La voz de unidad
Publicación original: Novedades, 16 de junio de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad; Política y sociedad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Diríase que deliberadamente para el tiempo en que vivimos fueron dichas las palabras del fundador del Estado Mexicano independiente. Al través de una centuria, el lenguaje de Iturbide asume para nosotros la majestad de lo perenne, y la juventud de lo que nunca deja de valer. La flor de su verbo permanece intacta, fresca, inmarchita en su actualidad militante cuando expresa:
“Nunca os dirigiera la palabra con más necesidad ni con mayor importancia que cuando se empeñan en extraviaros de la senda del bien, y cuando la Patria se interesa grandemente en el acierto de vuestros pasos”.
Abrumadoras presiones externas, en corrientes de propagandas y conspiraciones de alcances internacionales, pretenden desprender nuestros pasos de la peculiar senda histórica que la Providencia señaló a México. Y en lo interno, la maligna habilidad o la sumisa cobardía de grupos no muy numerosos pero sí muy influyentes, hacen segunda al flujo y reflujo de lo internacional para torcer la opinión del pueblo, y lograr que éste olvide que la gloria de una nación, como la de un individuo, estriba en hacer cuenta ante todo de su propia personalidad; en tomar por sí y ante sí sus decisiones, y, colaborando ciertamente a los propósitos generales de la Historia, ser primero que nada “el arquitecto de su propio destino”. Para llegar a esta meta, no hay cosa que pueda tanto como la consciente unidad popular en convicciones racionalmente conocidas y cordialmente amadas. Hagámonos uno todos los mexicanos en el pensamiento fulgurante de verdad del que nos dio bandera.
Porque si los mexicanos conservamos todavía ese desiderátum que es atributo humano y viril, el de la libertad, Iturbide nos recuerda: “Bien ha probado la experiencia de todos los siglos… el axioma de que ES LIBRE EL PAÍS QUE QUIERE SERLO”. Quede proscrito, por estéril, el murmuracionismo lamentoso y boabdilesco. Nada, tampoco, de esa filosofía asnal que se conforma con el “derecho de pataleo” expresado en los vehículos publicitarios. No están abiertas por cierto, todas las rutas de la acción social; pero como primera tarea hay que abrirlas a la ingente gama de quehaceres concretos que por una u otra vía sean poderosos para darnos libertad plena dentro de un armonioso convivir de todos los hijos de México. Haga perfecta esta persuasión lo que el mismo don Agustín nos increpa: “SIEMPRE CONSIDERÉ CRIMINAL AL INDOLENTE COBARDE QUE EN TIEMPO DE CONVULSIONES POLÍTICAS SE CONSERVA APÁTICO ESPECTADOR DE LOS MALES QUE AFLIGEN A LA SOCIEDAD SIN TOMAR EN ELLOS UNA PARTE, PARA DISMINUIR AL MENOS LOS DE SUS CONCIUDADANOS”…
Y en esta trayectoria, lo primero debe ser cuajar, en vivencia social, aquello que incluso comienza por hacernos posible la existencia como nación: la entrañable y robusta unidad de los espíritus. México sufre penosas disensiones. “Cortemos de raíz el mal —señala Iturbide—… Es axioma sabidísimo que los contrarios con los contrarios se curan: la desconfianza, con estímulos de confianza; el odio, con pruebas de amor; la desunión, con lazos de fraternidad… LA UNIÓN ES EL ATAQUE DIRECTO Y SEGURO AL MAL…”
(Así, la inminente coyuntura eleccionaria es, entre otras, una oportunidad para que la tarea unificadora comience a expresarse en obras concretas y fecundas. Hay que vencer el desencanto colectivo ante el sempiterno fraude “institucional” de la minoría facciosa bendecida por fuerzas hegemónicas exteriores. Si la acción electoral no agota, ni muchísimo menos, el anchuroso campo de lo político, de todas suertes nos obliga al esfuerzo por hacer imposible el escamoteo de la voluntad nacional el próximo 6 de julio. La consigna patriótica urgiría encuadrarse en tal fecha no alrededor de la oposición meramente circunstancial y también facciosa, sino en torno de la oposición orgánica, generalmente ortodoxa, que de un modo u otro representa la legítima exigencia de México contra la perpetuación de la oligarquía subversora).
Lograda esa Unión que la Bandera nacional incorpora como sagrado elemento en el simbolismo de uno de sus colores, y ante las interesadas o indoctas opiniones que quieren hacernos esperar la superación de los riesgos de la presente encrucijada histórica de las influencias externas que nos premiarían así el habernos uncido al carro de sus propósitos de índole internacional, aquel que supo hacer independiente a México sin oro y sin armas foráneos recuerda algo que la reflexión juiciosa y, más que nada, la experiencia aleccionadora, nos afirman: “ES LLEGADO EL MOMENTO EN QUE MANIFESTEIS LA UNIFORMIDAD DE SENTIMIENTOS, Y QUE NUESTRA UNIÓN SEA LA MANO PODEROSA QUE EMANCIPE… SIN NECESIDAD DE AUXILIOS EXTRAÑOS”.
Clávese en nuestro ánimo esta maciza convicción: NO DE FUERA, NO DE OTROS, SINO DE NOSOTROS MISMOS, DE LO QUE HAGAMOS LOS MEXICANOS EN OBRAS DE INTELIGENCIA, DE AMOR, DE HABILIDAD PATRIÓTICA, DE EQUILIBRIO EN EL JUICIO A LA VEZ QUE DE INTREPIDEZ EN LA ACCIÓN, Y DE HEROÍSMO EN LAS COYUNTURAS SUPREMAS QUE SE NOS DEPAREN, DE ESO SÍ VENDRÁ LA PERFECTA GRANDEZA DE MÉXICO, Y SU SALVACIÓN SEGURA.

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