Lo «moderno» en el testimonio de Merton

Identificador: DM-211.
Publicación original: Novedades, 1 de septiembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa, Filosofía y cultura.
Ilustración de Lo «moderno» en el testimonio de Merton

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Tal vez nunca abarcaremos hasta qué grado el mundo “moderno” ha contribuido a la frustración del hombre. De cierto, en Occidente, hay que imputarle, en términos generales, las mayores y las peores frustraciones de que parcial o totalmente, como individuos o como pueblos, podemos sentirnos víctimas.

A propósito de ello podría hablarse de muchas cosas. Entre ellas, de la paganización práctica de comarcas enteras en países europeos de tradición cristiana no sólo venerable, sino aun proverbial. De la extendida confusión e infecundidad de las inteligencias respecto de los grandes, de los eternos temas esenciales: Dios, el mundo, el hombre. Del gregario, indiscriminado e incluso supersticioso asentimiento que muchos que se piensan liberados de prejuicios otorgan a cuanto se informa u opina a través de los grandes instrumentos publicitarios. O de la obstinación, verdaderamente estúpida, con que nos hemos estado empeñando en llegar a la felicidad y a la paz tomando pasaje en vehículos y para derroteros que necesariamente nos conducen a puntos situados, psicológica e históricamente, en los antípodas de lo que buscamos. Esto último, por sí solo, haría colegir qué incalculable capacidad de asnal ininteligencia somos capaces de desarrollar.

Todo ello, y mucho más que podría considerarse, concreta y subraya la esterilidad para el bien y la diabólica eficacia para el mal de todos esos mitos modernos que nos han sojuzgado: la Razón, el Progreso, la Naturaleza, escritas así, con mayúsculas pedantes por la desproporcionada glorificación que persiguen; mitos que nos han hecho creer que era no sólo posible sino necesario, para vivir positivamente como hombres, prescindir de la Fe y de la Gracia: escritas éstas así, con mayúsculas que sólo insinúan con humildad una alteza sobrenatural que no le es dable honrar como es debido a ninguna ortografía.

Preferimos, esta vez, traer al lector a un excepcional testimonio contemporáneo. Vivo y vívido. Valeroso y a la vez sin arrogancias. De una literatura sin “literaturas”: escueta y llana sinceridad en un lenguaje agilísimo, objetivo, fotográfico. Por eso, puntualmente, convence. Porque no hace sino decirnos con sencillez colmada la experiencia de una vida que en su primera parte se parece a tantas vidas nuestras: víctimas de la ponzoña de racionalismo, progresismo, naturalismo y demás “ismos” análogos que son responsables de la mortal asfixia psicológica que, de hecho, frustra aun a los mejor dotados.

La dantesca sugerencia del título: “La Montaña de los Siete Círculos”, podría dar una idea muy diversa de la incomparable sencillez, desnuda de toda simbología, de este testimonio autobiográfico de un hombre –el franconorteamericano Thomas Merton- que fue, antes de entregarse a la luz de la Fe y a la dinámica de la Gracia, lisa y llanamente un hombre “moderno”. Ni más ni menos jactancioso, contradictorio, débil, miserable y espiritualmente lacrado que el promedio de los millones de hombres “modernos” de esta hora. No es la suya la elocuencia indirecta de los símbolos, sino la que fluye, poderosa, de la primaria, elemental objetividad del lenguaje directo.

Tomemos, al azar, algo de este testimonio que invite a su integral lectura a través de la simpatía que toda escueta sinceridad despierta:

En un trance –y certeza- de muerte, nos confiesa: “¿Qué pensaba yo? Todo lo que recuerdo es que me sentía embargado por una profunda y tremenda apatía… Estaba acostado allí, sin otra cosa en mi corazón que apatía. Había algo de orgullo y despecho en ello: como si fuera culpa de la vida que yo tuviera que sufrir un poco de incomodidad; por eso mostraba mi desprecio y odio de la vida, y hubiera muerto, como si eso fuera una especie de venganza. ¿Venganza de qué? ¿Qué era la vida? ¿Algo existente fuera de mí, separado de mí mismo? No os preocupéis, no entré en especulaciones. Sólo pensaba: “Si tengo que morir… ¿y qué? ¿De qué manera me preocupo? Muera yo, pues, y he acabado”…

“La gente religiosa, los que tienen fe y aman a Dios y comprenden lo que es la vida y lo que la muerte significa y saben lo que es un alma inmortal, no entienden lo que pasa a los que no tienen fe y que ya han desechado a sus almas. Encuentran difícil concebir que alguien pueda enfrentarse con la muerte sin ningún escrúpulo. Pero debieran darse cuenta de que millones de hombres mueren de la manera que yo estaba dispuesto a morir…”

“Pudieran decirme: “seguramente tú pensabas en Dios y querías pedirle misericordia”.

“No. Por lo que recuerdo, el pensamiento de Dios, el pensamiento de la oración ni siquiera entró en mi mente, ni aquel día, ni los demás que estuve enfermo, ni en todo aquel año, por esa cuestión. Pues si el pensamiento vino a mí, fue solamente una ocasión: para ser negado y rechazado. Recuerdo que en aquel año, cuando estábamos en la capilla (de un centro anglicano al que Merton a la sazón asistía) y recitábamos el Credo de los Apóstoles, solía mantener mis labios sellados, con plena deliberación y propósito, como si declarara que mi propio credo era: “No creo en nada”. O al menos pensaba que no creía en nada. Por entonces había dejado una fe cierta, fe en Dios, que es la Verdad, a cambio de una fe incierta y vaga en las opiniones y autoridad de los hombres, folletos y periódicos… fluctuantes, cambiantes y contradictorios, que ni siquiera entendía con claridad”.

He aquí la abrupta franqueza fotográfica de Merton. Nos entrega, sin retoques, la realidad de esa animal o peor que animal estupidez, tan “moderna”, ante una muerte a la que no se asigna ningún sentido.

Comentarios

Más leídos por autor

El artículo con más vistas de cada autor en los últimos 30 días completos. Cada lectura conserva su autor y su micrositio.

Google Analytics 4 · 11/09/2026 al 10/10/2026 · Último cálculo guardado.