La soldadera
Publicación original: Novedades — Suplemento Dominical, 15 de abril de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Historia e Hispanidad.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Es una castiza tradición la que la rodea de un nimbo de diamantino espíritu de sacrificio, de proverbial fidelidad y de legendarios pintoresquismos que popularizaron los corridos de los años revolucionarios. Pero en su perfil psicológico, hay más hondura de la que al primer ver podría advertir un observador foráneo, situado en miradores demasiado remotos a nuestro peculiar paisaje anímico.
Más allá de su nativa piel morena, retostada por muchos soles, que han frotado vientos de todos los rumbos de nuestra geografía, que muestra aquí y allá cicatrices de los breñales de los caminos y quemadura de pólvora de cien combates convividos con el “juan” de siempre, el mismo que militó al lado de Miramón el flamígero y del chinaco González Ortega, en las huestes porfirianas o en los ejércitos de Madero y Pancho Villa; más allá de esa pardal envoltura de la epidermis, encóndese y muévese su dulce y valioso tesoro vital, un recio núcleo energético de mexicanidad operante. Es un austero nomadismo incansable en pos del “viejo”, al que liga su vida con afectos que aparecen ásperos y son, en el fondo, tiernos y consentidores, solícitos, casi maternales. Es para nuestro soldado, a la vez, trinchera y vendaje del espíritu. Refugio de sus tristezas y sus confidencias humildes; sonaja cascabelera de sus alegrías. Y, fuera o dentro de los cauces legítimos, pero sublimadamente, lealtad monogámica –o monándrica, si se prefiere-, esa que, en sus mujeres, es claro timbre de orgullo de la estirpe que reza a Jesucristo y habla en español.
Se fue, un día, del jacal paterno, en una de las múltiples entradas de milicias a la ranchería o a la villa. Desde entonces, sus manos moldean, infatigables, la masa de maíz, en el ritual de las tortillas, para las perennes frugalidades del compañero y del vástago; y extienden su amoroso cuidado al enfermero trajín de aliviar, en la carne rota, las heridas de la metralla.
Desde entonces, nada ni nadie pudo vencer su heroica contumacia compartidora de azares, hombres, fatigas de jornadas montaraces, vigilias tensas en torno a la fogata del campamento en expectativa de tiroteo, riesgos próximos de muerte. Todo es bueno, si vivido con el hombre que, por buenos o malos modos, supo ganarse en definitiva su núbil corazón mestizo. Y es que, en medio de aun no superadas pobrezas materiales y morales, no le faltaron las aguas del bautismo con que la “cristianó” el cura del contorno, informando su alma de la hispano catolicidad elemental, pero maciza, de las gentes del pueblo: fuerza espiritual fecunda en luminosidades, en gallardías, en lealtades infrangibles…
Hoy, las inmisericordes exigencias de la guerra moderna, es posible que traigan aparejada la desaparición de la soldadera como integrante de ese cuadro femenino no oficial, pero de facto incorporado de muy antiguo al ejército. ¿Será ello así? ¿Se fugará de la escena castrense este personaje que ponía un toque piadoso y humano en la dura vida de nuestros soldados? ¿O, tal vez, sólo ha de sufrir un impensado avatar, que la adapte a las nuevas condiciones?
No lo sabemos con certidumbre; y difícil es, por lo demás el pronunciar la propia opinión en uno u otro sentido. Pero de todas suertes, podemos decir con verdad que en los ojos de la Adelita de nuestro romancero, aquella “que el sargento idolatraba”, alumbró para siempre, con prestigios inolvidables, un nostálgico resplandor de la “Suave Patria”…

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