Los Santos Reyes
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 7 de enero de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Los niños siguen siendo saludablemente monárquicos. Sus preferencias siguen proyectándose, sin remedio, hacia Melchor, Gaspar y Baltasar. Si la institución real fue, históricamente, en algunos casos, una insensible transmutación de la autoridad del padre en la antigua “gens”, la infancia a su vez conserva –no ha dilapidado su tesoro de intuiciones vitales- el amable contenido- paternalista que el sentido común tiende a asignar al gobierno civil. Y aun diríamos que a todo gobierno.
Y la niñez sabe por eso muy bien que los buenos reyes, y más si aparte de buenos son santos, tienen como uno de sus atributos el de ser como padres para con aquellos sobre los que ejercen jurisdicción. Y es razonable y obvio que los padres deben regalar y obsequiar a sus hijos. Tal es la convincente razón por la que, para los niños, se renueva cada año la Epifanía, la manifestación –que tal significa la voz griega- de un mundo maravilloso en que las cosas van mejor y cuya existencia se torna tangible y corporizada en la dádiva yacente junto al calzado. No hay duda cartesiana posible.
Al mismo tiempo, los Santos Reyes vienen a constituirse en señero símbolo. El de un perdido orden humano en que las relaciones sociales, si no marchaban por vías de absoluta perfección, hacían un laudable y hasta hoy no igualado esfuerzo para encaminarse por esas vías. Por eso los tres monarcas, después de la adoración del Rey de Reyes y Señor de los que dominan, se entregan en esta noche al encomiable ejercicio de la repartición de premios. En lo que cabe, de acuerdo con virtudes y deméritos, aunque no a todos alcance su munífico afán distributivo. Y esto no por falta de buena intención, sino por deficiencias que aun a estos reyes no constitucionales es imposible subsanar del todo.
No de otra suerte, la Cristiandad medioeval –teocentrismo y orden- representa el más alto esfuerzo realizado socialmente por el hombre para vivir un “status” de armonía entre lo humano y lo divino, entre el Estado y la persona.
Entonces –con las terribles, humanas cojeras de siempre- procuraba darse al César y a Dios lo de cada quien. Y el César tenía motivos y fuerzas varias –influjo de la Iglesia, fueros corporativos, fueros municipales- que le compelían a dar a la persona humana lo que a ella corresponde. No obstante que las deficiencias propias de nuestro linaje hacían inasequible la perfecta distribución de cargas y provechos. De todas suertes, permanecía en general inalterable el reconocimiento teórico y la trayectoria fundamental del paternalismo cristiano de la autoridad. Lo cual explica, en esa persistencia medievalista que es España, las preocupaciones maternales de Isabel la Católica por sus súbditos indianos. Y el paternalismo de las Leyes de Indias para con los aborígenes.
Y si el alma es naturalmente cristiana, como quiere Tertuliano, se ve claro por qué el alma infantil – aun no dañada por la lectura de fríos textos constitucionales- coincida con el cristianismo en ver en los que mandan algo de la bondadosa fisonomía del padre de familia. De ahí su infalible confianza en el anual reparto de juguetes de los Reyes Magos.
Por otra parte, es la Epifanía el fasto por antonomasia de Occidente. Es, propiamente, la recordación de su natalicio. Rememora nada menos que la incorporación de sus gentes al único ciclo cultural que asume perfiles perennes. El ciclo de la Catolicidad o universalidad. En Melchor, Gaspar y Baltasar se manifestó a todos los pueblos, por primera vez, en su plena y radiosa hermosura, la Verdad.
Es la fecha esencial y genuina del antirracismo. De aquí en adelante –San Pablo- ya no hay judío, ni griego, ni romano, ni escita. Todos somos uno en Cristo. Y en la civilización de que El es piedra angular. A la que están llamadas, sin distingos étnicos, todas las naciones.
Nuestro mundo enfermo, triste, no tiene más que volver su pupila cansada y en sombras a la taumaturgia luminosa de la Epifanía. La Latinidad, más concretamente, la Hispanidad, ha perseverado en la devoción colectiva a la efemérides. A su espíritu antirracista y antidiscriminatorio. Por eso, en medio de inmerecidas pobrezas materiales, nuestros pueblos son más felices que otros.

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