La Invasión de las Moscas

Identificador: DM-098.
Publicación original: Novedades, 12 de junio de 1950.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: higiene pública, limpieza urbana, pobreza y civismo.
Ilustración de La Invasión de las Moscas

Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES

Una metrópoli de tres millones de habitantes, asaeteada por la invasión, no de marcianos sino de terrestres miríadas de moscas, es una ignominia urbanística. Cuando una ciudad de la importancia de la nuestra no tiene que afrontar problemas de higiene originados por destrucciones bélicas, terremotos o intempestivas epidemias, sino tan sólo aquellos que han venido derivando de una incuria institucional de autoridades y moradores, es como para sentirse morir de bochorno. Tal es el caso de la Ciudad de Méjico, capital nacional la de más solera y tradición en el continente, pero tal vez también la de mayor desaseo, la de más adherida mugre.

¿Nos sacudirá, al fin, de nuestra desidia, este alud de los repugnantes y peligrosísimos dípteros? ¿Nos acometerá una salvadora desesperación ante hechos tan penosos y poco tolerables como lo difícil que resulta en estos días sentarse a la mesa sin que alguno de tales bichos, emigrado reciente de cualquier no muy lejana acumulación de inmundicias, venga a naufragar en la sopera o en la lechera; o bien un enjambre completo –no hay DDT que valga- se ponga a banquetear a costa de los diferentes guisos, del pan o del azúcar, o simplemente se dedique a realizar nauseabundos paseos sobre el mantel, los platos y cubiertos con los que comemos nosotros y nuestros hijos? Cuando el alarmado pensamiento vuela hacia todas las posibles e inenarrables corrupciones en que previamente pueden haberse regodeado los insectos de marras, no puede evitarse un sentimiento de asqueado terror… ¿Será esta gigante náusea común, que estamos sintiendo ahora los habitantes de Méjico, la que nos lleve a una también común y definitiva decisión de aseo, de pulcritud material de la urbe?

Ojalá. Lo que desde hace muchos años no ha podido del colectivo decoro, lógrelo hoy el instinto elemental de la supervivencia hasta cierto punto amenazada.

Porque esa es la humillante verdad, y hay que confesárnosla. Nos ha faltado, a los metropolitanos, eso: sentido del decoro que nos exija y apremie la municipal limpieza. Es ello un defecto de educación, que por desgracia alcanza a una ingente mayoría. Claro que, también, y hay que subrayarlo sin ambages, la responsabilidad de nuestra mugre corresponde sobre todo a nuestro mundo oficial, que, por una parte, se ha despreocupado de educar al público en el aseo urbano, y, por otra, desatiende inmemorialmente los servicios que deben tornarlo una realidad.

Se nos anuncia ahora la flamante institución de un Ejército Cívico de la Ciudad, integrado por simples particulares en estrecha colaboración con las autoridades, y que tiene por mira principal desarraigar nuestra inveterada mugre urbana, así como la tarea subsidiaria y conexa de conseguir, en términos generales, un mejor aspecto capitalino. La denominación es inadecuada, ya que lo cívico se extiende a una multitud de asuntos diversos y de mucho mayor interés inclusive que la sola “buena presentación” de una ciudad. Pero en fin, lo que importa es que a este nuevo organismo se le tome en serio, con un propósito de actividad permanente. Que no se resuelva todo en una de tantas llamaradas de petate en las que acostumbramos consumir las débiles decisiones de nuestra inconstancia, y que sólo sirven para dar vida de incoloros y lánguidos fantasmas de instituciones inoperantes.

Si así fuese, en buena hora sea. Y que el ejército cívico –haciendo honor a su nombre- sepa entonces dar las batallas que sean precisas para que nuestra urbe no sea más un enorme y afrentoso basurero. Para que el asfalto de sus calles y avenidas se libre de la enconosa viruela de los hoyancos, y otro tanto el pavimento de las aceras. Para que los prados y árboles de éstas y de los jardines se mantengan siempre en buenas condiciones. Para que las fachadas de los edificios se remocen y pinten periódicamente. Para que desaparezcan las barracas de mercaderías, de guisotes ponzoñosos y malolientes, de espectáculos diz que teatrales, y las en que la gente paupérrima hace morada. Para que los predios libres sean bardados. Para que los mugrosos públicos y constitucionales se bañen “a como dé lugar”. Para que tranvías y camiones, cines y teatros no sean desvencijadas pocilgas ambulantes o fijas, respectivamente. Para que… ¿Para qué seguir con la nómina interminable?

Mas a reserva de volver a considerar este premioso asunto, dejemos, entre tanto, constancia al menos de dos reflexiones. Sea la primera que, si bien es cierto que hay quienes confunden la pobreza con la suciedad, también lo es que aquella, sobre todo cuando es en exceso vecina de la miseria o en ella francamente desemboca, se torna propicia al desaseo, lo ampara, y en ciertos aspectos lo vuelve inevitable. En no escasa porción, el bajo nivel económico de la gente –y en Méjico, duele el decirlo, hay mucha miserable o poco menos- influye directamente en la falta de limpieza y de higiene aun en cosas elementales. Hay, pues, en el hecho de nuestra mugre antigua, una parcial pero nada desdeñable explicación económica, y aquí viene de perilla el secular adagio de que no se pueden pedir peras al olmo.

Sea la segunda consideración la de que el aludido ejército –para justificar un poco más su connotación de “cívico”- debería ampliar sus propósitos. Cumpliríale, entre otras mil exigencias, el promover el desarraigo de la majadería y de la leperocracia que en nuestra ciudad capital tienen su más firme y absoluto imperio. Si el decoro material debe importarnos, mucho más debe urgirnos el readquirir el decoro del espíritu, el cual se manifiesta desde luego en cosas que de la ciudad, ni más ni menos, toman su nombre. Porque una vieja convención, no siempre justificada, supone que los moradores de la ciudad, al revés de los rústicos o de los incivilizados, tienen URBANIDAD Y CIVILIDAD.

Si el doble problema de la pulcritud física y espiritual de la urbe, fuese a la postre resuelto, habríamos de bendecir a la egipcíaca plaga de moscas que diera coyuntura para comenzar tan inaplazable empresa.

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