Luchar bajo la propia bandera

Identificador: DM-205.
Publicación original: Novedades, 21 de julio de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Política y sociedad; Filosofía y cultura.
Trabajadores y familias se reúnen bajo un estandarte con la cruz

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

“…El orden social moderno está cercado por amenazas, pues hay fuerzas empeñadas en su destrucción… La Iglesia es uno de los factores responsables de la existencia de estos ideales destructivos… y el socialismo (sic) cristiano ha contribuido tanto para crear el estado actual de confusión como lo ha hecho para el mismo fin el socialismo ateo”.

Así concluye uno de los más abiertos alegatos contemporáneos del liberalismo económico mejicano en contra de la doctrina social católica. Publicado hace no demasiado tiempo en el órgano de algunos de los más fuertes intereses netamente crematísticos, es singularmente valioso subrayarlo como expresión típica de una mentalidad así como por la franqueza de su reaccionarismo. Tiene sobre todo la singular utilidad de deslindar heredades y poner muy en claro que es imposible una verdadera solidaridad de las fuerzas cristianas —a menos de traicionar su oriflama de espiritualismo, de justicia y caridad sociales— con el materialismo capitalista amo y señor de este pretendido orden social que persiste en llamarse “moderno” y que en realidad está en trance de jugarse históricamente sus últimas cartas.

Después de oír declaración tan expresa, no es posible disculpar el que ciertas voces católicas prediquen ambiguamente la urgencia de agruparse para la defensa de la civilización cristiana sin puntualizar que ésta no es, desde luego, el agónico “mundo moderno” que fue ideado nada menos que para descristianizar a Occidente, para hacerle olvidar sus raíces culturales, para sustraerle su proyección ultratemporal y su sentido de viva fraternidad entre un hombre y otro; que le substituyó sus ideales genuinos por el mito del progreso que nos prometió un paraíso terrestre “técnicamente posible”, y por el mito de una libertad mentirosa por abstracta.

¿Cómo sería posible olvidar a estas alturas de la Historia que el progreso técnico, falto del soplo de la espiritualidad, nos ha retrotraído al umbral mismo de la barbarie; y que la libertad abstracta de la oratoria y la legislación liberales se ha expresado en la esclavitud de los débiles respecto de las oligarquías internacionales dueñas del poder económico y político?

La mínima congruencia que se puede exigir a los cristianos en esta hora es que tengan el sentido autonómico de su posición ante los problemas del mundo. Que no se dejen arrastrar en triste rebaño que se descarría al son de ajenas esquilas, a la zaga de intereses no sólo diversos sino antagónicos a los propios. Que paren mientes en la añagaza que acecha en el dato de que ahora, cuando al liberalismo —si usamos una gráfica y popular expresión— “le dan las doce” ante el amago soviético, y alza el grito clamando que hay que salvar a la civilización cristiana, nos quiere hacer olvidar que él mismo, puntualmente, ha perseverado con tempranera y suma eficacia en socavar los cimientos de esa civilización para instituir en su lugar un “orden” social fincado en el infrahumano, darwinista y zoológico apotegma de la selección natural en provecho de los fuertes.

En este instante en que el comunismo tiene en jaque las posiciones liberales con la aplicación estricta de ese mismo apotegma llevado a sus últimas consecuencias, parece claro que si el cristiano piensa que hay que evitar el riesgo de un retorno a las catacumbas —sin duda inescapable si la hoz y el martillo llegan a señorear el planeta—, debe ante sí y ante los demás precisar nítidamente dos cosas: a) en la lucha contra un enemigo común hay que dar la batalla bajo el signo de las propias banderas, tal y como en la guerra última el Soviet y el Liberalismo, sin mengua de su alianza en contra del Eje, conservaron sus peculiares y sendas insignias ideológicas; b) que si se logra sortear el riesgo de las catacumbas ello no valdrá la pena si antes y después no existe un propósito de radical inconformidad con la descristianizada y descristianizadora organización social de Occidente; con su inhumanidad, con su injusticia, con su frío signo dinerario, con su inferior señuelo histórico de un “confort” en todos los órdenes de la vida material a costa de la vida del espíritu. De no registrarse tal inconformidad, los valores de este último seguirían en el mejor de los casos como al presente: en calidad de “arrimados”, de parientes pobres, o peor aún: de enemigos en el fondo cordialmente odiados y sólo exterior y transitoriamente tolerados.

De nada serviría librarse del golpe frontal y descarado de la cuchilla persecutoria para caer —por cobardía o por falta de perspicacia— en la trampa de otro materialismo de métodos menos feroces pero igualmente certero y eficaz en su proceso deshumanizador. Tan peligrosa como la guerra brutal contra lo que más amamos puede ser la táctica del que nos consuela con el mal menor para llevarnos, por graduadas pero seguras etapas, desde la transacción claudicadora hasta la apostasía tácita o expresa.

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