La Incógnita del Niño
Publicación original: Novedades, 19 de febrero de 1951.
Autor: LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES.
Temas: educación infantil, familia, ambiente y formación del carácter.
Por LIC. OSCAR MÉNDEZ CERVANTES
Llamar a la vida a nuevos hombres, es relativamente fácil. Llevarlos a la plenitud del hombre, a “realizarse” a sí mismos, a forjar en su propia individualidad el arquetipo humano, es empresa superior, que requiere ya una energía y una superación de obstáculos a la que muy pocos están dispuestos a entregarse.
Sin embargo, el porvenir del mundo, lo que será la Historia dentro de pocos lustros, depende, en una porción enorme, de que haya quienes se arriesguen, hoy, al empeño hazañoso de la educación.
Porque, si al fin de cuentas, cierto es que cada uno es el arquitecto de su propio destino, no menos verdadero resulta que la arquitectura que asuma ese destino tiene muchísimo que ver con los materiales que a disposición del alarife se ponen. Y la experiencia de siglos declara cómo esos materiales provienen de tres canteras fundamentales: la herencia; la educación; el medio ambiente.
He ahí –en ese tríptico de factores- lo que en gran parte despeja la incógnita del niño. Lo demás, seguirá siempre en el arcano abismal del libre albedrío.
Pero de lo que sí se conoce, hay que saber sacar partido. La herencia es menos previsible y –contra lo que el vulgo cree- menos decisiva. La educación, en cambio, y el ambiente -aunque en menor grado- son más susceptibles de dominio para determinar la formación del hombre pleno que, en raíz, hay en cada niño.
Obligación general de los adultos, pues, y de los padres y educadores más directamente, viene a ser el poner materiales óptimos –o los mejores que en cada momento sean dables- al alcance de las vidas que comienzan, para que cada una, al llegar a la etapa de la cabal autonomía, pueda dar desenlace feliz al drama originalísimo que cada existencia supone.
Propugnar que el medio auspicie y la educación impulse la obtención de la máxima calidad humana en cada sujeto de la especie, es deber premioso e inexcusable. Convencer de ello, resulta tarea urgente ante los signos de inequívoca y creciente frustración del mundo de ahora.
A lograr esa convicción se endereza un excelente libro que nos acaban de entregar las prensas de “Jus”: “LOS NIÑOS SON ASÍ”, del doctor Alfredo Madrigal Llorente. En este volumen va un equipo de revelaciones, de sorpresas inauditas para muchos, muchísimos padres y educadores.
He aquí un ejemplo, nimio al parecer: en realidad, trascendentalísimo:
¿Suelen pensar los padres en que el medio ambiente ajeno al hogar, es menos controlable por ellos que la educación en sentido estricto? ¿Suelen advertir, a tiempo, que a medida que el hijo crece sobreviene sobre él un diluvio de influencias extrafamiliares –escuela; relaciones sociales o de trabajo, etc.- que escapan a su control? ¿Han caído en la cuenta, por el contrario, de que hay un capítulo de la vida que es el más pródigo en elementos de mayor permanencia para el carácter en formación del hijo? ¿Y que ese capítulo, además del primero en tiempo, es, a la vez, el que más admite el control paterno: el lapso que transcurre desde el nacimiento hasta la edad aproximada de los cinco años?
Si muchos padres se percataran sólo de esta circunstancia, sabrían canalizar con mayor sagacidad y eficacia todas sus grandes posibilidades de sacrificio, de abnegado trabajo educativo, que infinitas ocasiones se vierte, por desgracia, en cauces equivocados o sólo parcialmente eficientes. Al saberlo, ¿cómo no sacar provecho de esa coyuntura de excepción –única, mejor dicho- de los cinco primeros años para imprimir en el hijo las cualidades que pueden hacer de él lo que debe ser, y para evitarle los defectos que pueden labrar su venidera infelicidad?
Solamente el llamar la atención sobre esto bastaría para justificar el libro que nos ocupa. Pero su intención abarca todos los sucesivos episodios del desenvolvimiento del niño y el joven hasta la plenitud vital. En cada uno ofrece observaciones y directivas utilísimas para cuantos tienen o han de tener el encargo de moldear el nobilísimo barro de la infancia y de la juventud.
¡Lástima que este volumen no incluya un capítulo expreso que subraye el influjo bienhechor de lo religioso –sobre todo en sus aspectos positivos, en sus efectos impulsores más que en los inhibitorios- en la tarea educativa general! Para ser la exposición completa, aun en lo panorámico, ello debió ser aludido aunque el autor no sea teólogo y sacerdote. ¡Cuántas realidades iluminadoras, cuánta explicación de cosas que de otra manera resultan indescifrables, cuántos recursos e instrumentos de perfección del hombre –los supremos, por cierto- se pasan así por alto!
Por otra parte, ciertas afirmaciones a propósito de la educación sexual –“de la pureza”, si se quiere usar un término más preciso en la intención educativa- asumen aquí un dejo pansexualista inaceptable. Y aunque llevan el propósito de liquidar evidentes errores muy comunes, pueden, sin quererlo, inducir a los errores contrarios, a pesar de la expresa aclaración hecha al lector de que éstos últimos también deben ser evitados. Así lo que indebidamente se generaliza del origen subconsciente de las exageradas mimosidades maternas hacia los hijos pequeños, o bien la asimismo excesiva generalización que se afirma de las tendencias homosexuales en ciertas etapas del desarrollo humano. Ambas cosas las niega la experiencia ordinaria de cualquier sujeto normal y la observación de cualquier medio también normal.
Sin embargo, insistimos, este libro merece una difusión profusa. Sus enseñanzas son de prima importancia para lograr, sobre todo, un Méjico más cercano al ideal anhelado por todas las gentes de bien.
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