Las Posadas
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 21 de diciembre de 1947.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Fe y vida religiosa; Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Fiestas de los cinco sentidos corporales y de las tres potencias del alma, el hombre entero halla en este novenario de Adviento cobijo, manjar y fogón de posada milenaria… ¿Cómo olvidarlo?...
No es posible alejar del recuerdo aquel sabor de cosa elemental, de proyección directa del alma —no contaminada por el “sofisticamiento” de un modernismo de mala ley— a ese complejo bullanguero y devoto a la vez en que tienen asiento propio el tostado sabor de crujientes cacahuates, la golosina de las confiterías, el terrícola regusto a aljibe de las jícamas, el jugo aromático y citroso de limas y naranjas. Confundidos en la añoranza, ponen en ella su unción el tumulto explosivo de los cohetes, cortando el frío de las noches y rimando su olfativa reliquia de pólvora quemada con “el santo olor” de la repostería hogareña. Y aquel vestir el alma cada una de las nueve jornadas con el hábito del peregrino, para hacer cohorte a los Santos Viandantes en el camino al Belén en el cual se empadrona —en el censo para el tributo definitivo de amor y de fe— el “claro Occidente” cristiano, esa “muchedumbre de naciones del otro lado del mar”, que dijo la voz profética de la Escritura.
Era el enhebrarse ritual de la letanía con avemarías y padrenuestros. Y era la llama de las velas policromas de la procesión, alumbrando rutas de Tierra Santa por las nobles baldosas del patio y por los enmaletados corredores hogareños. Y era el candor entusiasta de aquel reiterado autosacramental colectivo del pedimento de posada. Y era el prodigio escénico de los Nacimientos, en los que la tierna fe de nuestros mayores ponía toques de ilusionado arrullo en los abigarrados escuadrones de rubios ángeles, cisnes albeantes e indios chinamperos en breves xochimilcos de espejos; y en los ribazos alfombrados por milpas y magueyeras autóctonas, y que coronaban chozas típicas de nuestra Meseta Central.
Pues, ¿y la gloria ubérrima de las aventuradas piñatas?... Es lo que más ha persistido de la rica liturgia de las antiguas posadas. Su popularidad se sigue escondiendo tras las suntuosidades oropelescas del cartón pintado y el papel de china, en las prometedoras oquedades del tepalcate, con prestigio, en las mentes infantiles, de mitológicos cuernos de la abundancia… (Los precios, hoy de una inverosimilitud también mitológica, ¿pondrán este año la nota de mezquindad y desencanto en la amotinada algarabía de los ojos vendados y del palo en molinete?)
¿Qué sorpresas nos traerá a todos la piñata nacional?... ¿Serán sus dádivas las que esperan veinte millones de niños chicos y grandes, o se resquebrajará con ruido de nuez vana, dejando escapar una orgía intrascendente de confetti?... Augurio es éste del que nada dicen las previsiones del más antiguo Galván.
Pero en todo caso, aun la pobreza misma no es obstáculo insalvable para el limpio gozo del alma colectiva mexicana, si a estas noches prenavideñas no se les deja morir su ánima y su estilo, que diría López Velarde. Si a ellas se lleva no la intención dislocada de las bacanales que son un insulto al genuino sentido del novenario; sino la dulce voluntad penitencial —en que la austeridad y el júbilo se hermanan— de rectificar los rumbos espirituales de las personas y de la comunidad.
Si en la vieja casona de la Patria, todavía tan grande que el tren de los grandes propósitos puede transitar por ella “como un aguinaldo de juguetería”, sabemos pedir posada cual cumple a la hidalguía de nuestro linaje, con fe en el Supremo Rector de la Historia y en las insospechadas virtualidades de México, no hay duda de que, después de la obligada instancia, se nos abrirán las puertas de mejores tiempos, sin declarársenos que “aquí no es mesón”.
Y sin temor a desencantos, volveremos a partir una y mil veces la piñata con que todos —niños y viejos— seguimos soñando.

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