Lluvias
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 8 de abril de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
La temporada ha dado ya sus primeros anuncios.
En la ciudad asume signo e intención propios. No es el prometedor himeneo de tierras y aguas que el campo aguarda, en vigilia alertada y amorosa. Es más bien un bello sentido lustral, purificador. Es la necesaria ablución de la ingente superficie citadina, tan urgida de limpiarse de tolvaneras y mugre que un desaseo ya crónico torna denigrante y plebeya… Haga al menos el cielo lo que nuestro urbanismo descuida.
Tal pluviosa esperanza de pulcritud capitalina nos trae, invenciblemente, las preocupaciones de un urbanismo superior y de extraña urgencia: las del urbanismo espiritual de esta metrópoli que insiste en olvidar alardes de pulcro señorío, los ascos saludables para toda suciedad moral. Hoy se ha convertido –con temerosas proporciones- en gran centro de crapulosos muladares, de todo linaje y pretensión, que envenenan su ambiente psicológico. En ellos hozan inmundicias múltiples esclavos del sortilegio diabólico de Circe, la hermosura mentida cuyo abrazo infame transmuta en puercos a los hombres. Y en este plano, también los servicios de limpia sufren terribles deficiencias, y requerimos, al menos, una que otra llovizna de espiritualidad.
De todas suertes, no puede menos que recibirse con alborozo cordial este destrenzarse de las nubes para dejar resbalar su líquido regalo que nos lava el aire de humos industriales; el caserío, de las mugres del descuido o la miseria; los prados y arboledas, del calizo polvo texcocano.
Viendo las cosas desde otro ángulo, hay que disfrutar esa bulliciosa malicia capitalina de la juguetona contienda que entablamos con el agua de estos meses, apostando a quién burla a quién: si ella, con la travesura pesada de sus chubascos que juegan de paso a las escondidas con el Observatorio tacubayense; o nosotros con la previsora inmunidad de la gabardina, del calzado de hule y, a veces, ¡todavía!, con el dosel personal del paraguas, casi una mera supervivencia porfiriana a la que da de mano la gente joven, prescindidora de impedimentas que compliquen el transporte premioso, las apreturas ineludibles del ómnibus o del tranvía.
También, claro está, siguen dando pie las lluvias a romanticismos melancólicos de tal o cual persona en la edad de “la punzada”, que ve en ellas desesperantes alegorías de amores imposibles e imprecisas exaltaciones. Asimismo, se vuelve motivo de saudades evocadoras para las viejecitas que en sus reumáticos achaques llevan el más sensible de los pluviómetros, y que en los hilos de su labor enhebran, acarician, viven “recuerdos de los buenos tiempos”, tras el mirador de la ventana cuyos cristales reitérase el monótono golpetear de miriadas de gotas de agua.
Y después del aguacero, muchas veces, nos alegrará esa magia de las tardes en que escampa el temporal, cuando hacen fiesta el alma y los ojos al ver, regados que es la gloria, fachadas, pavimentos y jardines, durante el lapso en que la ciudad finge toda ella el prodigio de una gran pieza de alfarería fresca, olorosa a barro húmedo, recién moldeado por los dedos artífices, policromada por las luces tangenciales del sol mugiente; en tanto que a las riberas de algún breve lago efímero, que formó la precipitación pluvial en la sintética geografía del parque, y al ver retratarse en las minúsculas ondas –surcadas de viajes maravillosos de imaginería infantil- la primera estrella, adivina que se acerca la hora dulce de tornar a la madre en cuyo ánimo apunta la leve inquietud de quien inicia una espera…
En esa hora, la ciudad se nos aparece bañada como en rito bautismal de aspersión. Y nos ve con una limpia, diáfana, gozosa mirada de niño.

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