Las dos Alemanias

Identificador: DM-197.
Publicación original: Novedades, 26 de mayo de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad, Política y sociedad.
Ilustración de Las dos Alemanias

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Las consideraciones que bajo este mismo rubro hace un distinguido escritor alemán, Carlos von Merck, son dignas de meditarse con singular seriedad en estos momentos en que las potencias occidentales se hallan a punto de firmar la paz con la república de Bonn, así como el pacto defensivo europeo. Hay en esas reflexiones un dato medular de la historia alemana, ordinariamente inadvertido, y que para Occidente es vital para aclarar su visión del problema germano.

La tesis de von Merck afirma la existencia, no de ahora, sino secular, de dos Alemanias “esencialmente distintas: aquella del paisaje organizado desde hace siglos, que cae intramuros, o sea dentro del antiguo “Limes Romano”, y esa otra del paisaje colonial semivirgen de extramuros, fuera de la muralla de los Césares”.

“La Alemania del paisaje estacionario –nos explica- piensa en términos de seguridad y preservación; mira además con desconfianza hacia la intranquilidad de las estepas; es en su mayoría católica y conservadora en el fondo. La Alemania del paisaje fluctuante –campo eléctrico del campo magnético de la otra- vivió y sigue viviendo en vicisitud entre la estepa del Este atrayente y dinámica, y la fortaleza de Occidente, hoy estática y cada día más carente de magnetismo propio. A su población, a los hombres extramurenses les pasa lo que acontece siempre a los habitantes de los suburbios. No son ni del campo ni de la ciudad, ni de Oriente ni de Occidente. Para ellos será siempre decisivo, dónde se encuentra la mayor fuerza de atracción”.

Esta dualidad interior explicaría, de tiempo atrás, “los vaivenes de la política germana”. Y muy definida y clara en los últimos ochenta años, puede concretarse en dos sentencias que a la luz de estas revelaciones, y hasta por la tipicidad de las personalidades que las han formulado, asumen categoría de lemas de cada una de las posiciones de la polémica. El lema pro estepa correspondería al protestante general prusiano oriental von Seeckt: “No hay futuro alemán contra Rusia sino sólo con Rusia”. A éste se contrapone el lema occidentalista, del general Hofmann, renano y católico: “Ni Alemania ni Europa se salvarán si no se desmiembra a tiempo el poderío soviético”.

Como se echa de ver, la divergencia no puede ser más radical. Cada lema ha tenido y sigue teniendo sus partidarios y hasta sus más o menos desembozados aliados exteriores de acuerdo con las circunstancias.

Según von Merck, tanto los últimos Hohenzollern como Hitler buscaron resolver esta interna contradicción robusteciendo el perfil espiritual y la potencialidad física de Alemania. Su meta se fincaba en obtener la autonomía respecto de los dos polos exteriores de atracción: Inglaterra y Francia, por un lado; Rusia, por otro, merced a una superadora afirmación nacionalista. Sin embargo, junto a los Hohenzollern y junto a Hitler siguió realmente sosteniéndose el mismo antiguo debate entre lo más destacado de la política teutona.

Hoy, se da la infortunada circunstancia de que las dos seculares Alemanias, la de “intramuros” y la de “Extramuros”, están netamente divididas, cada una bajo el influjo sin barreras de las fuerzas que tradicionalmente han polarizado desde el exterior sus respectivas tendencias características. Ahí están Bonn y Pankow. Democracia liberal occidentalista y democracia popular soviética, en antagonismo abierto dentro de una sola realidad nacional.

El cuadro no puede ser más desdichado, porque ni una ni otra pueden resolver el problema de Alemania ni satisfacer el verdadero interés del mundo en relación con ese problema. La concisa expresión de las dos ofertas únicas que hasta este momento se hacen a los alemanes, la declara muy exactamente así un diario de Colonia, citado por von Merck: “Por un lado esclavitud con perspectivas económicas, y por el otro libertad limitada sin alguna perspectiva económica de importancia. Esclavitud rica, y libertad pobre que esclaviza también”.

Lo más grave, de acuerdo con von Merck, es que de todas maneras el Soviet sagazmente ha tenido en cuenta esa dinámica interior de la historia de Germania a la que venimos refiriéndonos, y la ha capitalizado en su provecho estimulando con maestría la vieja tendencia esteparia prorrusa del alemán de “extramuros”. Los occidentales, mientras tanto, “no han captado todavía la onda”, a pesar del inmediato ejemplo de Rusia manejando hábilmente los resortes del espíritu del extramurense: espíritu de protesta, “luchador y revolucionario”, contrapuesto al del intramurense: “disciplinario, apacible y conservador a cualquier precio”.

La conclusión de von Merck nos parece irreprochable y clarividente, y si hubiera inteligencia y autenticidad occidental en las actuales juntas de paz con Alemania y de defensa europea deberían signar su ambiente y sus propósitos:

Urge una fórmula europea “que dé margen a lo elemental y revolucionario y tenga sitio para el alemán de extramuros”. “Hay que superar espiritualmente las murallas diocleciánicas”. Y sobre el supuesto –hoy tardíamente evidente de este lado de la cortina de hierro- de que Alemania es decisiva, la salvación de ésta “y la salvación de Occidente tan sólo es posible en cuanto se levanten las banderas de la revolución conservadora que parte desde la tercera posición, y que sabrá conferirle a Occidente esa dinámica social necesaria para atraer y convencer también al hombre elemental que no sueña con la conservación de viejos sistemas sino con la conquista de nuevos valores y prefiere, por eso, a veces, la visión de grandiosidades conseguidas en alianza con el diablo, antes de consolarse con mediocridades por muy angélicas que sean”…

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