Los viajeros ilustran

Identificador: DM-156.
Publicación original: Novedades, 13 de agosto de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Filosofía y cultura.
Ilustración de Los viajeros ilustran

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Lugar sobrado común es decir que los viajes ilustran. No lo es tanto, en cambio, añadir que los viajeros también ilustran.

El contacto con el viajero que nos visita puede asimismo ser –muchísimas veces lo es- fértil en asombros y valiosos descubrimientos: nos hace viajar, un poco, por su país de origen y por aquellos más que haya visitado en sus recorridos.

Con ocasión del aún no lejano Congreso de Academias de la Lengua celebrado aquí en abril, tuvimos la buena fortuna de conocer a dos de los representantes de la Academia Filipina –Arsenio Luz y José Lauchengco- que, desde el “rincón más apartado del mundo hispánico”, trajeron la nota acaso más valiosa y singular con su presencia y sus atinadas intervenciones en los trabajos congresales.

Del trato con ellos surgió, desde luego, la más espontánea, fácil y cordial de las amistades. Notable fue lo inmediato y obvio de su entendimiento con los mejicanos, que comprobaba —una vez más— la maravillosa afinidad esencial de gentes, geográficamente remotísimas, en la vivencia del común espíritu de la Estirpe. Se reanudaban, en círculo pequeño, pero viva e intensamente los viejos e históricos vínculos que hermanaron a nuestro país y al suyo.

El enorme interés que significaba su sola presencia, se acentuó por la imprevista visión y noticia que nos dieron de su patria. Así, nuestro indignado asombro al enterarnos de que no faltó quien –en letras de molde, que personalmente leímos- tratase de disuadirlos de su viaje a estas tierras fraternas. El pretexto era de los que, por inauditos, petrifican: en México -¡“agárrese” el lector!- se ha ofendido, por discriminación, a los filipinos…

¿Qué oceánica ignorancia, o qué estólido interés habrá mediado para urdir tan peregrina y disparatada especie, atribuyéndola al pueblo mejicano, que finca uno de sus orgullos en su índole mestiza y cuya tradición constante niega, puntualmente, y en cotidianas realidades que están a la vista de cualquiera, las prácticas discriminatorias tan ajenas a nuestro espíritu, y de las cuales, en cambio, hemos sabido y seguimos sabiendo en carne propia de nuestras connacionales?

He aquí un ejemplo de cuán fácil resulta calumniar, a distancia, a un país. Y que también es fácil elogiarlo sin razón, júzguelo el lector al recordar lo que hace poco referíamos: en todos los países sudamericanos que nos ha sido dable visitar, nos han petrificado también con la estupenda opinión de que Méjico es un modelo continental de prácticas políticas democráticas. Pudimos percatarnos de que se trataba de una creencia positiva, y no de un mero y gentil conato de lisonjear al visitante.

Como la mentira jamás nos hará grandes, y por estar además entre hermanos hispanoamericanos, comprenderá el lector que siempre nos ha sido obligatorio desvanecer honradamente tan grueso error, lo que ha producido a su vez el consiguiente asombro y la obvia conclusión de que, en realidad, lo que resulta más cierto es que en la mayoría de los Estados sudamericanos –contrariamente a lo que aquí sucede- la democracia liberal –con todo y su inaceptable séquito de inevitables corrupciones- no ha podido evitar que el voto tenga una mayor o menor efectividad que se manifiesta en la vigencia de partidos permanentes diversos y en una oposición que –poco, regular o mucho- siempre cuenta, de veras, en la vida política y en la representación parlamentaria.

Pero nos falta ya el espacio, y dejamos para después, Deo volente, el aludir a otras revelaciones, dignas de subrayarse, con que nos ilustraron los viajeros académicos filipinos.

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