La miseria contemporánea
Publicación original: Novedades, 10 de noviembre de 1952.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: Política y sociedad; Filosofía y cultura.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Ha sido preciso llegar a nuestro tiempo para que un dolor tan gigante como el de la miseria contemporánea estremeciese la médula de la Historia. No hablemos ya del hambre, del horror de Europa al acabar la última guerra. Las proverbiales depredaciones asirias de la antigüedad pueden juzgarse misericordiosas ante el estrago, ante la desnudez y desamparo que dejó como reliquia la contienda mundial número dos. No hablemos de la endémica miseria de China o el Indostán, miseria que a tiempo pudo, al menos, haber sido considerablemente aliviada por los recursos y el espíritu generoso de un Occidente que hubiese sido verdaderamente cristiano. Es que la miseria incrustada en el seno de los mismos países de civilización occidental —admirable técnica, abominable política— clama al cielo. Puede afirmarse que los proverbiales pauperismos que se dieron en el medioevo, a veces pueden tenerse por opulencias ante el desvalimiento de ingentes multitudes en estas sociedades nuestras que tienen por emblema y por santo y seña el dinero.
En otros tiempos, al menos, “el último de los siervos pertenecía a la misma cristiandad que el rey. Hoy… el mundo rico y el mundo pobre viven como dos masas, como dos capas horizontales separadas por un vacío, por un abismo de incomunicación. En el mundo moderno todo el mundo sufre del mal moderno”.
Y es que “el mundo moderno envilece”. Envilece al pobre y al rico, sea individuo o pueblo. Al pobre, con la vileza de la desesperanza absoluta. Al rico, con la vileza, peor aun, del egoísmo frío y feroz. A uno y otro con la vileza suprema del individualismo a ultranza, ese individualismo que convence al pobre de no creer jamás en la posible bondad del que puede dar, y que convence al rico de que es estúpido desasirse, a favor del hermano, de sus bienes superfluos.
“El dinero, sólo el dinero, es el dueño” de este pobre mundo enfermo. Es su signo y odioso blasón. Es lo que lo distingue de toda la Historia anterior a él. Bien habló Péguy: “El antagonismo no es entre este o aquel mundo y el mundo moderno. El antagonismo es entre todos los otros mundos juntos y el mundo moderno. Todos los otros mundos… tuvieron alguna espiritualidad. Sólo el mundo moderno —siendo el mundo del dinero— es de una total, de una absoluta materialidad”. Y su lógica materialista ha traído por consecuencia el abismo espiritual entre individuos ricos e individuos pobres, entre naciones ricas y naciones pobres. Y cada vez ha hecho menor el número de individuos y naciones ricas en relación al mayor cada vez de individuos y naciones pobres. Ha venido a ser, pues, un colosal productor en serie de pauperismo: moral y físico.
No hay que ir muy lejos en busca de ejemplos. Baste uno, enclavado en el riñón mismo del país en que rigen los mejores “standards” de vida. Ahí está Harlem, el barrio negro neoyorquino, “enorme, obscuro humeante”, donde “centenares de miles de negros se apiñan como ganado, muchos de ellos sin nada qué comer y sin nada qué hacer”. Ahí se ahogan todas las estupendas posibilidades de una raza, “con un cinturón de hierro de fracaso: el prejuicio que les ahoga con sus cuatro muros insuperables. En este enorme caldero, dones naturales inestimables, sabiduría, amor, música, ciencia, poesía, son aplastados y dejados hervir con las heces de una naturaleza corrompida elementalmente, y miles y más miles de almas se destruyen con el vicio, la miseria y la degradación, olvidadas, borradas, desaparecidas del registro de los vivos, deshumanizadas… ¿Qué no ha devorado en tu oscuro horno, Harlem, la marihuana, la ginebra, la histeria, la sífilis?...”
He aquí, en las manos de esta generación —manchadas de oro de rapiña, llagadas de filo de bayoneta, quemadas de radiactividad de uranio— uno de los frutos más que amargos, putrefactos, de lo que dimos en llamar, inflándonos de necio orgullo, el mundo moderno.
Pero es que no hay que salir de casa. En la propia carne de nuestro pueblo hinca su mordedura el monstruo de la miseria. En el campo, obliga a la gente a la aventura lancinante de la emigración para labrar extranjeras tierras. En la ciudad capital, los barrios pobres hormiguean de hombres, de mujeres y de niños sucios, casi harapientos o sin el casi, que ni siquiera un día al año comen suficientemente. La mendicidad asume espantables dimensiones. Excepcionalmente se trata de una mendicidad a lo Rinconete y Cortadillo, negocio organizado y pingüe de truhanes. Casi siempre no es sino la nefanda floración de la inclemencia social de la urbe que debiera ser flor y espejo de civilización —es decir, protección del hombre— y que no llena su cometido de dar cobijo y sustento a todos y cada uno de sus moradores.
Y es cabalmente en esta tumultuosa aglomeración metropolitana —en ámbitos menos vastos, pero casi con pareja intensidad que en el ejemplo neoyorquino— donde se dan contrastes que insultan a la civilización, que afrentan a la justicia y que desdoran nuestra castiza tradición de cristiandad secular. Aquí tienen asiento simultáneo la máxima opulencia y la miseria suma; el palacio en que el magnate goza de orientales lujos y la choza pocilga que no alcanza a reparar la fatiga del menestril agotado por la mucha tarea y el escaso alimento…
Esa acumulación coincidente de abundancia e indigencia nos da la medida de cuán disparejo e inequitativo, de cuán funesto y opresor ha llegado a ser lo que la astucia de los malvados y la chabacanería vocinglera de los necios exaltó como símbolo de felicidad eglógica, de prosperidad paradisíaca, de libertad ideal: el mundo moderno, el mundo que olvidó al Espíritu.

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