Lo circense y lo teatral
Publicación original: Novedades, 28 de julio de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura, Historia e Hispanidad, Prensa y medios.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Tan inaceptable como un chiste malo resulta lo que quiere ser diestro y para en inhábil. Así se nos muestra reciente artículo suscrito por un seudónimo que en Méjico es reconocidamente protestante, y en el que, a título de volanderas observaciones acerca del influjo de los espectáculos sobre la psicología de los pueblos, se insinúan comparaciones desfavorables para el carácter español e hispanoamericano en relación con el angloamericano. En ese escrito se sugiere también que, en los aspectos que en él se consideran, sería conveniente que los hispánicos trocásemos nuestro peculiar modo de ser por el que es propio de los norteamericanos.
Esto último, por cierto, invenciblemente, suscita evocaciones del nefando y viejo sistema poinssetista que, so pretexto de una saludable autocrítica, ha querido siempre empujarnos a la imitación extralógica de lo yanqui. Pero vayamos al grano.
“Se ha dicho –nos recuerda el autor del escrito que aludimos-, y con cierta razón, que el norteamericano es siempre un niño grande. Podría decirse que el latinoamericano (el articulista elude decir “hispanoamericano”, tal vez para no recordar nuestra deprimente raíz española) es siempre un viejo prematuro. ¿Hasta qué punto se debería eso a la influencia del circo en el primero, y del teatro –especialmente del drama calderoniano- en el segundo”?
Hay que decir que el ángulo de comparación elegido y los ejemplos que para ilustrar ésta se describen a continuación son sumamente interesantes, en verdad, sólo que no pudieron ser más infortunados para los propósitos que se persiguen. Así el ángulo comparativo como los ejemplos que lo aclaran y perfilan, si a alguno al fin de cuentas favorecen no es al norteamericano sino al español y al hispanoamericano, como en su lugar demostraremos. Por otra parte, mal se empieza estableciendo –aunque ello sea sólo de manera implícita- al inferiorizar la categoría intrínseca del espectáculo dramático respecto de la del circense al exaltar la bondad del influjo social de éste sobre la de aquél.
Escuchemos bien: “Circo. ¿Y de ahí ese candor que, aun en los viejos, caracteriza al norteamericano? Teatro. ¿Y de ahí nuestra tendencia al patetismo, nuestra falta del sentido del humor, nuestro instinto de convertir todo en tragedia, simulación y declamación, que nos caracteriza a los latinoamericanos (resic)?”
Desde luego cabe la observación de que, desde un punto de mira más realista, es posible pensar que uno y otro espectáculo sea puntualmente lo contrario de lo que se insinúa. Efecto y no causa. Resultante de una psicología antes que explicación de ella. Que es más verdadero decir que su respectiva popularidad se origina más bien en el hecho de que responden al dato anterior de ciertas notas del alma colectiva expresadas, con mayor o menor acierto, en el espectáculo. Y que éste, en los casos que nos ocupan ahora, viene a tener como influjo el confirmar o reforzar esas notas.
Pero, ¿es verdad que entre las cualidades elogiables y dignas de imitación de la idiosincrasia norteamericana está ese candor admirable del que se dice mantiene hasta a los viejos de una inmarchita niñez del espíritu?... ¿Es positiva la falta de sentido del humor que se nos atribuye, y esa nuestra supuesta tendencia a lo patético, simulado y declamatorio?... Y estas últimas indeseables flores, ¿no se dan con frecuencia –o tal vez nunca- en el alegre vergel del carácter norteamericano?... ¿Y qué pensar de los ejemplos y contrastes individualizados y concretos que para nuestra meditación y enseñanza nos propone un discreto, tácito poinssetismo psicológico?
Por limitaciones de espacio, y con la venia del lector, de todo ello hemos de conversar en las próximas cuartillas.

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