Los Ángeles sin Ojos

Identificador: DM-123.
Publicación original: Novedades, 18 de diciembre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Rafael Guízar Valencia, Loret de Mola, crítica literaria y resistencia católica.
Ilustración de Los Ángeles sin Ojos

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Dolor que lleva a la fe; fe que lleva al amor, es “ÁNGEL SIN OJOS” libro en el que biógrafo y biografiado anudan con el lector un diálogo de humanidad estremecida, y de apacible y dulce, al par que recia, convincente santidad. Sólo que en esta obra, lúcida de dones literarios, de autenticidad fervorosa, y que quiere ser de verdad plena, ésta se empaña –seguramente sin culpa del autor- en cosas que honradamente no se pueden pasar por alto. Nuestro espacio es breve, y el deber nos fuerza, ahora, más que al elogio sin mezquinos regateos –se ha dado ya, muy autorizadamente, por cierto-, a la leal objeción, formulada a un espíritu que sabemos también leal. Va, y esperamos sea recibida, con cordialidad inequívoca.

En las páginas de Carlos Loret de Mola, vive, en póstuma correría apostólica, un singular “poverello” de nuestros tiempos; insólito “ángel sin ojos” que no los tuvo para el mal “sino para combatirlo”. El del cuerpo prodigiosamente incorrupto tras doce años de sepultura propicia a todas las descomposiciones: Rafael Guízar Valencia, obispo de Veracruz: “misionero y pastor sencillo…; ancho valle donde corrían las aguas puras de la sensibilidad mejicana…; roca de borrascas; playa de soledades; ola alta que imponía; arroyo manso que encantaba…; incapaz de medir a los hombres por lo que tienen sino por lo que sienten…; este Francisco de Asís gordo y sudoroso, acaricia al lobo de las pasiones de los hombres”, y le amansa. “A lomo de caballo o de pollino, viaja incansablemente, y habla de las pequeñas cosas de la tierra y de las grandes cosas del cielo…”

¿Cómo decir de una figura de estos perfiles, tan estupendamente delineados por la intuición creadora originada en el amor, que es “un espíritu revolucionario” de expresión mística? Si, cabalmente, lo revolucionario ha gozado en pisotear a esas pequeñas cosas cuya dulzura –mínima, pero intensa—ennoblece la tierra, y se ha obstinado en negar esas grandes cosas del cielo por las que vivió, padeció y murió, ciego a mundanos halagos, como ángel sin ojos, el señor Guízar?

Lo revolucionario, sí, ondeó la oriflama de las viejas reivindicaciones antiliberales de la Patria: la de la tierra; la del trabajo; la de la libertad de los hombres para construir su ciudad terrena ante Dios y en su conciencia. Pero ello no fue sino uno de tantos ademanes falsos que registra la Historia. Porque para erigir la ciudad terrestre se postuló la destrucción de la Ciudad de Dios. Eso era lo que en realidad importaba, y en ello –no en la bandera aparente- no se hizo sino seguir, extremándola, la pauta del liberalismo. Por eso, la tierra no ha podido aún cumplir en Méjico su promesa de fertilidad; ni el trabajo ha logrado los frutos de bienandanza, de justicia social, que sólo obtiene la fecunda bendición de la cruz, ante la cual, todos los días, se postró monseñor Guízar –sembrador, obrero y ciudadano del Espíritu- para alcanzar el éxito a sus tareas apostólicas; ni la ciudad terrena –seamos francos- ha mejorado su traza, ni ha podido resanar las grietas y derrumbes de la embestida liberal, ya sea en las piedras de intimidad de los hogares o en la cívica estructura de las casas consistoriales en que se administra el destino común de los hombres.

Lo revolucionario no fue lo anticlerical –como ahora nos dicen- porque en las pectorales de los prelados no pendía Cristo. Él está siempre en la Cruz, aunque no se le vea, como está en la Hostia consagrada aunque nuestros ojos corporales no le perciban. De donde Cristo se ausenta es de los hombres que sólo tienen su nombre en los labios; pero permanece en quienes, a pesar de humanos defectos y flaquezas, lo invocan con el corazón. Hablando corporativamente, no se puede decir que el clero, alto o bajo, del apogeo liberal, haya sido cortesano de don Porfirio. Su buena parte tuvo escaso o ningún sentido social, explícalo –aunque no lo exculpa- la falla común de la época. Pero a cuenta de ello, nunca dejó de ser, en general santo y abnegado. Y aun más: fue quien primero auspició en Méjico las reformas sociales en convenciones católicas celebradas en el cenit de la Dictadura.

Las deficiencias humanas son un pretexto. Al clero se le atacó porque representaba a Aquél que dijo: “El que a vosotros oye, a mí me oye”. A pesar de la buena fe de muchos, sobre todo las multitudes irredentas, que no se percataban de ello, lo revolucionario no hizo sino prolongar, en otro episodio más, el magno proceso universal, previsto por fuerzas obscuras de la Historia, cuyo propósito descristianizador y deshumanizador no había podido ocultarse en jornadas de pesadilla como el Terror o la Commune del año.

Y cuando esa embestida culmina y se descara, ¿cómo negar a ese otro ángel sin ojos, que Loret también nos nombra, al pueblo de Méjico, herido en lo más vivo de su sensibilidad, el derecho de reprimir con la fuerza al servicio del bien la fuerza del mal? Muchos antiguos revolucionarios fueron cristeros. ¿Por qué la indulgencia ante los desmanes sistemáticos de lo revolucionario, y, en cambio, el acerbo anatema para lo que –siempre censurable- sólo hubo de ser ocasional en la defensa de la fe? Si el santo biografiado no apadrinó la resistencia armada de sus católicos, ignoramos –nosotros, al menos- que la haya condenado. Pero aun esto último no pudo haberlo hecho con razón. Porque sucede que los santos pueden equivocarse. Durante el cisma de Occidente, santos hubo que creyeron en papas ilegítimos. No por ello dejaron de ser canonizados. Y no por canonizados dejó su opinión de ser falsa, ni la opinión correcta dejó de ser tal porque la sostuviesen algunos o muchos que no fueron santos. Pero monseñor Guízar, recuerda Loret de Mola, impugnó, a trueque de grandes amarguras, los “arreglos” religiosos de 1929, que negaban el espíritu de la resistencia armada católica. Eso, hasta sin pretenderlo, daba la razón a ésta, en un tiempo en que –tal vez el santo prelado no lo advertía- era utópico e ingenuo recurrir a vías legales para hacer valer el derecho.

Loret de Mola se nos revela en la humanísima verdad de su dolor, que conmueve más porque –bien se ha señalado, ya- no se resuelve en explosivos clamores ni en femeniles gemebundeces, sino que surge de su propia trágica hondura, con edificante sobriedad: ceñido y viril. Ni ascos ni angustias existencialistas. Nada más que la lección escueta y sin literaturas de esa antigua virtud del estoico, sublimada y dilecta en el cristiano, que se llama, sencillamente, fortaleza. Por ese dolor indecible ante los ojos filiales de los que huye la luz, su libro asume tónica y sentido. Un ángel se perdió en la cuna para las luces de colores del “sol incrédulo”. No obstante, “espíritu seco, de hombre de nuestros tiempos” se rescató para la luz de transfiguración de lo sobrenatural. Pero este “ángel sin ojos”, y los otros dos: Méjico, y el obispo en cuyos “iris azules” brilla hoy la luz de caridad eterna ¿bendecirían de veras aquello que en su expresión constitucional, en el artículo tercero, quiere lograr también unos “ángeles sin ojos”, pero sin ojos para el bien más que para combatirlo; ángeles de infierno marxista sin ojos para lo bueno, lo bello y lo verdadero?

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.