Las Hibueras

Identificador: SD-066.
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 11 de enero de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Ilustración de Las Hibueras

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

El centenario cortesiano autoriza la especial recordación de que en esta fecha, 11 de enero, y en el año de 1524, el Conquistador envió a las Hibueras una fuerza al mando de Cristóbal de Olid. Este joven capitán, que tanto se distinguió en la conquista del Anáhuac, desempeñó en ella el cargo de maestre de campo, que le fue conferido al fundarse la Villa y municipio de la Vera Cruz. Formó parte, con Pedro de Alvarado y Gonzalo de Sandoval, del brillante terceto de lugartenientes de Cortés durante el sitio y toma de Tenochtitlán.

No obstante sus prendas militares, Olid era de un carácter que Prescott califica de “recóndito y ambiguo”. Y fue en lo de las Hibueras cuando se oyó bien claro el son de la música que siempre había llevado por dentro. En cuanto se vió distante de don Hernando, quiso manejarse por cuenta propia y desconocer la autoridad de que dimanaba la suya propia. Esta ingratitud le hizo la excepción en el terceto de los lugartenientes, porque los otros dos permanecieron siempre leales amigos de Cortés. Así Alvarado, el conquistador de Guatemala, como Sandoval que “después de Cortés –dice Bernal Díaz- fue la segunda persona…- y Cortés y todos los soldados le teníamos en tanta estima como al mismo Cortés”.

La deslealtad de Cristóbal de Olid fue la ocasión de iniciarse el ocaso de la estrella política del Conquistador de México, ya que no la de su grandeza que nunca conoció mengua. Porque en efecto, esa deslealtad motivó la famosísima y desventurada expedición que don Hernando emprendió para sujetar al rebelde. A este propósito afirma Pereyra: “Emprender el viaje a las Hibueras fue un error; otro, no hacer ese viaje por mar; el tercero, una vez cometidos los otros dos, fue no seguir la ruta de la sierra como lo aconsejaba Bernal Díaz del Castillo, sino la de las ciénegas y ríos de la costa, cálida, enfermiza e intransitable”.

Antes, había mandado Cortés a su deudo el capitán Las Casas a prender al De Olid; cosa que pudo hacer –después de notables incidencias que omitimos en gracia a la brevedad-, mandándolo degollar por traidor y tirano en el pueblo de Naco.

Pero habían transcurrido largos meses de la salida de Las Casas, y Cortés ignoraba lo que hubiese podido ocurrir. Así, salió en persona en pos del rebelde, el 12 de octubre del mismo 1524, de México. Fueron terribles las pruebas que tuvieron que sufrir los audaces expedicionarios durante el trayecto por aquellas regiones insalubres y selváticas, en su mayor parte casi deshabitadas, y que probablemente no habrían contemplado el paso de una tan nutrida caravana desde los días remotos –siglos atrás- de las grandes oleadas migratorias de los mayas. En esta caminata de perfiles legendarios, se marca el hito dramático de Izancanac, que signa el lugar de la ejecución del último emperador azteca, al que Cortés, prudentemente, había querido llevar consigo durante su ausencia de México. Ciertas o no –pero sí verosímiles, desde luego-, las conspiraciones que se le atribuyeron fueron causa de la muerte del valeroso y desdichado Cuauhtémoc, que recibió el cetro de los tenochca sólo para ser testigo de la desaparición de su poderío y la destrucción de su ciudad. Bajo el manto de una tiara casi tan cruel como las horrendas divinidades de su pueblo, quedaron para siempre yertas las alas del “águila que cae”.

¿Cómo pudieron sobrevivir los expedicionarios al tránsito por esas comarcas que aun hoy día, a pesar de todos los recursos modernos, siguen siendo implacables devoradoras de hombres? Sólo una indomable energía del espíritu de excepcional personalidad, explica este hecho, tal vez sin otro paralelo legítimamente equiparable que la exploración –también por obra de esfuerzo hispánico- de las fuentes del Amazonas, algunos años más tarde.

El caso es que Cortés llegó por fin a su meta, sólo para encontrarse con que el objeto de su hazañoso viaje se había ya cumplido con la muerte de Olid. Y a su regreso por mar a la Nueva España, vino a entender, aunque tarde, cuántos y cuán terribles daños habían venido a suceder en México por su ausencia durante más de año y medio. La discordia entre los españoles –en ese lapso- había sido inaudita, y milagro fue que los indios, aprovechándose de los desórdenes, no hubiesen acabado con ellos: tal vez la falta de un caudillo de los tamaños de Cuauhtémoc fue lo que impidió una revancha aborigen.

Esa ausencia del Conquistador y gobernador –durante la cual muchas veces se le dio por muerto- dio pie a que, a poco de su retorno, viniese el nombramiento de la primera audiencia –de tan infausta memoria-, la cual vino a sustituirlo en el gobierno de la tierra. De ahí en adelante, y con la segunda audiencia y más tarde con el primero y preclaro virrey Mendoza, desapareció la gobernación de Cortés. Su mismo título de capitán general no quedó en otra cosa que en muy honorífica loanza de sus hazañas, antes que en efectivo grado castrense. A pesar de la bondad de la segunda audiencia y del primer virrey, y del sistema político que iniciaron, hay que decir que en vida de Cortés era un error el sustituirlo por nadie. Los genios no se dan siempre ni en cualquier mata. Quitarle el gobierno equivalió a perjudicar a México, porque ello fue tanto como restarle bríos a las alas de su genio fundador.

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