Lluvias
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 13 de junio de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La temporada de lluvias asume en la ciudad signo e intención propios. No es tanto el prometedor himeneo de tierras y aguas que el campo aguarda, en vigilia alertada y amorosa.
Es más bien un bello sentido lustral, purificador. Es la necesaria ablución de la ingente superficie citadina, tan urgida de limpiarse de tolvaneras y de la mugre de un desaseo ya crónico… Haga al menos el cielo lo que nuestro urbanismo descuida.
Por esa pluviosa esperanza de pulcritud capitalina, no puede menos que recibirse con alborozo cordial este destrenzarse de las nubes para dejar resbalar su líquido regalo que nos lava el aire de humos industriales; el caserío, de las mugres del descuido o de la miseria; los prados y árboles, del calizo polvo texcocano.
Claro que esta temporada nos trae, por otra parte, la enconada contienda que entablamos con el agua, apostando a quién burla a quién: si ella a nosotros, con la broma pesada de los chubascos intempestivos –que suelen jugar a las escondidas con el Observatorio meteorológico-; a nosotros a ella con la relativa inmunidad de la gabardina, del calzado de hule, y, a veces, ¡todavía!, con ese dosel individual que es el paraguas, que ya casi es una mera supervivencia porfiriana de la que prescinde la gente joven no dada a impedimenta que complique el transporte premioso, las apreturas ineludibles del ómnibus o del tranvía.
Pero también las lluvias, año con año, traen el encanto de los romanticismos melancólicos de las chicas que están en la edad “de la punzada”: su pertinaz “chipi chipi” tiene para ellas desesperantes alegorías de amores imposibles, de imprecisas exaltaciones del ánimo. Y asimismo, se vuelve motivo de saudades evocadoras para las viejecitas que en sus reumáticos achaques llevan el más fiel y sensible de los pluviómetros, y que en los hilos de su labor enhebran, acarician, viven recuerdos. “de los buenos tiempos” tras el mirador de la ventana en cuyos cristales reitérase el monótono golpetear de miriadas de gotas de agua.
Y después del aguacero, muchas veces, nos alegrará esa magia de las tardes en que escampa el temporal. Entonces hacen fiesta el alma y los ojos al ver, regados que es una gloria, fachadas, pavimentos y jardines. En ese lapso en que la ciudad finge el prodigio de una gran pieza de alfarería fresca, olorosa a barro húmedo y recién moldeado por los dedos artífices, policromada por las luces tangenciales del sol muriente; mientras que en las riberas de algún breve lago efímero –que dibujó la precipitación pluvial en la sintética geografía del parque- un chiquillo con ansias marineras bota al agua navíos de papel, y cuando ve retratarse en las minúsculas ondas –surcadas de viajes maravillosos que impulsa el viento de la imaginación infantil-, la primera estrella, adivina que es la hora dulce del retorno a la madre, en cuyo ánimo empieza a apuntar la leve inquietud de quien inicia una espera…
En esa hora, la ciudad se nos aparece bañada como en rito bautismal de aspersión. Y nos ve con una limpia, diáfana, gozosa mirada de niño.

Comentarios
Publicar un comentario