Las posadas
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 17 de diciembre de 1944.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Fe y vida religiosa.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Fiestas de los cinco sentidos corporales y de las tres potencias del alma, el hombre entero halla en este novenario de Adviento, cobijo, manjar y fogón de posada milenaria… ¿Cómo olvidarlo?...
No es posible desechar del recuerdo aquel sabor de cosa elemental, de proyección directa del alma no tocada por el “sofisticamiento” modernista, a ese complejo bullanguero y devoto a la vez en que tienen asiento propio el tostado sabor de crujientes cacahuates, la golosina de las confiterías, el terrícola regusto a aljibe de las jícamas, el jugo aromático y citroso de limas y naranjas. Confundidos en la añoranza, ponen unción en ella el tumulto explosivo de los cohetes cortando la frialdad de las noches y rimando su olfativa reliquia de pólvora quemada con “El santo olor” de la repostería hogareña. Y aquel vestir el alma cada una de las nueve jornadas con el hábito del peregrino, para hacer cohorte a los Santos viandantes en el camino al Belén en que se empadrona –en el censo para el tributo definitivo de amor y de fe- el “claro Occidente” cristiano, esa “muchedumbre de naciones del otro lado del mar”, que dijo la voz profética de la Escritura.
Era el enhebrarse ritual de la letanía con avemarías y padrenuestros. Y era la llama de las velas policromas de la procesión, alumbrando rutas de Tierra Santa por las nobles baldosas del patio y por los enmaletados corredores hogareños. Y era el candor entusiasta de aquel reiterado auto sacramental colectivo del pedimento de posada. Y era el prodigio escénico de los Nacimientos en que la tierna fe de nuestros mayores ponía toques de ilusionado arrullo en los abigarrados escuadrones de ángeles rubios, cisnes albeantes e indios chinamperos en breves xochimilcos de espejos; y en los ribazos alfombrados por milpas y magueyeras autóctonas que coronaban chozas típicas de nuestra Meseta Central.
Pues, ¿y la gloria ubérrima de las ventrudas piñatas?...
Es casi lo único que va quedando de la rica liturgia de las antiguas posadas. Su popularidad se sigue escondiendo tras las suntuosidades oropelescas del cartón pintado y el papel de china, en las prometedoras oquedades del tepalcate, con un prestigio, en las mentes infantiles, de mitológicos cuernos de la abundancia… (Los precios, hoy también mitológicos ¿pondrán este año la nota de mezquindad y desencanto en la amotinada algarabía de los ojos vendados y el ábrete-sésamo-a-la-fuerza del palo en molinete?).
¿Qué sorpresas nos traerá a todos la piñata nacional?... Serán sus dádivas las que esperan veinte millones de niños chicos y grandes, o se resquebrajará con ruido de nuez vana, dejando escapar una orgía intrascendente de confetti?... Augurio es éste que omiten las páginas infantiles del más antiguo Galván.
Pero en todo caso, aun la pobreza misma no es obstáculo para el gozo limpio del alma colectiva mexicana si a estas noches prenavideñas de un mundo en guerra, no se les deja morir su ánima y su estilo, que diría López Velarde. Si a ellas se lleva no la intención dislocada de las bacanales, que insultan la tragedia de los campos de batalla; sino la dulce voluntad penitencial –en que la austeridad y el júbilo se hermanan- de rectificar los rumbos espirituales de los pueblos, empezando por la propia casa, como la caridad bien entendida aconseja.
Si en la vieja casona de la Patria, todavía tan grande que el tren de los grandes propósitos puede transitar por ella “como un aguinaldo de juguetería”, sabemos pedir posada cual cumple a la hidalguía de nuestro linaje, con fe en el Supremo Huésped de la Historia y en las insospechadas virtualidades del esfuerzo de México, no hay duda de que después de la obligada instancia, se nos abrirán las puertas, sin declarársenos que “aquí no han mesón”.
Y sin temor a desencantos volveremos a partir una y mil veces la piñata con que todos –niños y viejos- seguimos soñando.

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