Los hispanoamericanos no nos conocemos
Publicación original: El Mundo, 20 de octubre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Prensa y medios; Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Dijérase que el certero consejo socrático: “Conócete a ti mismo”, no ha dejado todavía huella apreciable en la conciencia de esa ingente unidad cultural que constituimos los hombres de habla ibérica.
Si hemos de ser francos, hasta ahora y salvo excepciones, nuestras noticias de cada uno de los pueblos hispánicos diversos del propio suelen reducirse al nombre de uno o dos personajes históricos; al de uno, dos o acaso tres puntos de su geografía; a alguna superficial información sobre determinada peculiaridad folklórica, quizás; y, si es que ese país tiene una industria cinematográfica importante, sabemos también los nombres de dos o tres de sus estrellas peliculeras.
Tan exiguo promedio de información explica de sobra la habitual anemia con que se manifiesta nuestra un tanto desleída conciencia de unidad. En líneas generales, todo suele quedar en una sensación difusa y vaga de fraternidad hispanoamericana. En la actitud benevolente y aun amistosa de unos a otros. A veces, en un ilustrado reconocimiento de nuestras comunes raíces históricas. Y siempre en líricas exaltaciones de la Raza y de los lazos afectivos que unen a sus miembros, cada doce de octubre y en todas las variadas coyunturas protocolarias.
Todo ello es demasiado mezquino y nada operante si se consideran las exigencias prácticas de la Historia presente. Esta nos ofrece el ejemplo de otros grupos étnicos o culturales —el bloque anglosajón, el mundo musulmán o el colosal mundo amarillo— que de una manera a la vez instintiva y deliberada se empeñan en superar la dispersión geográfica y política de sus elementos estrechan sus filas y procuran vincular a sus miembros en todos los órdenes de actividad para hacer frente con mayor eficacia a las supremas coyunturas de esta hora.
A nosotros los hispánicos, en cambio, ¿de qué nos sirve a la fecha ser —por la dimensión y la continuidad casi absoluta de nuestra geografía y la indudable calidad de nuestros valores espirituales— tal vez el caso más notable de una familia de pueblos extraordinariamente homogéneos en los atributos esenciales del carácter, si esa vigorosa identidad de más de 150 millones de seres humanos no pesa comunitariamente en la balanza internacional; si no proyecta al exterior, en eficaces decisiones solidarias, la pujanza de sus recursos: no bélicos, pero sí económicos y morales; si ni siquiera realiza entre sus miembros una apropiada, intensa e inteligente comunicación de bienes materiales y dones del espíritu?
Principio requieren las cosas. Y aquí el principio estaría en conocernos de veras unos a otros.
Cierto es que, en alguna medida, empezamos a superar las barreras de recíproca ignorancia. Pero lo que se hace no guarda proporción con las facilidades que para semejante empresa nos brinda la técnica moderna. Aún más: un manejo torpe o irresponsable de ellas, a veces contribuye a mantener al desconocimiento o, peor todavía, a difundir descaradas falsedades o adulteraciones estúpidas de cada realidad hispanoamericana.
Y no hablamos de memoria. Juzgue el lector por sí mismo lo elocuente de algunas experiencias nuestras, que, por desgracia, a México atañen.
Sea la primera una que al propio tiempo, pasma y subleva, y a la que oportunamente y con más extensión hubimos de aludir. El año pasado en ocasión del Congreso de Academias de la Lengua celebrado en la Ciudad de México, un distinguido miembro de la delegación filipina, nos dio a leer algún editorial de un periódico de Manila. El escrito censuraba, hasta con acrimonia, a dicha delegación, por haber aceptado venir a un país en el que los filipinos eran insultados nada menos que por prácticas discriminatorias… Lo mayúsculo del dislate resulta obvio aquí, en México. Pero en el hermano archipiélago, ¿Cuántas buenas voluntades para nuestra patria no habrán venido a tierra por de ese aserto malévolo o indocumentado?
He aquí otras leves pero significativas experiencias durante un viaje por varios países suramericanos, y que se explican por la publicidad negativa que realiza tal vez la mayor parte de nuestro cine de exportación. A tenor de esta publicidad, hubo alguna persona —con quien luego trabamos grande amistad, por cierto— que, al vernos hacer uso de una navaja de bolsillo para algún menester trivial, creyó ver en ello una destreza muy a tono con la supuesta atrabiliaria afición del mexicano a los instrumentos punzo cortantes. Con alguna dificultad, pudimos convencer de que el que esto escribe apenas si usa la navaja para otra cosa que no sea para el inocuo oficio de plegadera. En otra ocasión, al serle presentado un compatriota y al oír de sus labios una expresiva pero inocente galantería, cierta señora advirtiendo en su interlocutor las modulaciones del hablar mexicano, sintió por un momento la pudorosa alarma de tener ante sí la incontrolada, silvestre impulsividad de un Juan Charrasqueado. Un poco de conversación borró, por supuesto, su malestar, porque el “pendenciero y burlador” resultó ser un caballero de trato impecable.
Y adivinamos de antemano la risa, o acaso la incredulidad, con que se nos leerá al decir que, en ese mismo viaje, hubimos de quedarnos estupefactos ante la circunstancia de que la gente ilustrada constantemente se refería a la ejemplaridad democrática de la política mexicana, no como quien desea halagar al visitante, sino como quien habla de algo obvio y universalmente sobreentendido. Creímos ver en esto el influjo del tono favorable con que en lo general se han referido a nuestra política en los últimos años los servicios internacionales de prensa.
¿No es urgente reaccionar contra todo esto? La hermandad hispanoamericana jamás podrá ser fecunda sobre semejante base de ignorancia, de noticias homeopáticas, de falsedades pueriles…

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