Los transportes
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 8 de julio de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Uno de los signos dolientes de la vida nacional es el consuetudinario problema de los transportes. Hemos llegado casi a añorar los tiempos de la “diligencia”, del tranvía de mulitas en que no se conocieron los espantosos prensamientos del ferrocarril o del camión. Cuántas veces hemos visto, con algo que se identifica con la envidia, la pardal figura del indígena que transita por los caminos al paso lento de asnales cabalgaduras, pero que en esa su tardanza andariega es señor del paisaje y de sí mismo, libre de las congojas por obtener boleto o por encontrar acomodo digno de un ser humano en los vehículos urbanos, en los de carretera o de vía férrea.
Cuántas veces el lector sufrido habrá estimado su suerte a la de los enjaulados viajes de las aves de corral. Los humillantes hacinamientos de los camiones nada tienen que pedir a las aglomeraciones de pollos en los típicos huacales. Y son tal vez en aquéllos más ingratos los olores y más en abundancia la mugre; mayor el asfixiante apelotonamiento, peores los golpes y brincos; más despiadado el trato con que regalan a los pasajeros los señores de horca y cuchillo que, en insolentes alardes de la más pura cepa totalitaria, estiman que su voluntad es suprema ley dentro de los pringosos feudos rodantes.
De los ferrocarriles ni qué hablar. Constituyen la comidilla nacional desde hace ya mucho tiempo. Sobre todo en tiempo de vacaciones, fiestas patrias, romerías religiosas, el viajero ha menester –para no morir de un berrinche y para no perder la teologal virtud de la esperanza aplicada a alcanzar una meta geográfica-, releer sus textos de historia sagrada que le recuerdan los heroísmos de paciencia de Job o darse con filosofía popular el consuelo refranesco que suele otorgar el mal de muchos. Sin contar que corre el rumor de que directores de almas y tratados de teología moral empiezan a hablar de los viajes ferroviarios como de algo pecaminoso y vitando, por ser ocasión próxima de cometer el pecado mortal del suicidio… (Bueno, esto último si no es cierto merecía serlo).
Suerte infeliz la del mexicano que no tiene la fortuna de poder pagar un viaje en avión o de poseer un coche propio, cosas ambas que le permiten desplazarse con comodidad o con independencia. La vida entera se le va en esperas de vehículos o en la dilación exasperante de los viajes: cuando no la pierde de una sola vez y al contado en el vandálico exceso de velocidad de un camión; o por hacer el papel de pieza cinegética, cobrada por la Parca en algún dantesco Cazadero; o bien por asfixia en la cámara de horrores de un tranvía en tránsito a la hora de las citadinas migraciones en masa al trabajo o al hogar.
El azote nacional de los transportes escasos, mal organizados, llenos de deficiencias técnicas, de irresponsabilidad en su manejo y explotación produce ciertamente pérdidas irreparables de índole económica que traería a colación al sentencioso refranero: el tiempo perdido los santos lo lloran, palo dado ni Dios lo quita, etc. Sobre esos ingentes perjuicios mucho y bueno se ha hablado. Pero menos se ha insistido sobre el aspecto espiritual del problema, que debe por supuesto asumir más categoría y preocupar más. Escasamente se ha dicho de sus perniciosas resonancias en la psicología colectiva. Cómo ésta se resiente desfavorablemente y se deforma al acostumbrarnos, al través de los años, al realizar la ineludible función de trasladarnos de un lugar a otro en condiciones reñidas con el decoro, que nos hacen perder estatura y calidad humana; que insensiblemente nos van abajando ante nuestros propios ojos. Cosa lógica, porque amoldándonos a viajar en modos y hacinamientos antes reservados a las bestias, sin pretenderlo, en forma subconsciente pero eficaz formula nuestro ánimo un juicio de valor que entraña un degradante paralelismo estimativo entre los animales y nosotros mismos.
¿No será tiempo de que todos –autoridades y particulares –volvamos por los fueros humanos y acabemos de una buena vez, en la medida que a cada uno corresponde, con esta lacerante humillación que día a día sufre el mexicano en su propia casa, con este triste y permanente rebajamiento de su personalidad que le hace perder arrogancia e hidalgo señorío?...

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