Libro sin Lava

Identificador: DM-116.
Publicación original: Novedades, 23 de octubre de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: México, Tierra de Volcanes, síntesis histórica y crítica de libros.
Ilustración de Libro sin Lava

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Fuerza es decir que, a pesar de la eruptiva acritud de algunas censuras suscitadas por “México, Tierra de Volcanes”, del historiador norteamericano Schlarman, no hay que pensar que se trata de un libro “volcánico”. No lo es por sus aciertos ni por sus errores. Podrán vituperarse éstos, pero hay que admitir que no son de los que desquician ya que son sobrado evidentes. Tampoco las verdades que enuncia pueden verse como cataclismos, puesto que no constituyen una revelación ni una revolución científica. Ni ello es siquiera posible, porque esta obra sólo quiere ser, fundamentalmente, un resumen de lo –en términos generales- ya averiguado. Tal circunstancia, sin embargo, no amerita que al autor se le tilde de copista. Habría que hacerlo, entonces, con todo aquel que se empeña en una labor de síntesis, nada más que porque echa mano de materiales ya publicados y relativamente al alcance de cualquiera. Sí pueden, en cambio, ser materia de crítica –positiva o negativa- el método empleado, los juicios interpretativos y de valor, la proporción o desproporción de sus partes, el estilo literario…

En todos estos renglones, tampoco se manifiesta este escrito como desatador de terremotos. Hay desaciertos muy de bulto. Faltas de proporción: por ejemplo, entre el volumen de páginas dedicado a la guerra de 1847, y el que engloba la historia del Segundo Imperio. Porque sin que obste la diversa amplitud cronológica de cada uno de estos episodios, el primero resulta aquí demasiado escueto y breve o el segundo sobrado extenso, si se atiende a la importancia respectiva de ambos capítulos, al influjo de ellos en la historia subsecuente de Méjico.

Adolece también de una notoria disparidad en el tono, al hablar en términos condenatorios, según se trate de hechos y personajes de nuestra Historia o de la de su país. Si el tono se acentúa al tratarse de lo nuestro, el equilibrio pediría que una intensidad pareja asumiese al aludir a lo norteamericano. Sin embargo, hay que abonarle que es visible su intento por igualar el enjuiciamiento de cosas análogas –o que pudieran parecerlo- en uno y otro país, para ilustrar al lector yanqui y desvanecerle prevenciones. Así, cuando evoca la exaltación de Iturbide al trono en medio de un entusiasmo tumultuoso, el 18 de mayo de 1822, establece el paralelo con alguna convención nacional de uno de los partidos políticos de allende el Bravo, en nuestros días. En ésta, dice, “una voz gritaba insistentemente repitiendo el nombre del candidato de cierto grupo, mientras las atestadas galerías vociferaban pidiendo que se nombrase al candidato, y los delegados, acompañados de bandas de música, llevaban el estandarte de éste por en medio del local de la convención en un pandemonium imposible”.

Ya hemos subrayado –y no hemos sido los primeros- la imperdonable laguna que consiste en omitir el resumen de nuestro pasado precortesiano y autóctono. Habría que añadir varias serias objeciones, entre otras, que se extraña en este libro la clara formulación de un ingente e imprescindible principio interpretativo de nuestra Historia independiente, el que, por otra parte, fluye necesariamente de los hechos que se exponen. A la luz de ese principio de exégesis, deben verse las volcánicas convulsiones de Méjico en esta etapa, y habría que concluir que no son –como muchos suelen repetir con estolidez rutinaria- mera expresión de nuestra “anarquía criolla”, sino antes bien, y en última instancia, el drama de un pueblo que defiende su patrimonio espiritual y material contra la injusta penetración de los gobiernos del país vecino: por sí, o a través de quintas columnas vernáculas. Por servicio estricto de la verdad, haría falta que esto se manifestase de manera nítida y expresa, aunque ello resulte duro para un norteamericano, quien, por lo demás –y esto le honra- alude con encomiable sinceridad a ciertos medulares capítulos de nuestras relaciones con los Estados Unidos.

Todo lo anterior –y cuanto pudiese agregarse en punto a objeciones-, insistimos, no clasifica, empero, a este libro, como de los que pueden justificar volcánicas reacciones adversas. Tampoco las favorables que suscita logran ser de esa inflamada y plutónica categoría. NO ES UN LIBRO DE LAVA ARDIENTE. Pero la justicia pide también que se exprese sin reticencias que es muy certero y exacto en muchas materias. Y que, sobre todo, de manera general, se elogie el visible, honrado esfuerzo de Schlarman por no aplicar a nuestras cosas el criterio norteamericano normalmente vigente. Por ello merecen énfasis determinados puntos de vista de Schlarman sobre mucho de lo ya sabido, porque tienen el para nosotros especial interés de provenir de un extranjero, y es útil compararlos con los puntos de vista en que nosotros solemos situarnos. Del mismo modo, aciertos no usuales –que, como los errores, sería muy extenso comentar-. Destaquemos, por ejemplo, la para nosotros original y no impertinente intercalación de “La Mística de la Propiedad”, que es uno de los últimos capítulos, y que sintetiza la teoría y los distintos métodos ensayados para resolver en el mundo el constante problema de la distribución de los bienes materiales. Otro tanto habría que decir de cierta notable pregunta que hace el autor al hablar de la expropiación petrolera; pregunta que para muchos resultará insólita, pero que queremos creer que encierra un enjambre de sugerencias acerca de cuál pueda ser el trasfondo de aquella medida, la cual aún suele verse –según los criterios ingenuos- como animada por una intención patriótica o por una finalidad de demagogia desquiciante, no siendo verdad una cosa ni otra. Dice Schlarman: “Cárdenas se apoderó de los pozos petroleros, pero ¿quién sacó ventaja de la confiscación? Es cosa que permanece en el misterio…” No se haga pleito sobre la propiedad o impropiedad del vocablo “confiscación”. Lo que de veras importa, es el desentrañar ese misterio: ¿quién fue el verdadero ganancioso: Méjico o un habilísimo interés extranjero?

Sea lo que fuere, repetimos –aunque sin volcánicas efusiones- que el balance general de este libro le resulta favorable, sobre todo por ser su intención honrada, por tratar lealmente de entender y resumir nuestra Historia.

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