Lo Religioso en el Cine
Publicación original: Novedades, 22 de mayo de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: cine religioso, misión, sacerdocio y autenticidad espiritual.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
En nuestros comentos de materia cinematográfica, por falta de espacio, no hemos aludido a una grave circunstancia. Es un hecho que las películas –singularmente en años recientes- que bordan sobre algún tema de contenido religioso, no es nada raro que muestren la tara de erróneas apreciaciones y dañadas sugerencias –ya expresas, ya implícitas- en el desarrollo del argumento, en uno o varios incidentes de la trama o en el carácter de uno o de todos los personajes. A veces, íntegro, el tono general de la cinta constituye una tesis falsa, un maligno sofisma velado –y agravado- por el hechizo artístico.
Lo peor y casi inverosímil es que muchísima gente, que de ordinario tiene buen criterio, cede en tales ocasiones al influjo del poder sugestivo del cine, y comenta con simpatía y hasta aprueba un inacabable enjambre de necedades y aun insinuaciones que lindan con lo herético o en ello incurren francamente, nada más porque en la pantalla se ofrecen al espectador entreveradas con desplantes de heroísmo y abnegación, y con fuertes dosis de sensiblería barata diz que religiosa.
Ejemplo de las necedades de este tipo de obras, son los especímenes de padrecitos muy “a la moderna” que salvan ovejas descarriadas con métodos apostólicos como el acompañarse con el piano canciones de “jazz” y otras estupideces de análoga categoría. Recuérdese, si no, “El Buen Pastor” –título excelso para chabacana película- que desnaturaliza el verdadero carácter del sacerdote, el cual siempre debe ir acordado con la alteza de su oficio, con una seriedad mínima que debe ser vivida aun en los rasgos de buen humor o de llaneza.
Muestra notable de más graves desviaciones en argumentos de tinte religioso, resulta el personaje central de “Las Llaves del Reino”. Es éste un abnegado pero por demás original misionero católico en tierras chinas, al que no contrista la circunstancia de que en su propio distrito de evangelización venga a asentarse un misionero protestante para la siembra del error y de la cizaña de la perplejidad en las almas de los infieles, que de esa manera sí que no sabrán de cierto a quién haya confiado Cristo las llaves de su Reino. Un sacerdote tan en exceso peculiar, que en la agonía de un benefactor de su misión, que es un su viejo amigo de infancia, y confirmado ateo, además, éste se le manifiesta agradecido porque ni siquiera en la antesala de la muerte le amarga el humor con sermones sobre el más allá. Todo esto, así como varias expresiones puestas en labios del mismo sacerdotal personaje, no llevan a otra cosa que a canonizar el relativismo religioso muy del agrado de los anglosajones, el principio de que, substancialmente, lo mismo da creer que no creer, tener una fe u otra. Las excelencias técnicas e interpretativas del “film”, encubren artificiosamente el veneno de la tesis subversora. Con tal estrategia, el espectador se traga la ponzoña sin percatarse de ello.
Casualmente, en estos días se exhibe una película española también de tema misional. Sin las cualidades técnicas de la que acabamos de aludir, y aun sin el vigor interpretativo y argumental de la estupenda y anterior –asimismo española- “Misión Blanca”, conmueve, no obstante, y convence por su diáfana autenticidad. En “Lucha de Almas” –que tal es su nombre- da la casualidad de que se presentan dos situaciones semejantes a las de que hemos hecho mención en “Las Llaves del Reino”. ¡Pero el manejo de ellas es tan diverso!
Ante el “evangelizador” protestante, el misionero católico no va a presentarle sus respetos y a ofrecérsele como camarada y buen vecino; ni va a tomar el té a su casa en tertulias que puedan hacer pensar a los presuntos evangelizados que lo mismo da creer en el Papa que en Lutero. Su actitud para con el protestante es de corrección, pero discreta, sobria con sentido de las conveniencias. Sin hostilidad para su persona, se trasluce de inmediato la amargura de tener por vecino frontero al predicador del error, lo cual es un lógico estado de ánimo en quien ha dejado todo: patria, familia, intereses legítimos por servir a la Verdad. Asimismo, cuando el perverso occidental explotador de la población comarcana –“nativos”, diríase en película yanqui- está a punto de morir, el misionero se enfrenta sin vacilaciones –como es su deber- al rabioso empecatamiento de aquella conciencia, y recordando tácitamente al Apóstol que intima que ha de predicarse oportuna o importunamente, logra ganar para la contrición al moribundo, en el final instante: todo ello en la naturalidad de una lucha dramática y humanísima, salvando el obvio escollo de que el incidente pudiese evocar, de lejos siquiera, cierto género de relatos muy ejemplares pero sobrado ingenuos y para uso de beatas.
Estas dos películas, pues, podemos tomarlas como expresión incorrecta y falseada, y como auténtica y certera, respectivamente, de un mismo tema de índole religiosa. Y cuán diverso sea el efecto de una y de otra en el público, en orden a fijar conceptos trascendentales, resulta por demás evidente para insistir en ello.
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