La tapia
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 22 de agosto de 1948.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Al chiquillo se le proyectaba el alma, con una emoción admirada y afectuosa, hacia aquellos recios muros con dejos señoriales, gruesos y altos. El enjalbegado era un mapa granuloso, en el que los accidentes geográficos los marcaba la trepadora hiedra dibujando islas y continentes de fábula, en un verde obscuro, e intenso. Las escasas grietas se veteaban, por el contrario, con musgo de un verde claro, jubiloso, que la viva fantasía pueril veía como atolones y archipiélagos coralíferos, emergiendo gradualmente de los senos oceánicos.
La tapia guarecía y circunvalaba el vasto jardín y la espaciosa residencia que, en los aledaños de la capital, constituía una viviente memoria de pretéritos esplendores, con sus pisos de “parquet” y sus techos artesonados; con sus vitrales multicolores, en el comedor; con sus broncíneos arcabuceros franceses, sosteniendo grandes lámparas al pie de la escalera principal, y con sus bellos muebles historiados de comienzos del siglo, flor de los célebres talleres potosinos de Jorge Unna.
Todo era prestigioso y solemne, y cada objeto y cada rincón atesoraban algún querido, fragante recuerdo que se integraba en la tradición de la familia. Pero lo mejor, para el niño, aquello que parecía querer defender la paz de la casa contra cualquier amago del mundo exterior, eran esos espesos, lienzos del muro: como de fortaleza, militarmente coronados por una gallarda crestería de minúsculas almenas. Ese aire guerrero y medioeval, lo cautivaba sin remedio, asaeteándole el pecho de varoniles e imprecisas exaltaciones.
Nada tenía en su alma infantil semejante prestigio. Ni los copudos árboles amigos, con sus frondas en vaivén en el viento vesperal; ni los enarenados senderos del parque, otoñalmente recubiertos del melancólico tapiz de marchita hojarasca; ni los prados de los traveseos mañaneros; ni el redondo zócalo de la fuente, susurrante de cuchicheos y leves confidencias… Cuanto encantaba a su hermanita, ungiéndola de precoces e indefinibles saudades.
Todo eso estaba bien. Era como el terciopelo de variadas caricias para su espíritu claro y abierto a todo asombro y a toda poesía. Más, ¿cómo compararlo siquiera con el soberbio muro, que trascendía un vigoroso reclamo irresistible? ¿Y qué podía haber con tanto imán como su torreoncillo esquinero, herido por las fisuras de unas aspilleras por las que no se arrojaban más saetas que las miradas del niño, ávidas de otear el escaso tránsito de la recoleta calle: acémilas cargadas de alfalfa, por las mañanas; rezanderas vejezuelas, a la hora del crepúsculo; escolares bullangueros, al mediodía, y alguno que otro automóvil imprevisto, borroneando el blanco silencio con el sordo jadeo del motor?
Y el chiquillo se preguntaba el porqué de aquella vida de apartamiento y soledad, que su madre hacía llevar a todos en casa. Para él y para su hermanita, juegos y maestros sólo dentro del recinto hogareño; visitas, cada Corpus y San Juan; paseos, no muy largos, en la única tarde dominguera que tienen todas las semanas.
El abuelo era la sola persona que no había entrado al aro de esa existencia semimonástica, y nunca dio de mano el privilegio de salir todas las mañanas a visitas y negocios. Jovial y enérgico, venía a ser el contraste con la madre melancólica: una mansedumbre y un temblor de palomas, transidos por añejas penas interiores.
Uno y otra, solían discutir:
- Hija, vas a volver tristes a los niños. Déjalos que salgan a la calle; que vean gente; que jueguen con otros chicos… Se van a consumir en esta encerrona.
- La calle… -era la respuesta, con un dejo de repulsión-. Las gentes… No quiero que las vean. Si empiezan a tener que ver con ellas saldrán, sobre todo Carlitos, quijotes buscabullas, deshacedores de entuertos. Le sucedería, al correr de los años, lo mismo que a él, que se metió a redentor, a las rebeliones armadas, y me lo fusilaron en campo raso.
- Tu marido fue un bravo caballero. Por eso lo admití y lo quise como a hijo. Tuvo las virtudes de mi época, pero sin sus defectos; sin el abstencionismo político y social que fue el pecado de mi generación… Ojalá Carlos resulte como él.
Y, enfurruñado, daba media vuelta, prometiéndose reaccionar con más vigor, al otro día, contra los alarmados temores de su hija. Su anhelo era hacer del nieto un muchacho endiablado, audaz y generoso como aquel yerno que al primer golpe de vista le ganó otrora, su afecto y su admiración.
Pero Carlitos, por cuenta propia, llegó a saber esa tarde –en tanto esperaba el retorno de la iglesia, de su hermana Rosario y la vieja criada Francisca- cuál era su secreto interior, y cuál el maravilloso sentido de la vieja tapia hogareña.
Todo sucedió en tres minutos.
Primero, el golpe sordo, bien conocido, de un rifle de perdigones. Luego, unas risotadas crueles, seguidas de una lamentosa y airada gritería de protesta. Como un Héctor asomándose a las murallas de Ilión al oír el estrépito de los carros helénicos, sube por los gruesos tallos de la añosa hiedra, hasta ganar las almenas.
Abajo, en la calle, Rosario y Francisca lloran y hacen estériles amenazas a un fanfarrón terceto de rapaces. Uno de éstos empuña el fusil de juguete recién disparado. Sobre el pavimento, junto a la superficie exterior de la tapia, herido el pecho, enrojecido y palpitante el plumaje, la pieza dilecta del palomar de su madre: la alba y consentida “Torcaza”.
Hay cosas que no se piensan. Se hacen, sencillamente. Todo un abolengo quijotesco acelera en las venas de Carlos la torrentera sanguínea. Se descuelga de la almena. Ya en el aire van los puños crispados para la pelea. No hay sensación de impacto de tres metros de caída. No hay más que una indignación impetuosa, ágil, vibrante, que va derecho a su objetivo.
El arma de juguete cambia de manos, sin que el estupor pueda impedirlo. Se suceden molinetes de corto diámetro, pero que recuerdan invenciblemente el movimiento de mandoble de los infantes suizos de las guerras de Italia que aparecen en los grabados de los textos escolares leídos y releídos mil veces. Hay descalabraduras y bocas que sangran copiosamente. No se producen siquiera gritos. Sólo una desbandada unánime cuyo estrépito pronto se apaga.
Por la noche –paz de luna; nubes altas, alígeras, triunfales-, el abuelo y la madre atisban la silueta de Carlos, de pie frente al alto murallón del tapial. Su mano pasa cariciosa por el aplanado y por los rugosos tallos de hiedra. Los ojos, hacia lo alto, parecen contar las menudas almenas… El abuelo se estremece de entusiasmo. Adivina el momento.
Al chiquillo se le ha revelado la incógnita de la tapia; el misterioso porqué suscitador de sus febriles arrebatos. Sabe que en su casa hay muchas cosas leves y nobles que el muro, grueso y alto, protege. Pero ahora ha aprendido también que a veces es preciso saltar sobre las almenas, lanzarse a la calle, y defender ahí la casta dulcedumbre de las cosas excelsas.

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