Los sueños, sueños son

Identificador: DM-250.
Publicación original: Novedades, 1 de junio de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Ilustración de Los sueños, sueños son

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Objeto de consideraciones e inquietudes de diversa índole desde que el hombre es, en una u otra manera le acompañan a lo largo de su vida los sueños, con una infinita, fascinante gama de combinaciones.

Durante el reposo corporal pueblan nuestras fantasías –esa “loca de la casa” de que no hace mucho hablábamos- con múltiples elementos extraídos de la realidad exterior, y que se asocian entre sí, a veces, con cierta lógica interna que los reviste de un extraño, notable verismo; o bien, en otras, se enhebran en el hilo de una secuencia de situaciones o de fingidos acaecimientos más o menos discordantes o absurdos. Pero siempre, no cabe duda, mientras se desarrollan sacuden nuestra vida psíquica con una fortísima, impresionante sensación de que nos entregan hechos vivos y reales.

Los hay de todas especies. Generalmente predominan los imaginativos. Sin embargo, todos sabemos por propia experiencia que también hay sueños intelectuales durante los cuales se resuelven problemas, ya científicos, ya artísticos, ya de la vida práctica y cotidiana, con mayor lucidez que en el estado de vigilia. No en balde se ha dicho que la almohada es buena consejera.

Hay sueños alegres que nos infunden, con el amable matiz de sus imágenes, un bello, riente, alentador optimismo. Otros hay que en sus tonos sombríos y en el fingimiento atroz de sus cuadros nos agobian, quizá, con el peso de una inaudita angustia. Muchas veces, unos y otros se imprimen de tal suerte en nuestra contextura anímica que pueden signarla para siempre de esperanza y fresca acometividad vital, o bien de pesimismo, de malestar deprimente, de asustadiza misantropía, tal vez.

De ahí la antiquísima inclinación a la oniromancia o adivinación de los sueños. Sus posibles interpretaciones han preocupado hondamente porque se ha querido ver en ellos una inescapable calidad agorera que les otorgaría, si fuese siempre cierta, una trascendencia colosal. Por fortuna, los sueños rigurosamente proféticos son algo tan extraordinario, tan excepcional, como puede serlo el milagro. Pero normalmente, todo sueño tiene una explicación estrictamente natural, aunque la imposibilidad de precisarle todas y cada una de sus causalidades lo deje, acaso flotando en indecisas nubes de misterio, ya inquietante, ya poético. Ni las consejas de la antigüedad, ni el vanidoso, moderno cientificismo en materia de sueños pasan de ser supersticiones de pareja grosería. Aquéllas y éste pecan por exceso de credulidad: o en los elementos preternaturales que se suponían en todos los sueños, o en las posibilidades explicativas de los mismos por parte de la psicología experimental, que es ciencia aún titubeante y en la plena etapa exploratoria de la hipótesis.

No es fácil dejar de lado la evocación de los sueños que alcanzaron celebridad mayor. Así los bíblicos de Jacob y de Faraón, estos segundos de obligado asunto agrícola y ganadero, muy de acuerdo con el carácter de la civilización egipcíaca de entonces, que fueron famosamente interpretados por el israelita José. En las letras profanas pocos habrá tan recordados como el quijotesco de la cueva de Montesinos, y, sobre todo, el celebérrimo y filosófico que Segismundo creyó tener en la prisión a la que, por ineludibles urgencias dramáticas, hubo de confinarle Calderón de la Barca. Quizá no ha habido otro que se haya prestado a tantos comentarios y disquisiciones como este falso sueño de la inmortal comedia.

Por cierto que a su sabio simbolismo se le han querido hallar entronques budistas o con el fatalismo de Sófocles. En verdad, esa su conclusión de que la vida es sueño emparentaríase más bien con la dialéctica platónica de la alegoría de la caverna, y asume un claro sentido cristianísimo al juzgar a la vida temporal –en uno de sus aspectos- tan veleidosa, mudable y transitoria como los sueños, de donde su impecable conclusión:

“Acudamos a lo eterno
que es la fama vividora,
donde ni duermen las dichas
ni las grandezas reposan”.

Ahora que, considerándola muy literalmente, no cabe siquiera dudar de que la sentencia calderoniana se cumple en todos aquellos que se pasan la vida soñando despiertos. Porque es género muy de ponderarse éste de los sueños en estado de vigilia. Sólo que en él cabría distinguir dos especies muy diferentes: las ensoñaciones ineficaces de los pueriles, y los sueños gloriosos en los que un ideal trascendente arrebata el alma y las potencias todas de los enamorados de los valores supremos. El anhelo de que éstos asuman plenitud mediante el tránsito del ensueño a la realidad, hace que tal linaje de sueños tenga una tremenda importancia humana. Son éstos los que, tarde o temprano, logran situarse en la categoría de lo real, revolucionando el mundo al través de la infatigable actividad militante, de apostolado y de cruzada, en los grandes caudillos de la Historia.

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