Las inquietudes de Mr. Dulles
Publicación original: Novedades, 26 de enero de 1953.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
John Foster Dulles, secretario de Estado en el flamante gabinete de Eisenhower, manifestó hace pocos días que una de las atenciones preferentes de su cargo será enfrentarse al problema, que mucho le preocupa, de la actividad antinorteamericana en Iberoamérica, la cual juzga que puede conducir, en un plazo más o menos largo, a serios reveses para la política exterior de su país, semejantes al sufrido en Asia con la pérdida de China para la órbita de control de la internacional democrática.
Hay que convenir en que estas inquietudes no carecen de fundamento. Expresamente Dulles determinó como tal cosa la agitación antiyanqui mantenida por los comunistas y por los que él llama fascistas en los países de habla hispánica.
Hablando con franqueza, debe llamarse la atención sobre la poca atingencia diplomática de dar a las cosas nombres que se estiman feos, en vez de reconocerles su verdadera y substantiva identidad. Cierto, no es posible negar lo evidente: la abierta propaganda contra los Estados Unidos en Iberoamérica por parte de los agentes comunistas y sus maniobras para infiltrarse en todo legítimo movimiento hispanoamericano que propugne hoy día la revisión de la posición de nuestros pueblos ante la conducta exterior yanqui. En todo caso, el tiempo dirá hasta qué punto tenga eficacia ese intento infiltratorio. Lo que, en cambio, resulta poco documentado o poco perspicaz, es el motejar con rubros que quieren ser infamantes toda inconformidad hispanoamericana con las ingerencias norteamericanas en nuestra política, en nuestra economía y en el desarrollo de nuestro espíritu.
Más sagaz sería reconocer que tales ingerencias han existido, y aceptar, en aras de la justicia y en obsequio incluso de un correcto sentido de las conveniencias, que en eso radica el origen de nuestras inconformidades. Que tenemos derecho a nuestro propio patriotismo, y que éste nos pide fidelidad a nuestras esencias, efectividad en nuestra autonomía política y económica, y dignidad frente a cualquier extraña influencia en nuestros asuntos exclusivos, sea ella del color que fuere.
¿No es más sensato suprimir las causas del malestar y de los agravios, que desconocer la justificación de éstos y dar así ocasión a que el comunismo los explote para sus propios fines? ¿No sería ello más congruente con la posterior y enfática declaración de Eisenhower al hacerse cargo de la Presidencia, de que será norma de su gobierno el honrar “la identidad de cada nación y su heredado patriotismo”, y el no tratar de imponer a los demás las “propias y veneradas instituciones políticas y económicas” de los Estados Unidos?
Tenemos por seguro que el secretario Dulles, con todos los presentes en el acto de transmisión de poderes en Washington, habrá aplaudido el anatema lanzado por el nuevo Ejecutivo del que él es colaborador contra cualquier clase de trueque de “la honra por la seguridad”. ¿Cómo negar a los demás el mismo derecho de preferir la honra nacional y personal a la seguridad que otorgaría el conformismo con la más o menos acentuada o velada subordinación de Hispanoamérica a la fuerza financiera y política norteamericana?
Por otra parte, Mr. Dulles puede estar cierto de antemano de que puntualmente esa decisión de Eisenhower de optar por “el peso de la mochila del soldado” antes que por el de “las cadenas del prisionero”, ha de ser subrayada al otro lado de la cortina de hierro –ya lo habrá sido, quizás- como una descarada y ofensiva expresión capitalista de agresividad antirrusa. ¿No equivale a asumir ni más ni menos que una actitud semejante el darse a la tarea de adjetivar de agresivismo antiyanqui y “fascista” a lo que no es sino viril dignidad patriótica en los movimientos que no nombra el secretario de Estado pero que fácilmente adivinamos aludidos en sus frases, pongamos por caso los que han llevado recientemente al poder al general Ibáñez en Chile, a Velasco Ibarra en el Ecuador, o el que en el Uruguay con el Partido Nacional ha hecho expresa repulsa del intervencionismo foráneo desde años antes que el mundo oyese siquiera la palabra “fascismo”?
Más justo y sagaz hubiese sido que Mr. Dulles pronunciase palabras que llevasen a la conciencia hispanoamericana la seguridad de que se rectificará el neoimperialismo de las inversiones múltiples y colosales, a que acaba de referirse un discutido pero claridoso colaborador de otro diario metropolitano; ese peso de las finanzas en el platillo de pseudodemocracias de género “quisling”, con el que se tienen “las ventajas de poder explotar las colonias sin las responsabilidades que da el Gobierno”, según frase exacta del propio escritor.

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