Los ojos viajeros

Identificador: DM-152.
Publicación original: Novedades, 14 de julio de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Historia e Hispanidad.
Ilustración de Los ojos viajeros

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Parpadeo y caleidoscopio. Brevedad –casi siempre- de “flash” periodístico, pero sin entrecortado sensacionalismo que marea, antes con admirable y fluida llaneza que es gala de maestría literaria. Así son la mayor parte de los elementos que integran el nuevo libro de Alfonso Junco que nos dan ahora las prensas de JUS: “LOS OJOS VIAJEROS”.

Por qué estas visiones de tierras americanas y europeas sean así, parpadeantes, y, a veces, huidizas –no obstante el cautivador equilibrio cromático de sus luces-, nos lo declara de antemano el autor al “disculparse”:

“Sedentario de siempre por deber, nutrido desde infante con sopa de letras, cuando logro evadirme y alzar vuelo tomo entera la vacación y me dedico al analfabetismo, que me sienta muy bien. Ni leo ni escribo mientras viajo. Después, se enfrían las imágenes. Otros temas nos compelen, y sólo sobrevive –silenciosa- la intimidad del recuerdo”.

Por desgracia, pues, “no fruto de la consciente selección sino de la arbitraria coyuntura” o del apremio epistolar, relativamente poco es lo que para el lector ha podido sobrevivir. Sin embargo, corresponde al rango que siempre se espera –y siempre se encuentra- en todo lo que Junco escribe. La calidad de lo rescatado compensa así el ingente volumen de vivencias que –tal vez para siempre- quedan inexpresas.

Se ha llegado a decir –hace días, alguien recordaba la sentencia- que el mejicano viaja poco, y que escribe aún menos sobre sus viajes. Ya lo primero –triunfo, sobre todo, del avión- casi no es válido. Lo segundo, todavía, aunque en mucho menor escala. Ahí están, para reciente ejemplo, el volumen de don Carlos González Peña que deleitosamente nos dice de su visita a Inglaterra y Francia; y el doctor Federico Gómez, las sápidas y coloridas referencias –hasta hoy, sólo periodísticas- de un fascinador y casi completo recorrido americano.

Alfonso Junco –una de las más leídas plumas del mundo hispánico-, en “Los Ojos Viajeros”, da ahora otro aporte mejicano al amenísimo género que en las letras universales posee una tradición ilustre. Aun hoy, en un mundo que se cree empequeñecido por las velocísimas comunicaciones, siguen gozando de favor por la constante curiosidad que suscitan países y gentes geográficamente remotas, y por lo que todo viaje tiene de leve o dramática peripecia.

De este aporte de Junco han de alegrarse, desde luego, cuantos forman el vasto imperio de sus lectores aquende y allende nuestras fronteras; esa multitud, siempre en aumento, que al través de años y aun lustros, en el diario o en el libro, le han seguido con inalterable fidelidad e interés, en ocasiones hasta con apasionamiento de bandería literaria, y siempre, eso sí, con afecto. Junco ha podido mantener todo ello –difícil facilidad- por el señorío de su estilo; por la sabia idoneidad entre su tono de voz y el ángulo que escoge para enfocar los viejos y los nuevos temas; por la humana simpatía de que sabe penetrar a cuanto dice.

El libro lleva ya, en consecuencia, y de antemano, la prenda de su buen suceso.

En él los lectores disfrutarán a mares con esos “números cortos” de viaje. Cuadros que habrán de tener para ellos, a ratos, el sabor sintético de las escenas de un noticiario cinematográfico, y la vivacidad sin desmayos de un lenguaje que casi no les hará echar de menos la fotografía. En esta prosa –como en los noticiarios- está lo substantivo del movimiento y la intuitiva y feliz captura de los escenarios que al espectador pueden interesar. Así en algunos capítulos de su primer viaje a tierras europeas, o en los de su trepidante y ajetreada visita a España en 1950.

Otras veces –siguiendo el símil- el libro les dará más bien la sensación de un documental de la pantalla: breve también, como el noticiario; pero con más pausa, sin los súbitos cambios escénicos de éste, dando más espacio e insinuación al paladeo intenso o a la contemplación ponderativa. De este carácter, esos joyeles que son: “Loreto”, “Asís”, “Lourdes” y “Lisieux” en los que la emoción del escritor nos gana con el atisbo de celestes realidades que descienden a marcos terrenos y los ensalman con sobrenaturales fulguraciones.

En compás de noticiario o en documental, en vistas europeas o americanas, estas páginas rinden de todas suertes un obvio testimonio. El testimonio de que nada que sea humano resulta ajeno al cristiano. Los ojos de éste –viajeros o no- tienen siempre para el hombre y sus cosas –su tierra, su ciudad, sus obras, sus sueños- una luz cordial, un mirar amigo, y aun más que amigo: de fraterno y visceral interés.

Estas páginas de Junco bien dejan entrever –aunque no se lo propongan- que el autor ha sido fiel vivencia de ese evangélico mirar, en otras latitudes. Y que a ello, a su autenticidad y a su solera mejicanísima –que en él pone exacto reflejo de nuestra mejor tradición- se debe el enjambre luminoso de amistades y afectos que ha sembrado, al viajar. En ambas riberas oceánicas.

Con ello ha cumplido una fecunda y viva diplomacia: ha hecho oír fuera la auténtica voz de Méjico, y ha sabido dar, con sólo su presencia y conversación, un revelador atisbo de cuál sea la calidad de los frutos de nuestro espíritu.

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