Los sumerios
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 4 de abril de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La hipnosis que ejerce la historia sobre el espíritu humano cobra a veces singular vehemencia. Tal ocurre, por ejemplo, cuando aquello de que nos da noticia se remonta a una grande y lejanísima antigüedad.
¿Quién no ha sentido el pavor sagrado del misterio ante la formidable distancia en milenios de los sucesos y hombres de que nos hablan la arqueología y los documentos egipcíacos? ¿O quién, con un mediano sentido de la solidaridad fundamental de la especie, no se apasiona ante los dibujos de un vaso cretense o etrusco, a la vista de los frescos pompeyanos con su maravillosa revelación de la vida; romana; o bien con la lectura de Jenofonte, Diógenes Laercio o Tácito?... Emoción profunda hay en lo que todos estos testimonios nos dicen e insinúan. Y en lo que callan, el silencio sobrecogedor del enigma. La Historia de lo más remoto tiene siempre un no sé qué de la temerosa majestad de la Esfinge antes de resolver Teseo el acertijo homicida.
De ahí el inmenso interés de los sumerios, ese pueblo aun relativamente poco conocido del que nos vino a hacer saber la arqueología moderna, ciencia cuyos meritísimos logros supo ornar con un romántico airón la pasión excavadora de Schliemann, el amador y descubridor de la Troya homérica.
Los sumerios, que en sus iniciales vestigios de importancia se nos muestran como contemporáneos de las primeras dinastías faraónicas, son el antecedente de los dos grandes pueblos mesopotámicos de la historia clásica: el caldeo y el asirio. Más directamente del primero, constituído por una mezcla de los sumerios indoeuropeos con los acadios semitas.
Los sumerios, pues, resultan interesantes, más que por ser los primeros pobladores conocidos de la célebre región abrazada por el Tigris y el Eufrates, por su calidad de maestros de babilonios y asirios. En realidad es relativamente escaso el desarrollo que éstos lograron realizar de los elementos esenciales de la cultura que heredaron de los sumerios. Todo lo más importante de la civilización que, con el correr de los siglos, se concentró en las enormes y famosas urbes de Nínive y Babilonia, fue herencia sumeria.
Hoy día, verbi gratia, sabemos con precisión que de tal herencia formaron parte cosas de tanta monta como la primera fijación práctica de las medidas de espacio y tiempo. El antiguo sistema numeral basado en el 6 y en el 12 –vigente durante milenios entre muchos pueblos-, en los sumerios se origina. Las observaciones y cálculos astronómicos que dieron lugar al concepto del año de doce meses o ciclos lunares, divididos en semanas, días, horas, minutos y segundos, hay también que anotarlos en su haber. Igualmente el trasplante de los 360 grados: base de cálculo que hasta nuestros días se halla en uso.
Inventaron asimismo los primeros sistemas de medidas de peso, indispensables para los usos del comercio. Presentan, por otra parte, la primera manifestación de la idea del crédito; e inclusive lo que puede considerarse como el primer atisbo del concepto dinerario –que es una de las grandes revoluciones de la historia cultural- al haber admitido y practicado la sustitución del pago en especie por el hecho en metales preciosos. Fueron también los primeros codificadores del Derecho con el rey Urukagina, quien mucho debió influir en el posterior y renombrado legislador babilónico Hammurabi. Les fueron familiares recursos matemáticos tan notables como la elevación a potencias y la extracción de raíces, como lo revelan las tablillas escolares de barro cocido que han llegado hasta nosotros. La organización acuciosa de la propiedad territorial, de las instituciones relativas a la familia, a la esclavitud –más benigna ésta, al parecer, que en Grecia y Roma-, o a los procedimientos judiciales son cosas todas que de igual manera nos hablan con fascinantes voces del esplendor de aquella civilización que por muchas centurias permaneció sepulta bajo los montículos de arena que el viajero solía mirar con indiferencia, sin la menor sospecha de que en ellos se encerraban portentosos vestigios de esa raza verdaderamente ilustre.
Muchos mitos y fábulas sumerios hubieron de pervivir hasta los tiempos mismos de Grecia y Roma. La Ischtar sumeria es la Astarté fenicia, la Afrodita helénica y la Venus romana. Ulises, en Homero, viene tal vez a ser una novísima versión del sumerio Gilgamesch, asendereado héroe de la primera narración épica que se conozca. Y esta misma epopeya de Gilgamesch, por otra parte, tiene la estupenda particularidad de incluir la más antigua relación escrita –porque la tradición oral se conservó en todos los pueblos, cualquiera que fuese su asiento geográfico en la memorable catástrofe del Diluvio.
Todos estos son breves botones de muestra de lo extraordinario que resulta ese pueblo que, por todavía incógnitas razones, hubo de establecerse en un sitio ubicado dentro del área que todo autoriza a presumir dio escenario a la aparición de la humanidad.

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