; que hubieran continuado oprimiendo a los católicos, (los) que hubieran sido siempre esclavos, y acaso la fe de veras hubiera desaparecido o habría de desaparecer de Méjico, como desapareció de Inglaterra en parecidas circunstancias”.

Pero, más que otra cosa, hay toda una inmensa fecundidad insospechada e inabarcable en la sangre que en Méjico dio testimonio de Cristo. Recordemos una vez más con Tertuliano que la sangre de los mártires es semilla de cristianos. Y esa misteriosa paradoja –contradicción para los ojos carnales-, con su tremenda virtualidad, con su invencible influjo en la economía sobrenatural de la Providencia como contrapeso a la Justicia y como fertilizadora de los espíritus, asume –o asumirá a su tiempo-, indudablemente, resonancias forzosas en el sentido de la trayectoria histórica de Méjico, y también singularmente -¡cómo dudarlo!- de Hispanoamérica.

Porque sólo su ejemplaridad, su lección de dignidad humana y cristiana, de afirmación de los valores substantivos de nuestra Estirpe frente al asalto armipotente de la traición interna y el amago exterior –todopoderoso humanamente hablando- en contra de esos mismos valores; ello sólo, repetimos, puede tener un alcance incalculable como motor de hazañosas empresas en la total Historia hispanoamericana que se está escribiendo o está por escribirse.

Muy certera es la sentencia episcopal con que hemos dado principio a estas cuartillas: la epopeya cristera constituyó a la Nación Mejicana, en punto a gallardías históricas y santa osadía cristiana, en maestra de América.

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