Los cristianos y la política

Identificador: DM-171.
Publicación original: Novedades, 12 de noviembre de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Política y sociedad.
Ilustración de Los cristianos y la política

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Hace poco, en un diario capitalino, a cuenta de observaciones muy certeras, Francois Mauriac dejó también percibir en algunas palabras un sonido de resaca maritenista. “A pesar de excepciones notables –dice- la política es degradante”; “hay una contradicción esencial entre la vida política, que está toda ella dirigida hacia el mundo exterior, y la vida cristiana, que está dirigida hacia lo que guardamos dentro de nosotros”. Y añade que “el cristianismo alcanza su estado peor cuando los cristianos tienen poder político, cuando queman gente en la hoguera…”

El distinguido miembro de la Academia Francesa, en verdad, olvida entre otras cosas que el cristianismo no es individualista; que las condiciones de vida terrena del hombre deben favorecer el logro de su finalidad espiritual; que, en consecuencia, al cristiano obliga el preocuparse por lo social, y el hacerse presente en la política, que es, de lo temporal, probablemente, lo que más influye para bien o para mal del hombre.

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Singularmente hoy día, la cosa es clara; abandonar los cristianos la política a los demás, ¿no equivale a entregar el Estado y la Sociedad ya a la abominación laicista, ya a las fuerzas francamente ateísticas? ¿Y no repugnaría ello al más elemental sentido común, al sentido cristiano y a las enseñanzas y exhortaciones de los Pontífices, que apremian al católico a rescatar la Polis para Jesucristo, para el espíritu de su Evangelio?

¿Y cómo, incluso, podrían ser posibles las excepciones admitidas por Mauriac si hubiera una contradicción “esencial” entre la vida política y la vida cristiana? Si así hubiera pensado, verbi gratia, Oliveira Salazar, no tendríamos hoy en Portugal ese ejemplar islote de paz y orden internos que constituye muestra de lo que un político cristiano –hoy, como en tiempos de San Luis rey- puede hacer por su pueblo, a pesar de muy adversas circunstancias.

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En contraste con la inaceptable insinuación abstencionista de Mauriac, en un congreso celebrado este año en la Ciudad Eterna por una agrupación florentina de la que sólo sabemos el nombre: “L´Ultima”, uno de los participantes, Mario Gozzini, se pronunció por la intervención activa de los cristianos en la contienda política de nuestro mundo demisecular: “Son los cristianos los que tienen que construir el Estado de mañana”, afirma. Y no puede ser más claro el porqué: “En el fondo, el Estado soviético es del (mismo) tipo que el Estado actualmente en crisis. No hizo más que llegar al fondo de sus premisas pero sin cambiar el contenido”.

Profunda verdad. El proceso del Estado liberal tiene su término forzoso en el Estado comunista. No sólo por lo que éste significa como reacción contra el individualismo de aquel, sino también porque en él se halla, en cierta manera, conceptualmente contenido. Ambos se inspiran en una visión de la vida que niega o hace caso omiso de lo sobrenatural. Rousseau, además, en medio de sus galimatías, nos dice que con el pacto social el individuo enajena su libertad en aras de ese Leviathan político que es la “voluntad general”. Y ya en plena revolución francesa, Babeuf quiso llevar a sus últimas consecuencias los temas revolucionarios, y pretendió desde luego instaurar en Francia el Estado comunista.

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De ahí la equivocación substantiva de las fuerzas católicas que, lo mismo en el viejo que en el nuevo continente, están “fuera de foco” e incurren en una ingenua actitud, “anticuada, en cuanto colaboran todavía con las fuerzas conservadoras cuyos principios están fuertemente ligados a los prejuicios del siglo pasado”.

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Equivocación no menos grave es la de Mauriac y aquellos –si los hay- que piensen como él. Si el espíritu anticristiano ha hecho de la política algo nauseabundo, ello no quiere decir que eso esté en los planes de la Providencia, sino precisamente lo contrario. Lo que cumple, entonces, es colaborar con los designios providenciales y hacer de la política no sólo algo respirable sino algo fecundo para el bien de los hombres.

Ello se logra no alistándose en el sucio juego de la política en uso hasta ahora, con salvedades y equilibrismos que repugnan a la ortodoxia, antes con la valentía de las definiciones “descaradas”, con actitudes que sean nuevas, juveniles, precisamente por inspirarse en perenne novedad y juventud del Evangelio. Ni capitalismo liberal, ni comunismo, ni un compromiso entre ambos. ¡Otra, otra cosa es lo que corresponde a los cristianos!

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Y poner oídos sordos a esa afirmación de Mauriac, falsa por lo que tiene de absoluta, de que “el cristianismo alcanza su estado peor cuando los cristianos tienen poder político”. A pesar de todas las fallas humanas, puntualmente cuando los cristianos tuvieron ese poder se suscitó la más excelsa floración de la Historia: los siglos de oro españoles, que autorizan a aludir al “milagro hispánico” con mucha mayor razón aún que al “milagro griego” o al “milagro florentino”.

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