La mujer y el deporte

Identificador: SD-007.
Publicación original: Suplemento Dominical de Novedades, 4 de marzo de 1945.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Filosofía y cultura; Política y sociedad.

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Ilustración de La mujer y el deporte

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

En este, como en otros planos, se ha querido constreñir a la mujer en un falso dilema: o enclaustramiento de gineceo ateniense o marimachismo de gimnasio espartano. Ni una ni otra cosa. Tales exclusivismos han sido definitivamente superados por nuestro sentido occidental y cristiano.

El gineceo fue tiranía de maridos. El gimnasio dórico fue tiranía —aun más degradante— del Estado. La tradición nuestra dice sencillamente: “hogar”. Pero ello no entraña duras cárceles inescapables, sino polo magnético al que han de convergir —como en un ideal mirífico y alucinante— las varias rutas de la actividad femenina, múltiple y fecunda. La primacía del espíritu no riñe con el humanismo cultivo de lo corpóreo, antes lo supone como soporte necesario. El secreto está en no subvertir las jerarquías, en no asentar al cuerpo en el trono que por derecho corresponde al alma.

Mirando ello así, bien se entiende en buena parte la simpatía y el auge ganados hoy día por el deporte en el ánimo de la mujer mexicana. Desde luego, también en esto adolecemos muchos contagios y exageraciones extranjerizas. Pero, quizá, cada vez cobra mayor imperio el alto y luminoso sentido del deporte, practicado por la mujer con miras trascendentes.

Y así, desde el campestre excursionismo hasta el aristocratismo de las “mesas” de tenis, la intuición femenina muestra un fino instinto selectivo de los ejercicios físicos que le son más adecuados por consideraciones orgánicas y espirituales. Los ha incorporado, con firmeza y decisión, al feudo de sus dominios con indisputado derecho. Y con el varón los comparte en sabia, fraterna alianza.

De esta suerte, tales expansiones del músculo hacen hoy en ciertos aspectos, más amable y bella la vida de la mujer. Y lo adquirido en los juegos —combatiendo contra los factores de encanijamiento y raquitismo— ha mejorado la vitalidad del cuerpo, afinado la armonía de sus líneas y le ha dotado de una grácil movilidad que exalta su encanto y señorío, contrariamente a lo acaecido en otros pueblos en que la excesiva rudeza de la aplicación a los deportes ha adulterado la configuración estética y ha matizado de un repelente hombrunismo el talante de la mujer.

Bien haya, pues, en estos términos, el éxito en crescendo del deportismo femenino. Él trae aparejados caricia de agua, de sol, de brisas montaraces; sano fluir de la torrentera sanguínea; absorción de ozono de bosque y de yodo marino; destreza de movimientos; perspicuidad de la vista; desarrollo del sentido de la inagotabilidad del recurso ante la infinita variedad de incidencias deportivas; comunión, en suma, con la tensión y el esfuerzo que tornan vivaz al espíritu y lo educan, divirtiéndolo, para los trances y las responsabilidades angulosas de la vida real. Esta exige, hoy más que nunca, de la mujer, una adaptación en que, sin perder lo mejor de sí propia, la haga capaz de vencer las durezas materiales y psicológicas de esta azarosa etapa de transiciones desconcertantes.

La mujer es, de esta manera, más mujer: ha entendido cuál es su genuina ubicación en el mundo de los deportes y va dando de mano los desvíos y exageraciones del momento inicial de su ingreso en ese mundo. A poco andar, su perspicacia le ha revelado que en él hay zonas de dominio común con el hombre, y otras —tal vez las de menor valía— que le son radicalmente ajenas y en las que pierde gracia y donaire, y aun salud corporal y anímica.

Y porque son muchas quienes así lo entienden y practican, congratulémonos de que en México el deporte contribuya a hacer más fresca y más estética, más donosa y señoril, a esa bella mitad de nuestra población que, como dijo el chusco, es “la mitad más grande”. Sólo que —galantemente— hemos de añadir que lo es, más que por el número, por la fragante calidad del espíritu.

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